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Más contra el ruido electoral

28/01/2018
02:11
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A raíz de mi artículo de la semana pasada, con la propuesta de apagar la televisión o la radio cada vez que aparezca publicidad de los partidos, los candidatos o las instancias electorales, un lector me escribió lo siguiente: “Me parece que la opción es inadecuada, porque los ciudadanos debieran escuchar, escuchar atentamente, debatir y rebatir acerca de lo que dicen… Así se ha logrado instalar en la gente la idea de que la política es despreciable y no tiene sentido participar… y así llevamos años de no ver la parte del problema que somos nosotros al desconocer y no ejercer… Nos hemos convencido de no atravesar la puerta porque adentro olerá mal y seguirá oliendo mal sin que empecemos a limpiar”.

Don Sergio Palomino tiene razón. Pero las cosas no pueden ser como él dice, porque en esa publicidad no nos presentan nada con lo cual pensar y debatir. Nos muestran a sus lindas familias, nos hacen promesas iguales a las que nos han venido haciendo siempre, atacan a los otros candidatos. Entonces, ¿sobre qué podemos los ciudadanos debatir e involucrarnos? ¿Sobre cuáles proyectos, ideas, ejemplos de buenas administraciones anteriores, de buen desempeño de los cargos públicos de personas y partidos?

Pero además, el no involucramiento con los partidos y candidatos es lo que, en opinión de muchos, paradójicamente está mostrando ser el mejor camino.

En un amplio estudio llevado a cabo por dos periodistas del diario The New York Times, se muestra que en todos aquellos lugares en los que se ha logrado mantener a la delincuencia a raya, es donde se ha sacado del juego a las instituciones, a los políticos y a los partidos, pues “todo parece indicar que la presencia policial o de políticos, es vista como parte del problema”.

Y dan ejemplos: en Tancítaro, Michoacán, y en Monterrey, Nuevo León, aquellos con las autodefensas y estos con una toma del poder corporativa, en la que los empresarios se apoderaron de las instituciones “con la bendición de sus amigos y compañeros de golf que son servidores públicos”, se logró la disminución de la delincuencia sin la intervención de gobierno ni policías.

Por supuesto, no hablan de que este camino es extremadamente peligroso porque mantener la paz de esa manera es la misma gata pero revolcada: ahora el control es paramilitar, financiado por grupos que no obedecen más ley ni autoridad que la propia, no rinden cuentas ni tienen límites ni controles en sus haceres y no haceres. Igualito que el narco.

Pero lo importante que esto pone sobre la mesa para nuestro tema de hoy, es lo que varios estudiosos han dicho y lo que los ciudadanos sabemos bien: Uno, que las instituciones y las leyes no funcionan, que no tenemos autoridad y que hay un fracaso del Estado en cumplir con sus cometidos principales, que son proteger la seguridad de la población y proveerla de servicios básicos y de acceso a la posibilidad de estudiar, trabajar y obtener recursos para vivir; y Dos, que no es posible mejorar nada en nuestro país con los partidos y líderes que hoy tenemos, porque todos ellos forman parte de ese mismo sistema que nos ha traído hasta acá y que funciona para reproducirse a sí mismo, pero no para resolver nada a los ciudadanos ni para atender sus necesidades. Dicho de otro modo: que ellos son parte del problema y no de la solución.

Lo que estamos viendo por parte de los partidos y personajes que ahora nos anuncian que sí van a componerlo todo, es que lo único que les preocupa es… ganar las elecciones. Y que para conseguirlo están dispuestos a lo que sea: a negociar con cualquiera, a hacer alianzas y promesas, incluso a aceptar la corrupción y el fraude, lo cual no solamente deja incólumes a nuestros políticos y funcionarios, sino que necesariamente sólo puede conducir a la parálisis, pues esas negociaciones son con intereses muy concretos a los que no les conviene ningún cambio.

Por eso no tiene caso escucharlos. Por eso la propuesta sigue siendo apagar el ruido.

Escritora e investigadora
en la UNAM. [email protected]
www.sarasefchovich.c om

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.

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