Y así, podríamos seguir conjugando sujetos y tiempos verbales ad infinitum, porque México es uno de los países más discriminatorios del planeta. Y de nada nos vale hacer perdurar el mito de que somos una sociedad abierta y tolerante. Por el contrario, es hora de vernos clara y descarnadamente frente al espejo, para reconocernos como un país, donde ejercemos la discriminación más infame cada día.

Y no es solo un asunto de ética o de estética, sino de la más elemental convivencia, que a veces deriva hasta en violencia física, verbal o de cualquier tipo. Los grupos sociales más afectados porque se respetan poco o nada sus derechos son: transexuales (72 %); gays y lesbianas (66); personas indígenas (65) trabajadoras del hogar (62); personas con discapacidad (58) y adultos mayores (57). Las prácticas discriminatorias se extienden a otros grupos de población: afrodescendientes (56); mujeres (48); personas de religión distinta a la mayoritaria (45); adolescentes y jóvenes (42); extranjeros (42); niñas y niños (23).

En este país, uno de cada cinco mexicanos mayores de 18 años sufre algún tipo de discriminación. Las motivaciones son de lo más variadas: el color de la piel, sobrepeso y obesidad, la estatura, las creencias religiosas, la orientación sexual, la edad y la manera de vestir, la clase social y hasta el lugar donde se vive.

Todos estos datos y señalamientos vienen contenidos en la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis), que por primera vez incluye 100 mil entrevistas en 40 mil viviendas en una muestra exhaustiva y realizada de manera conjunta por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y, desde luego de manera relevante, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), cuya presidenta, esa formidable luchadora social que es Alexandra Haas, ha denunciado que “la discriminación no solo se siente o escucha, sino que se vive en la interacción social e institucional”.

En entrevista, Haas me explica que la discriminación no únicamente es un tema de moral pública sino de injusticias que pueden interpretarse incluso como delitos flagrantes hacia los discriminados: falta de acceso a atención médica y medicamentos; la negativa sistemática a créditos para vivienda, préstamos personales o emisión de tarjetas de crédito y hasta la permanencia en determinados restaurantes, bancos o centros comerciales. Haas plantea también el absurdo desperdicio de talento para empresas y gobiernos que rechazan a personas que pueden ser muy valiosas y a quienes discriminan automáticamente.

Y yo pregunto: cuántas veces hemos visto a mexicanos de rasgos indígenas en un Consejo de Administración de una empresa, en un cargo público importante o tan siquiera en la gerencia de un banco. Peor aún, de cada diez presos cuántos son morenos y cuántos güeros.

Coincido con la presidenta del Conapred en que esta aberrante cultura de la discriminación en México obedece a causas multifactoriales que van desde fallas y omisiones en la educación formal hasta la ausencia de controles y sanciones en entidades públicas y empresas discriminatorias.

A ver si es cierto que el nuevo y comprometidamente justiciero gobierno toma nota de este informe que debiera avergonzarnos a todos.

Periodista. ddn_rocha@hotmail.com

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