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Cambian remesas rostro de pobreza en poblado de Guerrero

Desde hace 20 años, los envíos comenzaron a cambiar la cara a Cuanacaxtitlán, en la Costa Chica de Guerrero, donde lujosas casas construidas con el dinero que migrantes mandan de EU le ganan espacio a construcciones de palma
El comisariado de Cuanacaxtitlán, en el municipio de San Luis Acatlán, calcula que 30% de sus pobladores, unos mil habitantes, están en Estados Unidos, desde donde envían dinero a sus familiares para construir viviendas o abrir negocios (DAVID ESPINO)
10/07/2017
09:00
DAVID ESPINO
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Guerrero

En Cuanacaxtitlán, San Luis Acatlán, Costa Chica de Guerrero, hay una canción muy solicitada en los bailes populares. Se llama Xìca ra norte (Anda en el norte) y la letra, escrita en lengua tu’un savi, habla de los indígenas que emigran a Estados Unidos para buscar mejores condiciones de vida. No allá, contrario a lo que pudiera pensarse. No en Nueva York, Florida, Los Ángeles, San Francisco, Georgia o Carolina del Norte, donde se concentra el mayor número de migrantes, sino aquí, en su pueblo.

Unos 20 años atrás, Cuanacaxtitlán era un poblado con casas de bajareque y palma, las mejores de adobe y teja, con calles empedradas por cuya orilla escurrían las aguas de fregaderos y baños. Hoy, gracias a los casi 500 millones de pesos que llegan al año a San Luis Acatlán, según el Banco de México, Cuanacaxtitlán es un pueblo con pretensiones citadinas. Casas de cemento y hormigón se yerguen por todas partes y las antenas para TV satelital se asoman por los techos de concreto. Muchas apenas se están construyendo; algunas siguen desocupadas en espera de que sus moradores regresen del norte.

Xìka ra norte se refiere a los migrantes indígenas y a sus familias que esperan los dólares del otro lado, aunque bien pudiera ser el soundtrack en la vida de miles de guerrerenses. Según Banxico, 2 millones 108 mil 811 pobladores (62% de la población total, que es de 3 millones 388 mil 768) habitan en los 19 municipios con mayor recepción de dólares proveniente de EU. Uno de estos municipios es San Luis Acatlán, al que pertenece Cuanacaxtitlán, que en 2016 recibió 27 millones 114 mil 596 dólares, unos 495 millones 703 mil 616 pesos.

Según datos de Banxico, en 2016 Guerrero recibió mil 371 millones de dólares en remesas (unos 25 mil 900 millones de pesos, 53.5% del presupuesto anual que el estado ejerció en el mismo periodo, que fue de 48 mil 409 millones de pesos) de los casi millón y medio de paisanos que trabajan en EU, según el secretario del Migrante del estado, Fabián Morales Marchán.

Gracias a los dólares

Aunque pegajosa, suena con ritmos regionales: mucho güiro, guitarra y batería, Xìka ra norte es más una evocación nostálgica a su condición de migrantes —tres de cada 10 muchachos de Cuanacaxtitlán están en EU—, al simple festejo por el éxito o no que puedan tener allá. Como quiera que sea, Cuanacaxtitlán, ubicado donde termina la Costa Chica afromexicana e inicia la Montaña indígena de Guerrero, a cinco horas del puerto de Acapulco y seis de la capital, Chilpancingo, es un pueblo de 3 mil 122 habitantes, según el más reciente censo del Inegi de 2010, con casas de arquitectura propias de una zona residencial de cualquier ciudad.

Acá no hay quien no tenga pariente, cercano o lejano, en EU. Los cálculos del secretario de la comisaría, Eleuterio Melitón García, dicen que 30% de los pobladores andan en el norte, es decir, unos mil habitantes.

El director de Orion Musical, grupo que hace bailar a la gente en bodas y cumpleaños con chilenas y cumbias como Anda en el norte, Luis Solano de la Cruz, tiene a sus padres y tres hermanos del otro lado. Si él no cruzó fue porque toda su vida trabajó en el Ejército, hasta que se jubiló.

Eran cuatro, pero Francisco, el menor de todos sus hermanos, acaba de llegar. Es un hombre cercano a los 30, con una sonrisa franca y feliz. Francisco estuvo cinco años, primero en Florida, en la pizca de naranja, y cuatro más en Phoenix, de empleado de una compañía de limpieza. Un total de nueve años para construir su casa. Y vaya que la hizo. En la parte de atrás del predio familiar una vivienda de arcos y herrería reluce de nuevecita. Aún huele a cemento.

Francisco se ruboriza cuando se le pide una foto y pregunta si sólo será su casa la que se fotografíe, con desconfianza. Interviene don Eleuterio Melitón ante su reticencia, y al final muestra su vivienda que no ha estrenado. Minutos antes dijo que la construyó con el proyecto a corto o mediano plazo de casarse.

El comisario Fermín Agustín Bautista tiene cuatro hijos, uno de ellos se llama Luis Antonio —de los otros no quiso dar su nombre—, que se van por temporadas a EU. “Van y vienen. Creo que es por contrato”, dice en la comisaría, donde media docena de policías comunitarios vigilan a un detenido por violencia familiar. Dice que hasta donde tiene memoria el pueblo comenzó a transformarse a mediados de los 90, cuando ocurrió el mayor éxodo de indígenas.

Para entonces, lo primero que asomaba al aproximarse a Cuanacaxtitlán por la carretera que viene de San Luis Acatlán era la iglesia; hoy no asoma tanto como las casas altas y coloridas, y mucho menos se asoman las cruces de las torres de la iglesia como la torre de telefonía celular que se alza en medio del poblado. Las remesas, que oscilan en una familia en mil 500 dólares mensuales (unos 25 mil pesos) cambiaron de a poco su aspecto. Aquellas casas de vara y lodo fueron tiradas para construir en su lugar casas de cemento y hormigón. Como la que está en la entrada, una vivienda de dos plantas pintada de naranja y sostenida por pilares muy romanos y un ventanal de cristales ahumados donde se adivina que podría estar la sala.

Su dueño es Nicolás Hernández Vidal, y su hermana Sara dice que lleva 20 años en California. Durante ese tiempo ha construido una de las viviendas más llamativas del pueblo. Todavía sola, rodeada de malla ciclónica, espera la llegada de sus ocupantes. Doña Sara, en cambio, apenas estuvo seis años en Nueva York, aunque ese tiempo le ajustó para reconstruir su casa y, junto con su esposo, Francisco Aldama, comprar ganado para tener de qué vivir acá.

—Durante los seis años trabajamos en las factorías —dice, para referirse a lo que en México se le llama maquiladoras.

—¿Cómo sería su vida de no haberse ido?

—Sin nada. Aquí no hay nada, ni trabajo ni nada de qué vivir.

Ambos, Sara y Francisco, enviaban el dinero a su suegro y éste inició la construcción de la casa de una planta, en la que ahora platica. Le alcanzó también para montar un negocio de películas en CD y memorias USB. En su estadía en EU concibieron a una niña, Yamilet, que ahora tiene 13 años y que de vez en vez se atraviesa curiosa en la sala donde se hace la entrevista.

Sara dejó dos hermanos del otro lado, Francisco y Nicolás —dueño de la casa naranja y columnas romanas—, que ya tienen esposa e hijos, pero espera que lleguen pronto a habitar lo que durante años han estado construyendo.

Apolinar Ricardo García y Amalia Dircio Solano, sesenteañeros, mirada de esperanza, construyen la casa que su hijo Zeferino, de 38 años, algún día ocupará con su familia.

—Me alegra que mi hijo esté construyendo; significa que volverá —dice doña Amalia en el corredor de una casa de arcos y patio con espacio para jardín, muy al estilo californiano.

—¿Quién les hizo el diseño de la casa?

—Él, nuestro hijo —dice don Apolinar—. En cuanto nos empezó a mandar dinero nos mandó también el diseño, y dijo: “Así la quiero”.

La familia de don Apolinar y doña Amalia ha vivido siempre de las remesas. Tuvieron nueve hijos (la menor tiene 15 años), cuatro de los cuales se fueron a EU. Con los envíos de dólares que les llegan de sus hijos le han dado estudios a los más chicos. Aunque siembran maíz, un saco de 50 kilos apenas lo pueden vender en 170 pesos. “Qué haríamos con eso, pues”, dice el padre.

—¿Y si sus hijos no se hubieran ido al norte? —se le pregunta.

—Estuvieran como nosotros, pues. Sin nada. Sufriendo —dice.

Por donde quiera que se vea hay casas de material, terminadas o en construcción, en obra negra o con detalles de todo tipo. La de Leónides González es otra, con portones de hierro forjado y detalles de leones heráldicos en el centro y una barda de tabicón detallado en rombos. En la mayor parte de este pueblo na’ savi, donde en 1995 inició la policía comunitaria, se refleja el dinero de las remesas provenientes de EU.

En la lista de Banxico

Según Banxico, San Luis Acatlán está en el sitio 19 entre los municipios de Guerrero que más recibieron remesas de EU durante 2016. La lista la encabeza Acapulco, que recibió 222 millones 356 mil 158 dólares; le sigue Tlapa, con 187 millones 61 mil 285 dólares; Iguala, con 140 millones 36 144 dólares; Pungarabato (Ciudad Altamirano), con 127 millones 221 mil 778 dólares, y Chilpancingo, que está en la quinta posición, con 116 millones 44 mil 255 dólares.

Y así, siguen Chilapa, con 68 millones 172 mil 373 dólares; Ometepec, con 63 millones 998 mil 977 dólares; Arcelia, 60 millones 687 mil 981 dólares; Teloloapan, 51 millones 916 mil 332 dólares; Huitzuco, 50 millones 680 mil 849 dórales; Taxco, 43 millones 998 mil 335 dólares; Zihuatanejo, 40 millones 120 mil 371 dórales; Ayutla, 41 millones 577 mil 091 dólares.

Luego San Marcos, en la posición 14, con 41 millones 201 mil 787 dólares; Cuajinicuilapa, con 35 millones 169 mil 554 dólares; Tecpan, 33 millones 997 mil 697 dólares; Juan R. Escudero (Tierra Colorada), 28 millones 808 mil 75 dólares; Olinalá, 28 millones 954 mil 476 dórales; y en la posición 19 se ubica San Luis Acatlán, el municipio al que pertenece Cuanacaxtitlán, que, de acuerdo con Banxico, en 2016 recibió 27 millones 114 mil 596 dólares.

Es difícil saber, porque Banxico no especifica la cantidad por cada población de Guerrero, cuánto llega al año a Cuanacaxtitlán producto de remesas, aunque tomando en cuenta que hay unos mil habitantes en    EU y éstos envían un promedio de mil 500 dólares al mes, significa que al año se reciben un promedio de 18 millones de dólares. El dato puede tener muchas variables; una de ellas, por ejemplo, es que no todas las familias reciben la misma cantidad.

Como quiera que sea, Xìka ra norte es una alegoría al fracaso y al éxito, una cumbia melancólica por los que se van y cuando vuelven nunca vuelven a ser los mismos. Al cambio que tiene la gente una vez que regresa de EU. Muchos ganan dólares que se gastan en alcohol y regresan sin dinero, dice parte de la letra en tu’un savi, que don Eleuterio Melitón tradujo. A otros les va mejor: Ahora me dice amigo/ pero después que se fue ya no me habla.

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