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“Los narcos duermen en nuestras camas”

El Inegi indica que de 2009 a 2014 el crimen ha desplazado a más de 12 mil personas en Guerrero. Habitantes de La Unión fueron los primeros; tuvieron que dejar sus propiedades a dos cárteles que los amenazaban
En La Libertad hay nueve casuchas de adobe y madera, todas con pocos muebles. Hay cuatro cerdos y unas cuantas gallinas (fotos: MARA VIDAL)
03/06/2017
03:20
Ayutla de los Libres, Guerrero
MARA VIDAL
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Todas las mujeres corrieron despavoridas. Algunas estaban embarazadas, otras con sus bebés en brazos, ni siquiera mantas pudieron llevarse de sus casas. Todas tenían las manos vacías. Cargaban, eso sí, con una amenaza de muerte de los narcotraficantes: “O se van o los matamos a todos”.

Guerreros Unidos y La Familia Michoacana son los dos grupos de la delincuencia organizada que controlan la zona de Tierra Caliente, en la sierra de Guerrero. No son los únicos, pero sí los que mandan. Su business principal es la plantación de amapola —materia prima de la heroína—, y desde hace unos cuatro años comenzaron a traficar con la tala ilegal de madera, pino y caoba, principalmente.

“Mataron a muchos. A más de 30. A todos fue por lo mismo, por la lucha. Pero cuando balacearon al hijo de Juventina, de 11 años, y a Juventina —líder del movimiento contra la tala ilegal de madera—, ahí ya estábamos de la fregada. O nos íbamos, o nos íbamos.

“Yo soy un activista político, así me considero. Por eso estoy en la cárcel. Luché contra la tala ilegal de madera y me acusaron sin pruebas de secuestro. Llevo en la cárcel de Ayutla varios años. Sé que cuando salga me matarán”, dice Miguel —cuyo nombre verdadero y el de las demás personas entrevistadas se omite por su seguridad—, sentado en una silla muy pequeña de madera y pintada con muchos colores, de las que hacen los presos en el taller de carpintería a cambio de unos pesos.

 Fue en marzo de 2013. Una noche lluviosa de marzo de 2013 cuando ese grupo de mujeres de la Sierra de Guerrero, del municipio La Unión, no tenían suficiente fuerza para llegar a la comunidad vecina de Los Ciruelos, donde varios carros de militares aguardaban para depositar a todas las familias —cerca de 40 personas en total— a varios kilómetros de distancia, en el campo de refugiados creado con palos y cobijas. Más tarde, al enterarse de la amenaza, los maridos no lo pensaron y salieron detrás de ellas. Tienen la marca de ser los primeros desplazados por el narcotráfico de Guerrero.

 

Varios días más tarde fue cuando el Ejército condujo a las familias de noche por las carreteras de la Costa Chica hasta llegar a un terreno irregular por el que corre un riachuelo que apenas lleva agua. Desde entonces, es su hogar. Con plásticos amarrados a maderos se protegieron de la tormenta, y fue en la madrugada siguiente cuando comenzaron a construir sus casas, con madera y adobe. De cero, sin nada, y con más de 30 niños asustados. Desde entonces, los familiares lastran un estigma: el ser desplazados por el narcotráfico. A sus espaldas acarrean con otra cruz: el crucifijo del hambre.

Desde esa mañana, 10 familias con 36 niños viven hace más de cuatro años en ese terreno desolador. En La Unión, zona de Tierra Caliente, solían ser dueños de sus tierras; ahora las tienen que arrendar. La población donde el gobierno decidió que tenían que vivir se llama La Libertad, un eufemismo para quienes fueron desplazados por el miedo a que el narcotráfico cumpla con sus palabras y los mate.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), de 2009 a 2014 La Maña —así es como llaman en Guerrero a estos grupos criminales— ha obligado a más de 12 mil personas a abandonar sus hogares por motivos de violencia e inseguridad en este estado, uno de los más desamparados de México.

En La Libertad hay nueve casas de adobe y madera, cuatro cerdos, gallinas, un riachuelo de agua infectada y un pequeño descampado que es usado como campo de futbol. Los niños juegan a marcar gol en las porterías que son tres cañas sustentadas por un cordel. Para descender por el camino de piedras y arena que desemboca en la comunidad, hay que pedir permiso a una patrulla de policías estatales que protegen la zona. Lo hacen sentados bajo el único árbol que les da sombra.

El hambre