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Los pescadores que se tragó la tierra

Hace un par de meses, 11 pescadores salieron de sus comunidades en Choix, al norte de Sinaloa, con destino a Sonora para trabajar en la recolecta de uva. Ese fue el último día que sus familiares los vieron. "Se los tragó la tierra", dice el padre de uno de ellos
El padre de uno de los pescadores muestra una fotografía en la que están retratados algunos de los jóvenes de los que no se tienen pistas desde el pasado 3 de mayo
08/07/2015
03:24
José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza
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Choix, Sinaloa.- Enfrente de una vieja choza de madera, rodeados de árboles y gallinas, 17 personas preguntan por sus familiares. Entre ellos hay madres, esposas, hermanos e hijos. Seis niños juegan sin saber que sus padres están perdidos. Son los parientes de 11 pescadores que desaparecieron el pasado 3 de mayo en Choix, al norte de Sinaloa. No dan sus nombres. Hablan en coro, pues sólo tienen una cosa que decir: “Se los tragó la tierra”, afirma uno de los padres, un hombre mayor, chimuelo, de piel arrugada y ojos claros, que calza unos huaraches desgastados por caminar en la tierra.

La última vez que los vieron fue saliendo de sus respectivas comunidades —el Mezquite Caído, de donde son nueve de los desaparecidos, y La Colmena, de donde son originarios otros dos hermanos— para encontrarse en un punto medio de la carretera a Choix, la cabecera municipal, una ciudad de alrededor de 10 mil habitantes. Habían quedado de verse a primera hora de la mañana para salir rumbo a Sonora, al viñedo Los Gemelos, a 55 kilómetros de Hermosillo, donde cada año iban a piscar uva por tres meses. En esta ocasión decidieron no ir en autobús, como lo habían hecho siempre. Algunos eran tan pobres, dicen los familiares, que no tenían dinero para el pasaje. Uno de los pescadores ofreció su camioneta, una Chevrolet blanca del 95, para que todos pudieran ir juntos. En vez de transitar por la carretera principal se dirigieron hacia el norte por brechas entre los extensos campos de cultivo de la zona.

Los hombres, casi todos familiares, se dedicaban a la pesca en la presa Luis Donaldo Colosio, mejor conocida como Huites, por la comunidad en la que se encuentra, un lugar rico en lobina, mojarra y tilapia y donde, según los pobladores, es normal tirar cadáveres o incluso “coches completos” para desaparecer personas. Esta región, frontera con Chihuahua y Sonora, es clave para el tráfico de drogas por su cercanía —una hora— con la sierra del llamado Triángulo Dorado. En los últimos años, relata Juan Carlos Estrada, ex alcalde de Choix, ha habido enfrentamientos entre dos grupos: el de Benito Portillo, aliado de los Salazar de Sonora, una banda escisión de los Beltrán Leyva, que desde 2008 han apoyado a grupos sinaloenses en su lucha contra El Chapo Guzmán; y el de Lemus Núñez, socio del cártel de Sinaloa. Portillo fue asesinado hace mes y medio en Culiacán.

“Aquí ves pasar de todo, adonde vayas estás en la mira, siempre nos enteramos de asesinados o calcinados, pero ellos [los pescadores] no tenían nada que ver con eso”, dice una de las esposas de los desaparecidos mientras sujeta a una bebé en los brazos. En marzo pasado, el edil Juan Acosta fue baleado en un evento oficial por supuestas riñas entre los grupos criminales.

Aunque Choix es una zona rica en recursos naturales, casi no hay empleo. Es el tercer municipio en cuanto al índice de marginalidad del estado. Existe todavía mucha ganadería de autoconsumo y la agricultura es temporal. A pesar de que hay minas de hierro, oro y zinc, una presa hidroeléctica y la construcción de un gasoducto a Chihuahua, la mayoría de sus habitantes, como los pescadores, tienen que recurrir al multiempleo para sobrevivir. “Antes solían venir gringos para torneos de pesca, y estos hoteles, que son buenos, se llenaban —dice Estrada enfrente de la presa—, pero se fueron cuando le dispararon a un turista”.

Debido a la veda de la pesca, entre abril y agosto los pescadores solían ir a la pisca de uva para sobrevivir en esos meses. Antes dejaban la tierra preparada para la siembra de ajonjolí y maíz para el segundo semestre del año. Nunca llegaron a su destino. La tierra sigue lista para la cosecha.

Aquella mañana del 3 de mayo, los pescadores se despidieron de sus familiares y se pusieron en camino. Querían llegar temprano para no viajar de noche en una zona peligrosa, sobre todo en las carreteras secundarias, donde son comunes los secuestros o enfrentamientos entre grupos del crimen. “¡Imagínese!, 11 hombres en una camioneta con placas de Sinaloa, creemos que tal vez los secuestraron o los reclutaron para trabajar”, señala otra de las mujeres. “Yo hablé con un conocido de esos rumbos y me dijo que casi seguro se los habían llevado los Salazar”, dice el abuelo, un hombre de cara enjuta.

Lo último que supieron de ellos fue por un mensaje de texto. Abel Antonio Lastra escribió a su madre ese mismo día, a las 14:00 horas, para decirle que estaban comiendo en Guaymas. Después nunca volvieron a reportarse. Más tarde, sus celulares daban tono pero nadie respondía. Luego los apagaron. En el rancho, ubicado en la comunidad agrícola de Pesqueira, municipio de San Miguel Horcasitas, Sonora, donde cada año se contrata a unos 20 mil agricultores foráneos, nunca tuvieron noticias de ellos.

“En realidad no sabemos si ellos mandaron ese mensaje o si alguien más lo mandó por ellos. Nadie los vio. No sabemos dónde estuvieron por última vez. No sabemos si en realidad llegaron a Sonora”, comenta la esposa de Abel Antonio Lastra, una mujer que prefiere no hablar del tema por miedo a que los supuestos secuestradores tomen represalias.

Hace un par de semanas, el secretario de Gobierno de Sinaloa, Gerardo Vargas, dio a conocer que el celular de uno de los desaparecidos ha sido encendido regularmente e incluso fue recargado en el sur de Sonora. La investigación la tomó la Procuraduría sonorense, aunque en un principio su titular, Carlos Navarro, reconoció en un programa televisivo que no sabía dónde estaba Choix. Ni las autoridades sinaloenses, ni sonorenses han aportado otra pista que pueda ayudar a la localización de los pescadores. Hoy ni siquiera ha aparecido la camioneta.

Jesús Hernán Antelo Rivas, de 36 años; Gabriel Alonso Berrelleza Rábago, de 38; Jesús Gastélum Contreras, de 35; Arturo Medina Berrelleza, de 21; Jesús Izaguirre Valenzuela, de 26; Miguel Omar Berrelleza Izaguirre, de 25; Santiago Berrelleza Izaguirre, de 25; así como los hermanos Luis Enrique Rosas Berrelleza, de 22 años, y Édgar Adrián Rosas Berrelleza, de 20, y los hermanos Abel Antonio López Lastras, de 20 y Josué Everardo Lastras, de 15, son los últimos nombres de una larga lista de desapariciones en Sinaloa —aunque como oficialmente hicieron su último contacto en Sonora no se incluyen entre las desapariciones de su estado natal—.

Sin cifras reales

Óscar Loza, profesor y fundador de la Comisión de Defensa de Derechos Humanos de Sinaloa (CDDHS), indica que desde 2006 a la fecha, cuando el gobierno de Felipe Calderón emprendió la guerra antinarco, se han cuadriplicado las desapariciones. En ese lapso, la organización ha documentado al menos 396 casos, mientras que entre 1994 y 2003 sólo se habían denunciado 87. Esto sin contar los 42 desaparecidos por motivos políticos desde la llamada guerra sucia, de los años 70 hasta la actualidad.
Según el Registro de Personas Extraviadas y Desaparecidas, la cifra se eleva hasta mil 151 casos, lo que coloca a Sinaloa como la quinta entidad en cuanto a desaparecidos. Martín Robles Armenta, subprocurador de Justicia, ha asegurado que esa cifra ha descendido en 75 personas. Loza reconoce que los números que maneja podrían ser mayores, pues muchas víctimas de la violencia no se atreven a denunciar. El activista sostiene que al menos una persona desaparece cada día en Sinaloa. “Sólo se han encontrado dos cadáveres en este tiempo”, apunta Loza, un hombre de gafas de pasta y bigote espeso que colecciona Quijotes en su oficina y caricaturas de los periódicos en los que se burlan de él.

Alma Rosa Rojo está convencida de que uno de esos cadáveres es el de su hermano Miguel Ángel, al que el 4 de abril de 2009 se lo llevaron en una furgoneta verde. A partir de ese día inició su búsqueda en Estación Obispo. Rojo se acercó a un conocido suyo que trabajaba para el crimen organizado: “Allá no pasa nada sin que ellos se enteren”. Él le prometió ayuda. Unas semanas después, su conocido, junto con otros traficantes, le aseguraron que habían encontrado a Miguel Ángel, muerto. Rojo los acompañó hasta una zona alejada. “Me dejaron caminar sola. Si no llegan a aparecer unos familiares en una camioneta creo que me hubieran matado allá”, recuerda Alma. “Me engañaron”.

Esa experiencia no la detuvo, y junto con otras mujeres en su situación se convirtió en símbolo de la búsqueda en Sinaloa. Con una de ellas —Sandra Luz— bromeaba: “Algún día nos van a matar juntas”. El 14 de mayo de 2014, Sandra Luz fue asesinada a plena luz del día en Culiacán cuando iba al encuentro de alguien anónimo que le había asegurado que conocía el paradero de su hijo. En marzo de este año, el asesino confeso quedó en libertad por falta de pruebas.

Rojo pensó que su búsqueda había acabado el día en el que las autoridades la llamaron para identificar un cadáver que habían encontrado en el Cerro del Avión. Tenía un empaste en las muelas y una fractura en un dedo de la mano derecha. “Me hicieron las pruebas y salió 90% positivo, pero después dijeron que se habían contaminado y no era válido”.

El supuesto cuerpo de Miguel Ángel acabó en una fosa común junto con otros cuatro. Desde entonces el cadáver se ha exhumado tres veces para repetir las pruebas. Dos dieron negativo. La última exhumación se realizó el 15 de diciembre pasado. Cuando se han cumplido seis años de la desaparición de Miguel Ángel, Rojo espera todavía los resultados de la prueba.

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