Depresión. Vivir un “infierno interno” y ocultarlo por vergüenza

Esta enfermedad afecta a más de 8% de los mexicanos, indica encuesta. El estigma provoca que haya diagnósticos tardíos y se abre la puerta al suicidio, dicen expertos
Los primeros síntomas de depresión que Eréndira presentó fueron sensación de asfixia y pérdida vertiginosa de peso (JENIFER NAVA. EL UNIVERSAL)
07/04/2017
03:20
PERLA MIRANDA, DANIELA GUAZO Y EDUARDO BUENDÍA
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Eréndira Juárez vive con trastorno de depresión y ansiedad. Desde pequeña fue llevada con un siquiatra y durante su adolescencia asistía al sicólogo, pero hasta los 27 años fue diagnosticada con esos males. Su condición no la hace sentir relegada de la sociedad, pero asegura que mucha gente tarda en identificar el mal por temor a que le digan que tiene un trastorno mental.

María Elena Medina Mora, directora del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, afirmó a EL UNIVERSAL que el gran reto de la sociedad mexicana ante la depresión es erradicar el estigma, “cuando uno dice que tiene una enfermedad mental, le da vergüenza, ese es el problema de los diagnósticos tardíos”.

Explicó que la depresión es un trastorno mental diferente a la tristeza. “Cuando una persona se deprime, va a tener un sentimiento persistente que puede herir susceptibilidades, y las cosas que normalmente disfrutaba le dejaran de satisfacer; también es una persona a la que le cuesta mucho llevar a cabo sus actividades cotidianas, que además puede sentir pérdida de energía, falta de apetito o dormir poco. Esa desesperanza las lleva a tener una muy mala calidad de vida”.

Eso fue lo que pasó con Eréndira: la ruptura de una relación amorosa derivó en que no quisiera salir de su cama, que cumpliera con su trabajo por inercia y que estuviera triste a todas horas. Se dio cuenta de que algo no estaba bien el día que sintió que no podía respirar y se asfixiaba de la nada. Eso, aunado a una pérdida de peso exagerada en una semana hizo que su mamá la llevará con un siquiatra.

Medina Mora señala que en México las encuestas dicen que, en el último año, aproximadamente 8% de los hombres y 7% de las mujeres viven con depresión.

“Esta diferencia entre ambos sexos ocurre porque a las mujeres nos da más por llorar. Sería más fácil creer que los hombres no se deprimen, pero en verdad son poco tolerantes; algunos abusan de sustancias y ahí desarrollan depresión, también es un problema de hombres y necesitan tratamiento”, afirma.

Según la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica (Enep) 2003-2014, la depresión ocurre a una edad promedio de 24 años y está presente en poco más de 8.4% de los mexicanos. En el país, es la primera causa de discapacidad en varones y la novena en mujeres; además, es responsable de 54% del ausentismo laboral.

En ese sentido, la directora del Instituto Nacional de Psiquiatría detalló que “la depresión es muy discapacitante, incluso más que algunas enfermedades crónicas, porque ésta hace que uno pierda días de trabajo. Lo malo es que se sigue pensando que es un problema de conducta y no una enfermedad”.

Grupos más afectados

Hoy se celebra el Día Mundial de la Salud. Como cada año, la OMS eligió un tema de interés mundial y le tocó el turno a la depresión. Según un informe de la agencia de la ONU, durante 2015, 322 millones de personas tuvieron algún desorden asociado a la depresión.

De 2014 a 2015, los nuevos casos de depresión en México pasaron de 69 mil 594 a 96 mil 521, de acuerdo con el Anuario de Morbilidad de la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud (Ssa).

En el país, 80 de cada 100 mil personas presentaron síntomas de esta enfermedad en 2015. Durango, Ciudad de México, Chihuahua, Aguascalientes y Colima estuvieron muy por encima de esta media: 190 habitantes por cada 100 mil llegaron con depresión a alguna institución de salud.

Entre los 60 y los 64 años es la edad en la que los mexicanos se deprimen más. En el reporte de 2015, este grupo fue el que presentó una mayor incidencia: 217 adultos de cada 100 mil.

“Los cambios hormonales, las sensación de abandono y el dejar de hacer ciertas actividades es lo que lleva a este sector de la población a tener un trastorno depresivo mayor”, explica Guillermo Peñaloza, médico siquiatra de los servicios de atención de la Ssa.

A pesar de eso, este padecimiento puede surgir a cualquier edad. Los registros de esta dependencia reportan casos desde los cinco años. El rango más joven es de cinco a nueve años. Ahí, la capital tiene la incidencia más alta: 50 de cada 100 mil niños llegaron con síntomas de la enfermedad en 2015. “Antes se creía que era algo enfocado en los adultos, pero los niños lo padecen cada vez más”, asegura Judith Méndez, investigadora de Salud y Finanzas Pública en el Centro de Investigación Económica Presupuestaria (CIEP).

Se estima que 10% de los niños del país tienen trastorno depresivo mayor, dice Peñaloza.

Guerrero, uno de los estados con niveles de violencia más altos en el país, ocupa la segunda posición de este grupo. Los registros de 2015 muestran que 26 de cada 100 mil niños, de entre cinco y nueve años, presentaron depresión.

Los mexicanos de entre 25 y 44 años, edad altamente productiva, también se vieron afectados por este padecimiento. Mientras que en 2014 se registró una incidencia de 61 por cada 100 mil. Un año después (2015), este dato subió a 82. Los estados más afectados en este grupo de edad son Durango, Colima, Aguascalientes, CDMX y San Luis Potosí.

La mayoría de los países no cuenta con programas fijos para la salud mental en sus presupuestos, explica Judith Méndez. Esto a pesar de que es un padecimiento que afecta directamente la productividad de los trabajadores. “Tienes una sociedad enferma, pero al mismo tiempo es funcional (...). Los programas presupuestales se deben ir ajustando de acuerdo con los padecimientos que están afectando más a la sociedad”, indica.

El trastorno depresivo mayor no tiene un solo punto de origen, es por eso que se vuelve complicado su diagnóstico.

Se puede tener un factor genético que se puede llegar a heredar. Además, se ha observado que esta enfermedad está ligada a dos de los padecimientos que afectan a más mexicanos: obesidad y diabetes.

Sí hay cura

Cuando Eréndira tenía menos de 10 años, solía asomarse de edificios altos y pensaba: “Si me tiro de aquí no sobreviviré, pero si lo hago desde este extremo seguiré con vida”. Esos pensamientos no eran normales en una pequeña de su edad. Sin embargo, la decisión de llevarla con un siquiatra a temprana edad fue luego de que su madre viviera un proceso de divorcio.

“El siquiatra no me dio medicamentos, sólo me hacía platicar. Ahora entiendo lo que me pasaba, pero entonces no me dijeron que viviría con un trastorno mental. En mi adolescencia y en los 20 años, iba con sicólogos, mi diagnóstico llegó tarde”. Fue cuando Ere terminó un noviazgo de forma violenta. “Me desestructuré, sentía que no podía respirar, que me ahogaba, pero no comprendía por qué, hay algo que te duele en tu cabeza, en tu corazón, en tu cuerpo, pero no puedes tomar nada para que se te quite”.

En una semana la joven perdió tres kilos. Su madre detectó que había un problema y la llevó al siquiatra, ahí fue donde le dijeron que tenía trastorno mixto de ansiedad y depresión.

“La depresión la identifico cuando no tengo ganas de hacer nada, independientemente de si tengo un problema o no, es una sensación interna de vivir un infierno: te sientes ahogada, sin ganas de hacer nada, todo lo veo negro, es muy negativo”, comenta.

A Eréndira le explicaron que la depresión tiene dos caras: por un lado la depresiva, descrita anteriormente, y la maníaca, que “es cuando te despiertas y te sientes feliz, como que todo lo quieres hacer; además es exagerado: una vez me puse a planchar las sábanas de mi recámara porque no encontraba dónde sacar tanta energía”. Esa situación confunde a los pacientes, porque hay días que están muy mal anímicamente y otros que “te quieres comer al mundo”.

La otra parte de su trastorno es la ansiedad, que es patológica y que todo ser humano necesita, “porque ayuda a prever eventos y desarrollar estrategias para resolver problemas; pero cuando te la pasas piense y piense de manera obsesiva, no te deja avanzar, te llena de pánico y sientes que tu corazón late a mil por hora”.

Medina Mora indicó que el principal riesgo de vivir con depresión es llegar al suicidio. Según la OMS, 2 mil 900 personas se quitan la vida diariamente a causa de este trastorno mental.

“Cuando las personas no se atienden, cuando sufren acoso por su condición, pueden consumir sustancias nocivas, o lo más fatal es que se suiciden. El reto de la sociedad es no dejar pasar tiempo cuando sienta síntomas, porque la depresión sí se cura”, afirmó la especialista.

Eréndira sabe que cuando no puede dormir, despierta súbitamente, se siente inquieta sin motivo aparente, es momento de acudir al médico para evitar episodios graves de depresión o ansiedad. Otra forma de anticiparse a sus crisis es escribiendo: “Así puedo vomitar todo lo que tengo en mi cabeza y cuando lo leo me doy cuenta si es importante o no, eso me sirve para calmarme y no necesito llegar con el doctor”.

La mujer de 37 años relata que en algún momento de su vida ha pensado en el suicidio, pero los especialistas le han dicho que no es tema para alarmarse, dado que todos los individuos desarrollan pensamientos suicidas, “el problema es querer llevarlo al hecho, pero siempre he tenido una parte sana que me tranquiliza”.

Para obtener un diagnóstico a tiempo, Eréndira invitó a la sociedad a no tener miedo de acudir con un siquiatra o sicólogo, ni pensar que estar deprimido es sinónimo de locura, término que ni siquiera está establecido en el catálogo que usan los expertos. “Es importante que la gente sepa que este infierno se puede controlar y llevar a raya, que sí hay esperanza”.

Durante la mesa redonda denominada “Más ciencia, menos depresión”, organizada por la dirección general de División de Ciencias y la Coordinación de Humanidades de la UNAM, especialistas expresaron que los síntomas de la depresión se visualizan cuando la persona tiene un estado de ánimo irritable o triste, pierde placer por las actividades que solían hacerlo feliz, incluso en la actividad sexual; dificultad para conciliar el sueño o exceso de éste; hay cambio en el apetito y se refleja con aumento o pérdida de peso; persiste el cansancio y la falta de energía, tiene sentimientos de inutilidad, odio a sí mismo y culpa, se le dificulta concentrarse, hacen movimientos lentos o rápidos, y viven con un sentimiento de desesperanza y abandono.

Los expertos aconsejaron que si un individuo tiene al menos cinco de estos síntomas vaya al médico para saber si vive con depresión.

Sobre el diagnóstico temprano, Sergio Aguilar, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de California, en Davis, afirmó que la depresión se puede evitar si es detectada a tiempo y se sigue un tratamiento adecuado en los primeros tres años en que aparecen los síntomas. “Hay un periodo de tres años, aproximadamente, en el que si fuera posible identificar esta problemática y hubiera intervenciones al respecto para poder tratar adecuadamente el problema, un buen porcentaje de la depresión se evitaría”, afirmó.

Lamentaron que en la mayoría de los casos la depresión se diagnostica hasta siete años después de que el paciente la desarrolló.

Alejandro Córdova, asesor responsable del programa de Salud Mental de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, se pronunció por una Ley General de Salud Mental a nivel federal que garantice el acceso a tratamientos, así como la capacitación a médicos de primer contacto.

Emociones como “montaña rusa”

Lo que le sucedió a Rocío Hernández a los 13 fue similar a lo de Ere. Chío vivió una adolescencia muy diferente a la de sus compañeros de secundaria. Sus emociones eran una montaña rusa todo el tiempo. Lo que al inicio le parecía normal, con el tiempo se fue intensificando: dormir más horas de lo normal, estar sumamente irritable y, en ocasiones, sentir enorme tristeza.

“Era muy irritable con cosas tontas. Una vez iba con mi mamá en el auto, se le descompuso y se me hacía tarde. Me enojé y comencé a patear el carro”, recuerda Rocío, ahora de 25 años. En ese entonces no convivía con mucha gente. Se sentía incomprendida. Su escape fue comenzar a cortarse en los brazos y en las piernas.

Blusas de manga larga y los pantalones fueron sus mejores aliados. Sus padres tardaron más de seis meses en darse cuenta de que se lastimaba con el fin de mitigar su frustración. “Cuando supieron lo que hacía me llevaron al sicólogo. Estuve en terapia y ya no me lastimaba tanto”.

Las sesiones duraron más de un año. Pero a los 16 una recaída la llevó al borde de la muerte. “Tuve una sobredosis de antidepresivos. Me llevaron al siquiatra y mis padres firmaron una carta de responsabilidad para que no me quedara internada”. El diagnóstico esa vez fue más concreto: trastorno depresivo mayor.

El nuevo tratamiento, basado en antidepresivos y ansiolíticos, no ayudó. “Todo fue empeorando. Comencé a tener ataques de pánico y ansiedad”. Sin saber por qué, y de un momento a otro, su respiración se entrecortaba y tenía la sensación de morirse. La primera vez terminó en el hospital. “No sabía qué lo detonaba, pero de pronto no podía respirar. Todos los días me preguntaba si eso iba a durar para siempre”.

Su interés por comprender la enfermedad la llevó a terminar la carrera de Psicología en la UNAM. “Creo que lo he podido manejar un poco mejor. Ahora entiendo el padecimiento y estoy mucho más informada. Me conozco más”.

Además de los factores externos que llevaron a Rocío a padecer depresión, había otro elemento que desconocía: su madre también padeció ese trastorno, lo que la hacía altamente propensa a repetirlo. Hoy, su objetivo a corto plazo es que su siquiatra le reduzca la dosis de medicamento: “En un futuro quisiera dejar las medicinas. Estoy más estable, voy a terapia, hago ejercicio y mis redes de apoyo son buenas”.

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