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Coraje y dolor por bebés muertos

Padres narran la dolorosa experiencia tras la aplicación contra la tuberculosis. Algunos manifiestan coraje y quieren saber qué fue lo que pasó con sus bebés
La comunidad de La Pimienta —donde velaron ayer a los dos menores— se encuentra a diez kilómetros a la cabecera municipal de Simojovel
11/05/2015
03:46
Fredy Martín Pérez / Corresponsal
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La Pimienta, Chis.— En un camino de pendientes, rocas sueltas y tierra quemada, que lleva a las minas de la gema de ámbar, está La Pimienta, una comunidad de más de dos mil indígenas tzotziles, con casas sembradas en laderas y rodeadas por chiqueros y corrales, donde la noche del sábado fueron velados los cuerpos de dos niños de un mes de nacidos, que murieron después de ser vacunados en la clínica del lugar.

Los padres de los niños están tristes, pero también molestos, porque quieren saber qué es lo que les ocurrió con sus hijos. Quieren saber si las vacunas estaban en mal estado, pero aseguran que ellos vieron que los médicos y enfermeras manejaron con cuidado las dosis que suministraron a los niños y que sacaban de termos que trasladaron desde Tuxtla Gutiérrez.

En la entrada del pueblo está la casa de Teresa Gómez, de 45 años, donde velaron el cuerpo de su nieta de un mes de nacida a la que le querían llamar Yadira, a la que vio sonreír la mañana del viernes, cuando su hija salió hacia la clínica, después de haber oído el llamado de los médicos y enfermeras que pedía a “todos los padres con niños recién nacidos”, acudieran a la clínica para que los niños recibieran las vacunas BCG, que protege contra la tuberculosis y otra contra la hepatitis B. Los menores recibieron dos piquetes, uno el brazo y otro en la nalga.

Una enfermera anotó en una libreta el nombre del niño, la edad de nacimiento y en otro recuadro los nombres de las vacunas que había recibido. En la tarjeta de vacunación también realizó alguna anotaciones y le entregó el documento a la madre.

Las madres llegaron hambrientas a casa, para comer frijoles y tortillas y acostar a los niños a la cama, pero tan pronto como llegaron los niños empezaron a llorar incansablemente, pero los abuelos y padres con experiencia supusieron que eran los “síntomas normales” de la vacunación.

Cuando la tarde del viernes caía, las mujeres tomaron los rebozos para concentrarse en la única calle del pueblo y pedir a los dueños de las camionetas que las trasladaran a la cabecera municipal de Simojovel, diez kilómetros camino abajo por los cerros donde los tzotziles empiezan a quemar la tierra para realizar la siembra de maíz. Antes de las 20:00 horas el llanto de dos de los menores se apagó cuando los vehículos llegaron a San José y los límites de la cabecera municipal, pero los padres no se dieron por vencidos, querían cerciorarse de que los niños habían muerto. Diez minutos después el médico de la clínica les confirmó que los menores habían fallecido.

La clínica era insuficiente para atender a 39 niños que no cesaban de llorar. Los médicos y enfermeras no daban abasto. El director telefoneaba a Tuxtla Gutiérrez para informar de lo que había ocurrido y esperar instrucciones. Las mujeres sudorosas recibieron instrucciones de desvestir a los niños, para que cediera el cuadro de temperatura. Algunas mujeres se tendieron exhaustas en el piso del hospital y otras no se separaron de las camas donde las enfermeras mantenían bajo vigilancia a los niños.

Esa misma mañana del sábado, los cuerpos de los niños Emanuel Francisco y Yadira regresaron en féretros de color blanco. A la casa de Teresa Gómez, de 18 años, llegó el pastor de la iglesia pentecostés para orar juntos, pero Berlaín González, de 22, y padre del niño parecía no estar resignado por la muerte de su primer hijo y no cesó de llorar durante todo el sábado y durante el momento que fue inhumado el cuerpo de Yadira, en la mañana del domingo.

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