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¿Dónde comprar un tigre de Bengala?

EL UNIVERSAL recorrió cuatro mercados del DF y del Estado de México donde se pueden adquirir de forma ilegal guacamayas en 20 mil pesos y hasta felinos en 300 mil
Un recorrido por 4 mercados del DF y uno del Edomex da cuenta que conseguir un animal exótico no es cosa del otromundo. Si quieres un cocodrilo sólo tienes que reunir 20 mil pesos, pero si "mueres" por un tigre de Bengala deberás contar con 300 mil pesos
21/04/2015
04:46
Enrique Alvarado, Andrés M. Estrada y Alejandro Melgoza
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El aroma de las quesadillas y la barbacoa de los puestos de la Central de Abastos de Toluca se difumina tras una barda en la parte trasera del mercado, donde prevalece el hedor de las heces de los animales: borregos, cerdos, pollos, conejos, todos prisioneros en jaulas de colores. Un viernes, un hombre que viste botas y sombrero nos pregunta si buscamos algún animal más allá de las especies legales que se observan a simple vista.

—Una guacamaya —le respondemos.

—La roja la consigo en 9 mil —dice.

—No, queremos una de las azules.

—Esa se las dejo en 20.

“Déjenme su teléfono, le hablo a mi contacto y en menos de 15 días les llamo para decirles”, promete en un tono apaciguado. Antes de la despedida, sin dejar de mordisquear una brizna de trigo, el hombre advierte: “No nos conocemos. Si los agarran, ese es su pedo. Esto es por debajo del agua”.

Durante las siguientes semanas, escenas similares, pero con diferentes especies, se repetirán en cuatro mercados situados en el Distrito Federal y el Estado de México. En los tianguis de la capital y de territorio mexiquense se ofertan aves, cocodrilos y hasta tigres de bengala. Aunque las dos entidades ocupan, respectivamente, el sexto y el séptimo lugar a nivel nacional en cuanto a número de animales silvestres asegurados en el periodo 2006-2015, de acuerdo con registros de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) obtenidos vía la Ley de Transparencia, son las dos primeras atendiendo a la diversidad de especies aseguradas. Su elevada población y sus conexiones con aeropuertos internacionales las hacen fundamentales en el negocio del tráfico de animales en México.

“El fenómeno es preocupante porque la agenda del gobierno no le da la debida importancia a una problemática que ha llegado a ser más lucrativa que el tráfico de armas”, asegura Mónica Pineda, directora de la organización Gente por la Defensa Animal (Gepda).

La red, según la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), comienza con los cazadores e involucra a acopiadores, transportistas, distribuidores, comerciantes, empresarios y funcionarios, hasta llegar al comprador, perteneciente a cualquier clase social, desde las colonias más exclusivas y lujosas como Condado de Sayavedra, hasta las más pobres e inseguras como Jardines de Morelos [de las más frecuentes, según la Profepa]. La venta directa se realiza en mercados a través de traficantes camuflados de pajareros o vendedores de animales de corral, como el hombre que nos prometió una guacamaya azul en una semana.

El cocodrilo

El mercado de Sonora, en el centro de la Ciudad de México, es conocido por las prácticas de magia negra y la venta de animales —legales e ilegales—. Adquirir un ejemplar es tan fácil como ir de compras a un supermercado. Un martes, entre los pasillos, se observan dos pavorreales, crías de erizos africanos y una pareja de rosellas —pájaros endémicos de Australia, Tasmania y Nueva Zelanda— que los vendedores ofrecen en 20 mil pesos. Pero hoy el objetivo es conseguir un cocodrilo.

Sólo uno de los vendedores consultados tiene a la vista tres crías de crocodylus moreleti, que llegan a medir hasta tres metros. Otro asegura que lo trae enseguida si se concreta la compra. El resto dice que en un plazo de dos días lo consigue, siempre y cuando dejemos la mitad del costo real.

Los cocodrilos que los locatarios ofrecen son menores a un año y miden menos de 40 centímetros. “Dos mil pesos”, suelta un tipo sentado en un banco. “Te lo vendo en 3 [mil]”, comenta otro. Ambos se adquieren con papeles. Si se regatea, se puede comprar sin certificación y a la mitad de precio. Una guacamaya azul en una tienda legal como +Kota, ronda los 67 mil pesos, tres veces más que el precio que nos ofrecía el hombre tranquilo de Toluca.

Al final del recorrido por Sonora, sólo dos de seis vendedores rechazan venderlo sin papeles por temor a alguna sanción de las autoridades. Uno de los que acepta realizar la venta ilícita es claro: “Vale más el papel que el animal”.

El cazador

Pasada la semana sin noticias del traficante de Toluca que prometió conseguir la guacamaya azul, decidimos visitar el mercado Rancho Las Tablas, de Santiago Tianguistenco. La Cotorra nos aborda cuando apenas damos unos pasos. Le preguntamos por una guacamaya azul pecho de oro. De inmediato consulta a su compañero El Rorro, un hombre bajito de ojos entrecerrados. Nos ofrece el ave a 3 mil pesos menos de lo ofrecido por el vendedor de Toluca que no llamó.

El Rorro presume de lo que él llama su catálogo: aves de todo tipo, reptiles —incluido un caimán— y hasta un chango. Pero dice que lo que más le gusta de este negocio es cazar: “Yo me voy hasta su nido y la traigo”.

Cuenta que cazó su primera ave a los 12 años y que ahora, aunque ya es un cuarentón, todavía viaja a Guatemala a cazar guacamayas en su hábitat: “No importa La Mara, el río, subirte a un pinche helicóptero. Nos gusta la adrenalina”.

Acordamos, como con el primer traficante, que nos llamaríamos en la semana y brindamos con unas cervezas para sellar el trato. La condición que pone para realizar la transacción es que se realice en su casa o en la nuestra.

El almacén

A simple vista, en Tepito, colonia Morelos, se observan reptiles: un camaleón cornudo, un dragón barbado y un skink de lengua azul que valen mil 200 pesos cada uno. También pitones reticuladas y pitones albinas. Las serpientes, “sólo en exposición”, según un comerciante, están encajonadas en una pecera de aproximadamente un metro de longitud.

“¿Se te perdió algo, compadre?”, grita un vendedor cuando hacemos un gesto para sacar el celular del bolsillo. Mostramos interés por una iguana que cuesta 450 pesos. Después nos esfumamos, pero los comerciantes no nos quitan los ojos de encima.

Una vez en la calle, topamos con un tinaco azul repleto de ajolotes en 40 pesos, una especie endémica del sur de la Ciudad de México incluida en la lista roja [peligro de extinción] por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Un comerciante, días antes de nuestra visita, contaba con voz nerviosa por teléfono que a diferencia de hace un lustro, ahora venden todo con papeles, pese a que algunos vendedores nos ofrecerían después especies sin documentos. Los lunes, decía, llegan vía marítima peces de todo el mundo. Unos los crían en México, pero otros son de Colombia, Brasil, Estados Unidos, África o Shanghái.

La ruta del tráfico animal pasa habitualmente por el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ubicado en la Venustiano Carranza. La Profepa aseguró allí mil 375 especies silvestres en poco más de siete años, y la PGR mil 335.

“El traficante internacional pide los animales por encargo a los mercados de Sonora, Río Frío, Jamaica, Tepito; incluso te los empaquetan. A su vez ellos tienen a sus proveedores en otros estados de la República”, relata un agente de la Profepa que pide mantener el anonimato. “Tienen una red ilegal que opera en el norte y en el sur. De esa captura ilegal, yo te aseguro que 80% pasa en algún momento por el DF”.

El inspector niega que los cárteles de la droga estén involucrados en este delito. Los más beneficiados, señala, son los coleccionistas y los traficantes internacionales de Europa y Estados Unidos. De los 91 vuelos en los que la Profepa registró tráfico de animales, 55 fueron internacionales, 36 llegaban o salían de Europa.

El tigre

Pasó otra semana sin que los traficantes, en este caso El Rorro y La Cotorra, nos llamaran para cerrar la venta de la guacamaya azul. Nos dirigimos otra vez por el camino de terracería que conduce al mercado Rancho Las Tablas de Santiago Tianguistenco, donde percibimos de nuevo el olor a estiércol y a heces que ha acompañado toda nuestra búsqueda.

Cuando nos acercamos a una jaula para ver los colores verde, rojo, azul y negro distribuidos en la cabeza y el cuello de un faisán, se aproxima un vendedor que no tarda en ponerle precio: mil cada uno. A su lado, un pavorreal está amarrado del cuello con una argolla plastificada. Según la Semarnat, son dos de las especies más traficadas.

El trecho pedregoso continúa entre decenas de vendedores rancheros. Uno muy joven, moreno y vestido con ropa deportiva roja, pregunta con insistencia qué buscamos.

—¿De casualidad vendes guacamayas? —le preguntamos.

Inmediatamente suelta el menú: la verde y la roja, entre 12 y 15 [mil], la azul en 55.

La mano derecha del pajarero sostiene una estructura vertical con celdas de madera llenas de canarios, ruiseñores de la selva, loros y cardenales. Su canto se mezcla con las palabras del ofertador, quien comenta que no vende reptiles como cocodrilos. Por segundos se extiende un silencio. Nos mira dudoso.

—Bueno, igual puedo conseguir un tigre —comenta.

—¿Y los tigres más o menos en cuánto andan? —le preguntamos.

—Es que depende de cuáles quieran, si quieren del amarillo, del normal o del blanco.

—¿Si es como el de bengala?

—Es más caro.

—¿Cuánto cuesta?

—Yo creo como unos 300 [mil] varos.

jram

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