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Rosario Ibarra: 40 años de búsqueda

Hoy se cumplen cuatro décadas de la desaparición de su hijo Jesús Piedra Ibarra
Rosario Ibarra de Piedra durante una sesión de fotos en su domicilio de Monterrey
18/04/2015
03:50
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Por Liydiette Carrión

Rosario fue la bonita hija del ingeniero Ibarra. Una joven bajita, de cabello rojizo y sonrisa perenne, oriunda de Saltillo, Coahuila. Se convirtió en la feliz esposa del médico Jesús Piedra y madre de cuatro. Pero su línea de vida dio un giro el 18 de abril de 1975, cuando su hijo Jesús fue detenido y desaparecido en Monterrey, por policías estatales al mando de Carlos G. Solana Macías, y luego por agentes de la Dirección Federal de Seguridad.

“Yo parí a mi hijo físicamente, pero políticamente fui parida por él”, ha resumido la propia Rosario Ibarra.

Cuando lo desaparecieron, Jesús Piedra Ibarra tenía 21 años, era de clase media urbana, estudiante de medicina y militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Rosario tenía 48 años y era ama de casa, cuando fue parida por segunda vez.

Ella buscó a su hijo, primero en Monterrey, luego en la ciudad de México. Tal vez entonces fue que su esposo le dijo: cuando lo encuentres, llámame y sólo di: ‘Eureka’, lo encontramos —narra en el documental Rosario, memoria indómita, dirigido por Shula Erenberg—.

En la búsqueda, Rosario conoció que había familiares, madres sobre todo —la mayoría apenas con la educación básica—, que buscaban a hijos detenidos y desaparecidos en las más diversas partes del país: Oaxaca, Distrito Federal, Chihuahua.

En 1977 fundaron el grupo Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México. Poco después el grupo cambió su nombre a Eureka, aquella palabra clave que en Monterrey la familia ansiaba escuchar del otro lado del teléfono.

Los días de huelga

El 28 de agosto de 1978, estos familiares encabezados por Rosario dieron un campanazo clave. A pocos días del segundo informe de José López Portillo, 84 mujeres y cuatro hombres entraron a la Catedral de México, a las 11 de la mañana, sacaron una manta con la leyenda “los encontraremos” y se instalaron en huelga de hambre. Curas y agentes los querían sacar, pero mucha gente los apoyó y defendió.

Fue la primera manifestación en el Zócalo y la Catedral desde la matanza de 1968. Pero romper la veda no fue más importante. Tras cuatro días de ayuno y con una amenaza creciente de desalojo, la huelga terminó y, al día siguiente, el Presidente anunció la primera amnistía para presos políticos.

Esa fue la primera de siete huelgas de hambre en los siguientes 10 años. La primera de tres amnistías que liberaron a mil 500 personas. Y que permitiría la presentación con vida de 148 desaparecidos.

Lucha por la vía política

En 1982, el Partido de la Revolución de los Trabajadores (PRT), de corte socialista y trotskista, y que acababa de conseguir su registro electoral, ofreció a Rosario postularla como candidata a la Presidencia de la República.

La propia Rosario relató en una columna publicada en EL UNIVERSAL, que entonces recordó a su abuela materna, Adelaida.

Adelaida, viuda, con cinco hijos, tenía una panadería a la que puso La voz del pueblo. Cada noche, su casa era sede de tertulias con los maridos de sus amigas, quienes se reunían afuera de la casa para hablar de política. Adelaida quería que las mujeres participaran en la vida pública, incidieran. Así que escribió al Congreso de Nuevo León para que reconociera a la mujer el derecho al voto. El Congreso se negó. Cuando llegó la oferta de la candidatura, aunque todos sabían que era imposible ganar, Rosario supo “que sería una forma de hacer realidad aquello que la hermosa vieja tanto soñó”.

Ibarra de Piedra fue candidata presidencial dos veces, diputada y senadora. Pero también ha sido candidata al Premio Nobel de la Paz; se ha presentado 18 veces en la ONU; habló 39 veces con Echeverría para hallar a su hijo. Ha sido encarnación de la memoria indómita.

En 40 años, Rosario es el principal ícono de la organización de familiares de desaparecidos; en su trayectoria política ha sido irreprochable; y ha sido también metáfora de la maternidad fiera. Ella misma ha dicho que la búsqueda de Jesús “es parte del oficio de ser madre, le di la vida, tengo la obligación de preservársela, de salvarlo, de traerlo hacia el afecto, de devolverle, como decía una compañera por ahí, todos los soles que les han robado”.

 

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