Ignorancia domina las políticas ambientales

Miles de personas participaron en la Marcha por la Ciencia que se llevó a cabo el pasado 22 de abril en Nueva York.
(ARCHIVO. EFE)
06/08/2017
01:58
Víctor Sancho / Corresponsal
Washington
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El día 22 de abril, coincidiendo con el Día Mundial de la Tierra, más de un millón de estadounidenses salieron a las calles para la denominada “Marcha por la Ciencia”, una celebración de la actividad científica que este año tomó una dimensión política. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y con él de toda una ideología incrédula y poco considerada con los avances científicos, convirtieron la jornada en un sábado de protesta.

Trump llegó al poder excluyendo el conocimiento científico de sus decisiones políticas. Desde el primer momento apostó por un paso atrás en energías renovables, optando por la recuperación del carbón y los grandes oleoductos. Prometió —y cumplió— salir del Acuerdo de París contra el cambio climático. Todo ello, sin contar las numerosas regulaciones ambientales que Trump ha exigido que se eliminen en aras de la competitividad económica.

El gesto más significativo, sin embargo, fue su decisión de poner al frente de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) a Scott Pruitt, un reconocido negacionista climático. No sólo eso: esa institución, junto las agencias de salud, ciencia y tecnología dedicadas a la investigación, son las más afectadas por los recortes impuestos en el presupuesto propuesto para el año 2018.

“Debemos esperar que el Congreso no esté de acuerdo con estos recortes locos”, dice a EL UNIVERSAL John Holdren, una figura a tener en cuenta en este ámbito: además de profesor en Harvard, fue el principal asesor en materia científica y tecnológica durante los ocho años de mandato de Barack Obama. 

Trump se ha caracterizado por datos erróneos, ideas sobre ciencia falaces y decisiones que han puesto los pelos de punta a la comunidad científica. La consolidación de estas ideas en su plan presupuestal es la gota que colma el vaso. 

“Si finalmente se imponen, los recortes harían un daño severo al ritmo de la innovación tecnológica energética en EU y a las expectativas que este país sería capaz de hacer su parte en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que están llevando a un cambio climático global altamente disruptivo”, alerta el experto.

Para Holdren, las decisiones de Trump en materia científica están basadas en “una combinación de ignorancia e ideología de extrema derecha”. Los recortes propuestos afectarán no sólo al cambio climático, sino que también son una amenaza para la investigación científica y biomédica básica. Explica que quitar los fondos afectará a la fase inicial de todos los proyectos de I+D, que básicamente se nutren de dinero federal, lo que hará imposible iniciar o ralentizará nuevas investigaciones para, por ejemplo, encontrar terapias más efectivas e incluso curas para el Alzheimer, Parkinson, todo tipo de cáncer, gripes y diabetes, entre otras enfermedades.

Quizá la política más llamativa en el ámbito científico, además del recorte de fondos de la EPA, fue la retirada de EU del Acuerdo de París, algo que, de momento, ha tenido un efecto contraproducente para la administración Trump, ya que tal y como recuerda Holdren, gobiernos estatales, locales y empresas “han incrementado su determinación de reducir las emisiones de gases” para “compensar lo máximo posible” la acción de la administración. Caso distinto es la voluntad de recuperación de la industria del carbón, “el combustible fósil más sucio” y con “impacto [negativo] directo a la salud humana”. “Será un fracaso”, augura el experto, alegando razones no sólo ambientales, sino económicas.

La construcción del muro en la frontera con México también tiene efectos medio ambientales, no sólo por la afectación que pueda tener para la biodiversidad, sino por la determinación del gobierno de saltarse leyes en la materia para levantarlo.

“Esta propuesta indignante sólo subraya la demagogia e irresponsabilidad que caracterizó la campaña de Trump”, sentencia enojado el profesor, que caracteriza el muro como un “insulto” a México. “La idea de que en este proyecto loco se permitirán pisotear regulaciones y preocupaciones ambientales simplemente se suma a la indignación”, concluye.

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