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Una faena redonda

ALEXANDRE MENEGHINI. REUTERS
17/06/2017
01:57
Enrique Berruga Filloy
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A sólo tres días de que inicie la Asamblea General de la OEA en Cancún, donde se trabajaba en lograr un consenso continental sobre la situación en Venezuela, el presidente Donald Trump se presenta en Miami para anunciar retóricamente que está “cancelando completamente” los acuerdos alcanzados entre Cuba y la administración Obama.

Al mostrar la cara más agresiva de Estados Unidos hacia un país emblemático de la región, muchos miembros de la OEA, sobre todo en el Caribe, se la pensarán dos veces para apoyar una resolución condenatoria al régimen de Nicolás Maduro. ¿Sabrán lo que están haciendo en Washington?

Puede entenderse que la decisión de Trump obedezca a la promesa que hizo durante la campaña presidencial. Lo que no puede entenderse es que haya elegido precisamente este momento para anunciarla. El grupo de 11 países, incluido México, que buscaba presionar al gobierno venezolano a respetar el orden constitucional y los derechos humanos, ahora ve debilitadas sus intenciones ante la actitud hostil y anticlimática del mandatario estadounidense. Este es un caso de libro de texto del gobierno de Washington actuando en contra de los intereses y principios de EU.

Encima de todo, el anuncio que formuló Trump ante la comunidad cubana de Miami prácticamente deja intacta la política implementada por Obama. Las embajadas de ambos países continuarán funcionando, el envío de remesas a familiares se mantiene igual, lo mismo que los vuelos y los cruceros. Las 12 categorías para obtener permiso para viajar a Cuba tampoco sufren alteraciones. ¿De dónde saca el ocupante de la Casa Blanca que está “cancelando completamente” la política anterior?

El único cambio de fondo radica en prohibir que los hoteleros y operadores de turismo estadounidense entren en negociaciones con la empresa estatal Gaviota, que maneja el ejército cubano y que controla el grueso de los cuartos de hotel y transportes turísticos en la isla.

A pesar de que los cambios en la relación son cosméticos, el daño político es potencialmente mayúsculo. El año próximo Cuba vivirá un cambio de gobernante. Raúl Castro dejará el poder y el cargo será ocupado por una nueva generación. Quien lo suceda podía llegar a ocupar la presidencia confiado en que la relación con EU había tomado un sesgo más positivo o, como será el caso, que necesitará mantener la guardia en alto frente a un gobierno de Washington imprevisible y manifiestamente agresivo.

El resultado inmediato apunta a que Cuba reviva la desconfianza hacia su rival histórico y, naturalmente, busque un mayor acercamiento con potencias como China y Rusia. ¿Esto es lo que buscaba la administración Trump? Otro efecto es que la oposición cubana no pueda ser vista en la isla como impulsora del multipartidismo, la democracia o los derechos humanos, sino como peones de Washington. Fácilmente se les podrá tildar de colaboracionistas.

A las afueras del recinto donde Trump pronunció su discurso, un cubano recientemente inmigrado en EU, mostraba un cartelón que rezaba: “En Arabia Saudita violan más derechos humanos que en Cuba”. Cuando estuvo Trump, hace un par de semanas, en el reino árabe no hubo una sola mención a las condiciones con que se trata a las mujeres o la manera como aplican mutilaciones y la pena de muerte. En juego estaba un negocio de cerca de 110 mil millones de dólares en ventas de armamento al gobierno de Riad.

La intervención de Trump en Miami resultó redonda, como un ejercicio de torpeza política. De un golpe, se alejó de América Latina, fortaleció en la zona a sus adversarios globales, entorpeció el avance de los derechos humanos en la isla y puso en guardia al gobierno de Cuba de cara a la primera sucesión presidencial que no llevará el apellido Castro. Una faena redonda para el presidente de EU.

 

Internacionalista

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