El capitalismo de Estado que facilitó el desastre brasileño

Marcelo Odebrecht, fue acusado en el 2015 por dirigir un esquema de corrupción a cambio de contratos para su empresa
Marcelo Odebrecht, ex empresario en Brasil (Foto: REUTERS)
30/04/2017
01:57
Mariana Timóteo da Costa / O Globo
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Marcelo Odebrecht era uno de los mayores empresarios en Brasil, con negocios en 30 países, cuando la operación Lava Jato de la Policía Federal llegó a su casa en junio de 2015.

Residente de un condominio de lujo en Sao Paulo, Marcelo desde entonces está detenido, acusado de dirigir un esquema de corrupción que pagó hasta 3 mil millones de dólares a políticos y funcionarios públicos a cambio de contratos para su empresa. Estados Unidos define el esquema de Odebrecht como el caso de soborno más grande de la historia. Marcelo, en principio, lo negó todo. Pero para mitigar su sentencia y salvar su negocio, optó por una delación premiada en que da detalles del plan, señalando nombres de implicados.

Lo que se reveló a los brasileños, en palabras de Marcelo y otros ejecutivos de su empresa, forma parte de una larga historia de confusión entre los sectores públicos y privados en Brasil. En el país, se estableció un “capitalismo de Estado” o “capitalismo de lazos”, con una fuerte injerencia del Estado en la economía, favoreciendo empresas estatales o las privadas con buenas relaciones con el poder. El modelo no sólo facilitó la corrupción sino que ha impedido a Brasil desarrollar todo su potencial.

En Brasil, el capitalismo de Estado se ha manifestado de varias formas: empresas estatales como Petrobras fueron creadas para monopolizar sectores de la economía, se establecieron empresas mixtas (de capital público y privado), políticas de control de precios para hacer frente a la competencia interna y externa y el llamado “dirigismo”, cuando la clase política eligió sin debates locales y sin la participación popular las inversiones en la economía.

Existen registros de su existencia desde el Brasil colonial, pero el modelo alcanzó su apogeo reciente durante el gobierno del izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011), quien eligió a Odebrecht y otras empresas para el proyecto “Brasil potencia” no sólo a nivel nacional sino internacional.

El capitalismo de Estado y sus decisiones de arriba hacia abajo no explican en su totalidad el Lava Jato, pero ayudan. En un país con escasez de crédito, infraestructura deficiente y altos costos de transacción, incluso puede que haya sido necesario que todos estos gobiernos centrales establecieran “círculos de confianza” con el sector privado. Pero el proceso podría haber sido más transparente y dado más oportunidades a los nuevos empresarios y a las porciones menos privilegiadas de la población. Durante el gobierno de Lula, además del crecimiento económico, Brasil vivió con las cada vez más costosas campañas electorales, lo que ayudaría a explicar los episodios de corrupción.

Su sucesora, Dilma Rousseff, además de desatar en Brasil una de las mayores recesiones de su historia, puso aún más en tela de juicio la alta intervención del Estado en la economía. Empresas de participación estatal mayoritaria empezaron a intervenir activamente en el mercado mediante el control de los precios y la negociación de contratos. Dilma fue destituida, tras un proceso en el que, sin duda, influyó Lava Jato. “La corrupción es un factor de coste. En una economía de mercado competitiva, la empresa contaminada por la corrupción es expulsada del juego”, dijo Flávio Rocha, empresario de ventas de Brasil. Para él, la corrupción sólo subsiste cuando el libre mercado no está funcionando.

¿Cuál es la salida? Con gran parte de la clase política de Brasil bajo investigación por Lava Jato, es momento de que Brasil enfrente los dilemas de una democracia moderna. Eso pasa por la revisión de su modelo de relaciones capitalistas, además de una reforma política, discutir la regulación de los lobbies, adoptar medidas para una mayor transparencia, dar más autonomía a los organismos reguladores y de desarrollo. Es necesario planificar la asignación de recursos, dando recursos a proyectos relacionados con la educación, la salud, carreteras... todo lo que proporcionaría una mejor calidad de vida a los brasileños y les permitiría elegir mejor a quién votar. Después de todo, 2018, año de las elecciones generales, está casi aquí.

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