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Siria, la mirada de los refugiados

EL UNIVERSAL viajó hasta Medio Oriente para documentar la mayor crisis de desplazados después de la Segunda Guerra Mundial; el número de personas forzadas a dejar sus hogares llegó a 8.7 millones en 2016 según la ONU
Elif, quien llegó a Gaziantep con su familia hace cinco años procedente de las afueras de Aleppo, ha tenido que atravesar por siete operaciones por malformaciones que traía de nacimiento. (CRISTOPHER ROGEL BLANQUET)
12/03/2017
03:50
Gaziantep, Turquía
EMILIANO LIMIA Y CRISTOPHER ROGEL BLANQUET
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Impulsada por la curiosidad, Ayşe se acerca en la calle para conversar. Luego de un rato, nos invita a su casa y propone conocer a su familia. Ayşe vive con sus 5 hijos en Tepebasi, un barrio antiguo mayormente habitado por refugiados sirios en Gaziantep, ciudad al sur de Turquía que se encuentra a unos 70 kilómetros de la frontera con Siria.

“Los aviones de Bashar al-Assad [presidente de Siria] aventaron bombas sobre mi casa, perdimos todo”, relata estremecida de nuevo frente al recuerdo que más tarde le llevó a buscar refugio en Turquía. Su familia es sirio-turkmena, por lo que, si bien hablan árabe, entre ellos se comunican en turco. En un primer momento Ayşe se resiste a ser fotografiada con sus hijos. Al cerciorarse de que no trabajamos para la televisión turca nos permite retratarla junto a todos los niños.

Rochi es la más extrovertida, rápidamente se siente atraída por la cámara fotográfica e insiste en saber cómo funcionan. “Cuando los aviones bombardearon la ciudad [Aleppo], partimos a Turquía. Vi bombas cayendo, vi gente muerta en las calles, destruyeron nuestra casa”, explica quien tenía 5 años en ese momento, edad suficiente como para recordar el comienzo de lo que sería la peor crisis humanitaria del mundo después de la Segunda Guerra Mundial.

A su alrededor, los otros niños lanzan miradas de extrañeza, las más adultas escrutan con desconfianza, de reojo.

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La mirada de los refugiados sirios

EL UNIVERSAL fue a Siria, a recuperar las historias
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Del turismo al asilo

Reconocida por su historia y gastronomía únicas por la UNESCO, Gaziantep es una de las ciudades más antiguas y populosas de Turquía, con alrededor de 2 millones de habitantes.

Es difícil imaginar que hace seis años eran los ciudadanos de Gaziantep quienes cruzaban la frontera para ir de compras el fin de semana a Aleppo, a sólo 130 kilómetros de distancia.

Hoy, la realidad es opuesta: alrededor de 350 mil sirios viven en Gaziantep, en su mayoría provenientes de Aleppo.

Hasta aquí llegó Ayşe, quien ahora nos propone ir a la casa de otros familiares. Así es como llegamos con la familia de la tía de Rochi, donde nos reciben. A los pocos minutos llegan invitadas y la situación comienza a cambiar, parecen querer algo de nosotros, más que la conversación. Más allá de responder a nuestras preguntas, hablan entre ellas y empieza una ola de información que agobia: que no reciben ayuda de los turcos, que no pudieron tramitar los papeles para poseer el estatus de refugiado y, por tanto, no pueden tener acceso a varios servicios básicos como educación y salud, mandar a los niños al colegio ni ir al hospital. O que no pueden pagar las boletas de servicios, y hasta muestran los documentos y fotos de cuando vivían en Aleppo, fotos de familiares heridos, otros que perecieron en Siria. Llega un punto en que prácticamente imploran ayuda.

Lo que solicitan no es dinero. Lo que más desean es que se les apoye para tramitar los papeles que les permitan obtener la estancia legal.

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La migración forzada que provocó el conflicto en Siria ha traído problemas diversos para la ciudad de Gaziantep, difíciles de resolver en un lapso corto. Sobre todo, porque alrededor de 200 mil sirios viven fuera de los campos de refugiados y eso ha provocado presiones sobre los sistemas de salud y educación, disminución de los ingresos por turismo imponiendo nuevas presiones a la comunidad, el aumento de los alquileres, el trabajo infantil, entre otros.

A eso se suma que, según la legislación turca, los sirios no pueden sumar más de 10% de la mano de obra de un empleador, lo que hace que encontrar un empleo no sea fácil y en gran parte los refugiados tengan que sobrevivir con empleos casuales y donaciones de caridad.

“Estoy feliz de estar lejos de la guerra, pero la vida es dura aquí”, dice Salem, quien nos recibe en su taller de costura clandestino. Él y su cuñado son los únicos adultos trabajando allí, con seis niños menores (sus hijos y sobrinos). Fueron todos evacuados de Aleppo hace cuatro años y se instalaron en Gaziantep junto con 10 familias.

El taller está montado en un galpón amplio, de concreto, frío. Allí se pueden ver unas ocho máquinas de coser. Sin dejar de trabajar, Salem explica que en Aleppo hacían ese mismo trabajo, con la diferencia de que, más allá de estar en su casa y no tener que pagar alquiler, en Siria la vida era mucho más barata. Acentúa que con dificultad llegan a fin de mes y casi no tienen tiempo para relajarse. “En caso de que la guerra termine, seré el primero en volver”, sentencia.

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El hecho de que no hablen turco es un serio obstáculo para conseguir un buen trabajo, y es humillante tener que vivir de caridad cuando en Siria cada uno tenía su trabajo. Tal es el caso de Mehmet, quien llegó a Gaziantep hace cinco años con toda su familia desde las afueras de Aleppo. Tiene cinco hijos, entre ellos Elif, quien tuvo que atravesar siete operaciones por malformaciones que traía de nacimiento. Probablemente Mehmet y su familia vivan en las peores condiciones de las que fuimos testigos: viven en una obra que frenó su construcción, sin luz ni agua. Aun así ofrecen té y cigarrillos, básicamente todo lo que tienen.

Por un lado, los refugiados sirios en Tepebasi esperan a que los combates terminen para regresar a su país. Por otro, los turcos los consideran una población que volverá a sus hogares. Pero ya van casi seis años de la crisis y su futuro es impredecible. Uno podría imaginar que están desesperados por iniciar una vida en otra nación, pero conservan la esperanza de volver, muchos sirios siguen con la intención de regresar a sus pueblos y aldeas una vez que se restablezca la seguridad y la guerra civil de Siria llegue a su fin. Una cosa más en la que coinciden por unanimidad: echan la culpa al régimen del presidente Al-Assad.

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El pacto de la vergüenza

El 20 de marzo de 2016, entró en vigencia el acuerdo de refugiados UE-Turquía en virtud del cual Ankara se comprometió a recuperar a todos los inmigrantes indocumentados que llegasen a la Unión Europea (UE) a través de su territorio, enviando, en su lugar, a otros que acepten seguir los caminos legales para emigrar.

A cambio, la UE se comprometió a proporcionar un total de 3 mil millones de euros a Turquía para ayudar a tratar con los refugiados, con posible disposición adicional de 3 mil millones de euros en 2018, y supuesta oferta viajes sin visados a los ciudadanos turcos, así como acelerar el proceso de adhesión de Turquía a la UE.

Lo cierto es que la UE ha declarado que envió 676 millones de euros a Turquía para los refugiados sirios en 2016. El hecho de que los 3 mil millones de euros prometidos no hayan llegado de la UE, sólo está haciendo la vida más difícil para los sirios en Turquía.

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