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Análisis. La estrategia del rey desnudo

05/02/2017
02:26
Chicago, Illinois
Antonio Rosas-Landa
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La relación entre los medios de comunicación y los gobiernos no debe ser tersa ni amistosa. Al cumplir con su labor, “el cuarto poder” incomoda al gobierno. Es la naturaleza de la interacción entre ambas entidades que encarna uno de los pilares de las sociedades abiertas.

Sin embargo, el enfrentamiento que se ve entre los medios y la administración de Donald Trump es sin precedente en Estados Unidos. Hoy el presidente llama a los periodistas “las personas más deshonestas del mundo”.

¿Cómo llegamos aquí? Los medios estadounidenses viven de la audiencia. Por lo que en la era de las redes sociales han transformado sus coberturas en una mezcla de información y entretenimiento. Además de multiplicar sus plataformas, los medios también se trivializaron para sobrevivir.

Así, la tendencia fue dar incontables horas de cobertura gratuita al entonces candidato Trump. Sus abominables comentarios capturaban la atención de simpatizantes y detractores por igual, garantizando la audiencia cautiva que conseguía la publicidad que paga la nómina. Eso hasta que el republicano exhibió posibilidades reales de triunfo.

Cuando la presidencia Trump parecía electoralmente viable, los medios tradicionales se volcaron en ataques que mostraban lo inadecuado que era el personaje para ocupar la primera magistratura. Incluso la noche previa a la elección diarios como The Washington Post y Los Angeles Times anticipaban una victoria holgada para Hillary Clinton. Entonces, el 8 de noviembre llegó y el mundo de Trump se convirtió en nuestro mundo.

Ya en septiembre de 2016 una encuesta de Gallup señaló que los medios contaban con los niveles más bajos históricos de confianza, 32% en promedio y sólo 14% entre los republicanos, los responsables de elegir a Trump. Para los conservadores, las noticias tradicionales son fake news. El arte para manipular a los medios de Trump le ha permitido utilizarlos cuando ha sido conveniente y demonizarlos cuando es aún más provechoso.

Los corresponsables de la Casa Blanca transitaron de un educado secretario de prensa con Barack Obama, al búfalo desbocado Sean Spicer que trabaja para Trump. En su primera interacción, Spicer regañó a los medios sin permitir preguntas y mintió sobre un tema trivial que el mismo presidente colocó en el ojo público.

Días más tarde, la consejera presidencial, Kellyanne Conway, dijo en el programa Meet the Press que el vocero Spicer había presentado “hechos alternativos”. El conductor respondió: “Los hechos alternativos no son hechos, son falsedades”.

Desde entonces el mundo vive en una suerte de realidad ficticia que se impone como una maldición a diario. La traición a los valores compasivos y la defensa de los derechos humanos de esta nación son justificados ante la urgencia de preservar lo que considera el poder como “seguridad nacional”. Insultar y atacar a los aliados es ahora una destreza de un negociador vigoroso, no de un imbécil irresponsable, como solía ser.

El presidente sabe de la desconfianza social hacia los medios y por ende busca la confrontación para minar aún más su credibilidad. Su estratega, Steve Bannon, un sujeto ligado a grupos supremacistas blancos, ha llamado a los reporteros “miembros del partido de oposición”.

En mi perspectiva, Trump implanta un tema sin transcendencia para imponerlo en la discusión pública, luego denigra la cobertura que genera el asunto. Usa a los medios para saturar la agenda con distracciones generando oportunidades para avanzar su deslegitimación.

El plan parece ser que cuando su gobierno impone políticas públicas draconianas, contrarias a la esencia estadounidense, no haya voces con la fuerza y credibilidad que lo exhiban. Es una estrategia autoritaria que el rey desnudo impone día a día para que nadie se atreva siquiera a considerar que camina sin ropa. Son tiempos muy peligrosos en los que vivimos.

 

Periodista

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