Conflictos militares, migratorios y comerciales han justificado a lo largo de la historia la construcción de muros para aislarse de los vecinos. La antigüedad conoció el muro persa de Gorgan, el británico de Adriano en los confines de la Roma Imperial, y desde el siglo V antes de Cristo, la Gran Muralla que la dinastía Qin levantó en China contra los nómadas de Mongolia y Manchuria.

La tendencia siguió hasta el siglo XX, marcado por la Guerra Fría y sus alambradas; pero la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 marcó una inflexión: la apuesta por la integración internacional y la libre circulación de bienes y personas. Los vallas que quedaban por entonces se consideraban rescoldos de viejos conflictos aún por resolver. La de Guantánamo en Cuba, la de India y Paquistán, la de Marruecos y el Sáhara Occidental, las que rodean Sudáfrica, las de Israel con Siria y Líbano, la que parte en dos Chipre....

Pero desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, cada poco tiempo el anuncio de un nuevo muro desmiente esas promesas de reconciliación. Uno de los primeros ejemplos fue el de las barreras que Israel construyó con Cisjordania (2002) y Gaza (2005), denunciadas por las organizaciones internacionales como “muros del apartheid”.

El estudio de referencia en la materia, de Ron Hassner y Jason Wittenberg (2015), documenta que, de los 51 muros construidos tras la Segunda Guerra Mundial, la mitad se erigieron entre 2000 y 2014. En Medio Oriente han florecido con especial frondosidad. Las guerras en Irak, Afganistán y Siria, junto a los desplazamientos de población asociados, han creado un efecto cascada. Los ejemplos más espectaculares están en Arabia Saudita, que ha levantado mil 200 kilómetros de barreras con Yemen y 500 con Irak.

Hassner y Wittenberg revelan dos tendencias. La primera, que los muros los construyen los países ricos para separarse de los ciudadanos de países más pobres. La segunda es que esos ciudadanos contra los que se levantan barreras suelen ser musulmanes. Una prueba la ofrece la crisis de los refugiados europea, en 2015, cuando Hungría escandalizó a sus socios al tapiar su frontera con Serbia para frenar la llegada de sirios. La decisión fue duramente criticada, pero desde entonces otros la han imitado, como Eslovenia con Croacia. Estos muros son, a su vez, resultado de otros, puesto que Bulgaria y Grecia ya se blindaron contra inmigrantes al aislarse de Turquía en 2014 y 2012; por no hablar de las fronteras con Marruecos que España reforzó a principios de la década en Ceuta y Melilla, colocando cuchillas en lo alto de las vallas.

Fernando Vallespín, catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid, reconoce que la estrategia de los muros puede ser efectiva a corto plazo (así lo demuestra el freno a la llegada de inmigrantes a Europa) pero no soluciona el problema real: “Es una lucha contra un gigante. Hay que aceptar que en el futuro no habrá más sociedades unirraciales. Siempre se encontrarán formas de entrar. Además, esos países que se están blindando tienen problemas estructurales que harán necesarios a los inmigrantes, principalmente por el envejecimiento de la población”.

Para Villespín, tanto los muros de Europa como el que ha encargado Donald Trump entre EU y México son “respuestas al miedo”, pero diferencia los dos casos. “En Europa encontramos Estados muy homogéneos, mientras que EU es un país de emigración”, explica: “En Europa hay miedo a perder la identidad nacional y al terrorismo, pero además la llegada de oleadas de refugiados fue un fenómeno impactante. Incluso un país con los medios de Alemania está necesitando dos años para hacer el filtrado entre los que entraron y averiguar si huían de un conflicto o son emigrantes económicos. Lo de Trump es una revuelta blanca, racial, de inseguridad ante el futuro en un país donde el grupo al que pertenece pierde poder”.

Pero ante distintos problemas, la respuesta parece ser la misma: los muros. Hassner y Wittenberg teorizan sobre ese efecto contagio: cuantos más países apuestan por las vallas y muros, son más los que deciden seguir esa solución, incluso, para demostrar que ellos también poseen los medios técnicos y la fortaleza política para hacerlo. Mientras el mundo resuelve el equilibrio entre sus apetitos de seguridad y de intercambios, por delante quedan muchos muros planeados. En 2018 Ucrania quiere tener uno que la proteja de las armas y los soldados de Rusia; Austria ha amenazado con dinamitar la libre circulación de la Unión Europea al construir una valla que la separe de Italia, y sobre todo de los inmigrantes que llegan desde allí; el polvorín de Irak sigue siendo vallado por sus vecinos; y Brasil planea blindar todo su perímetro con cámaras y drones porque no le basta la protección que le dan sus selvas y sus ríos.

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