Cuando faltan menos de tres semanas para el primer debate televisado del 6 de agosto entre los aspirantes a la nominación presidencial por el Partido Republicano, las voces que cuestionan a Donald Trump como estadista o que se manifiestan abiertamente a favor de expulsarlo de la contienda se multiplican.

Por ahora, Trump está a la cabeza de las preferencias electorales.  Según la encuesta difundida el lunes por The Washington Post, el magnate tiene 24% del apoyo entre la base republicana conservadora y un sector que se considera independiente. Su más cercano contendiente, el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, se encuentra a 11 puntos de distancia y Jeb Bush, el ex gobernador de Florida, sólo consigue el 12%, es decir, la mitad que Trump.

Pese a la ventaja, tras los ataques del magnate contra el senador por Arizona y ex candidato presidencial, John McCain —de quien dijo que sólo se le considera un héroe porque fue prisionero de guerra en Vietnam— el diario Des Moines Register, el más importante del estado de Iowa, consideró que Trump se ha desacreditado él mismo como aspirante presidencial.

“Si (Trump) no había conseguido descalificarse a sí mismo a través de sus intentos por demonizar a los inmigrantes como violadores y traficantes de drogas, ciertamente sí lo hizo al cuestionar el historial de guerra (de McCain)”, consideró el periódico en su editorial para lanzar así un mensaje desde un  estado de la Unión Americana que siempre juega un papel crucial en el inicio de las primarias por la nominación presidencial.

En todo caso, analistas han llamado la atención sobre el hecho de que las críticas y la indignación contra Trump sólo se hayan desatado ahora que insultó a McCain y no antes, cuando insultó a México y a los inmigrantes. “Resulta muy revelador que, para nuestra clase política, sea un acto más transgresor el denigrar el historial de guerra de John McCain, que reclamar al gobierno de México por el envío deliberado de hordas de violadores y otros delincuentes a través de la frontera sur de Estados Unidos”, consideró Eugene Robinson, columnista de The Washington Post.

La súbita popularidad de Trump, que se ha convertido en una “piedra en el zapato” para el Comité Nacional Republicano (NRC), representa la más seria amenaza a la estrategia del Partido Republicano para recuperar el terreno perdido ante la base electoral hispana, los independientes, las mujeres y la comunidad gay. Si no lo consigue, sus esperanzas de recuperar la Casa Blanca se esfumarán.

La polarización que ha generado Trump ha llevado a otros aspirantes presidenciales republicanos, como Lindsey Graham, senador por Carolina del Sur, a culpar a Trump por unos desplantes que sólo están beneficiando a los demócratas. “Los más felices con estas declaraciones y esta estrategia de Donald Trump son Hillary Clinton y Barack Obama. En lugar de estar debatiendo la inconveniencia del acuerdo nuclear formado con Irán, estamos hablando de Trump”,  lamentó Graham quien tachó al magnate de “imbécil”.

Trump, a su vez, dijo que Graham es un “estúpido y estirado” y durante un acto de su campaña  reveló el número celular del senador para que la base republicana le llamara en su nombre.

Las reglas del NRC marcan que sólo pueden participar en los debates televisados  aquellos aspirantes que se encuentren en los primeros 10 lugares de las encuestas. Bajo este criterio, la participación del polémico millonario se considera garantizada y, con ella, la continuación de esta auténtica guerra de  guerrillas que se vive en el seno del Partido Republicano.

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