Análisis: La sociedad perdió el miedo a denunciar

La reacción y el clamor popular, más que un “hasta aquí”, son como la necesidad de catarsis temporal ante la evidencia de una realidad que insulta y humilla (Foto: EFE/Archivo)
28/06/2015
02:33
Héctor Rosada Granados
Ciudad de Guatemala
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Más que revelaciones, la sociedad guatemalteca, especialmente la que ha sido subordinada a un sistema corrupto e impune como el de Guatemala,  se vio de repente estremecida en abril de este año por los efectos de prácticas políticas que realmente no le eran  desconocidas. 

Todos durante años hemos sabido sobre el enriquecimiento ilícito, la coima, el nepotismo, el ascenso en cargos públicos gracias al involucramiento en negocios ilícitos, la existencia de partidos políticos controladores de la corrupción, amparados en la impunidad que genera un sistema de justicia caduco, altamente burocratizado e inútil.  

Esto no es nuevo, pero creo que conocerlo súbitamente, avalado por las credenciales que ostenta las Naciones Unidas con una comisión contra la impunidad que existe en Guatemala desde 2007; darse cuenta de que era cierto y que nada se había actuado al respecto, provocó una reacción masiva que hace mucho tiempo no experimentábamos. 

Considero que la reacción y el clamor popular, más que un “hasta aquí”, son como la necesidad de catarsis temporal ante la evidencia de una realidad que insulta y humilla. Lo sucedido me hace recordar el momento del “nunca más”; de la decisión de hacer justicia por los miles de delitos cometidos durante el genocidio; pero también me evoca el cobarde asesinato de monseñor Juan Gerardi Conedera (en 1998).  De ese momento hace ya 17 años y es poco o nada lo que se ha avanzado en materia de investigación, procesamiento y condena de los autores intelectuales de su muerte. 

Esos que son responsables del crimen y que, protegidos por el prevaricato y  la impunidad, andan libres y preparados para repetir su inhumana actuación en cualquier momento cuando sus intereses lo demanden.

Hastío. Sí es cierto que hay un hartazgo: el grueso de los manifestantes están constituidos por estratos poblacionales que comúnmente han sido, en su mayoría, totalmente ajenos a la vida política pública.

Son jóvenes —mujeres y hombres—, ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes que han dado rienda suelta a su estupor, pero también a su cólera, experimentando por primera vez lo que significa perder el miedo.  

Confieso que yo sí tengo miedo; miedo de la reacción criminal en contra de una enorme masa humana que explota en protesta y que es capaz de plantear y exigir lo que nunca antes el resto de la población había planteado. 

Sin embargo, le tengo miedo a los movimientos espontáneos inorgánicos, sin dirigencia estructural, sin proyecto estratégico, sin una agenda de acción prevista, y sin control del momento.

Le tengo miedo a que se cansen, a que disminuya el esfuerzo, a que se diluyan y, especialmente, a que esos “políticos de siempre” se aprovechen de este momento, para crecer con la misma tendencia en que han crecido antes.  Soy sincero: tengo miedo de que vuelvan a hacerle daño a este mi país. 

Presidente del (no estatal) Centro de Estudios Estratégicos y de Seguridad para Centroamérica, con sede en Guatemala

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