Oposición, bajo fuego en el Egipto de Al-sisi

El gobierno justifica las medidas contra sus adversarios por la "guerra contra el terror", que involucra a los seguidores de los Hermanos Musulmanes
Fuerzas de seguridad egipcias al detener a un seguidor del ex presidente Mohamed Mursi, en agosto de 2013. Al menos 2 mil 600 personas murieron a causa de la violencia política y los atentados desde el derrocamiento de Mursi. (Foto: HUSSEIN TALLAL. AP)
01/06/2015
03:00
DPA
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Cuando el artista de street art Ammar Abo Bakr se decide a llenar de color uno de los grises muros de El Cairo, suele ser por la tarde, especialmente los viernes, cuando apenas hay tráfico en la bulliciosa capital egipcia. A sus 35 años, acompañó con su arte la revolución de 2011 y sigue haciéndolo.

Sus agudas obras se inspiran en el antiguo imaginario egipcio y adornan muchas de las calles que rodean la emblemática plaza Tahrir, centro de la rebelión que llevó a la caída de Hosni Mubarak. Pero desde entonces, pareciera que la revolución se ha esfumado: hoy gobierna como presidente el ex jefe del Ejército Abdel Fattah Al-sisi y decenas de miles de opositores se encuentran en prisión.

Sin embargo, el mandatario será recibido el miércoles en Berlín por la canciller alemana, Angela Merkel, con los honores de un jefe de Estado. En el Egipto de Al-sisi, las manifestaciones están prohibidas de facto, aunque, según Abo Bakr, pintar en los muros aún se tolera.

La última vez, cuenta, pintó un muro frente al Instituto Goethe, decorándolo con símbolos de aves y figuras tradicionales egipcias. A veces, la policía lo detiene, pero luego lo vuelve a dejar en libertad.

Abo Bakr ha pintado muchos retratos de jóvenes revolucionarios que en 2011 murieron a manos de las fuerzas de seguridad en la plaza Tahrir o en las protestas posteriores. En Berlín inmortalizó recientemente a la activista y poeta Shaima al Sabagh en un proyecto de arte urbano. La joven murió tras ser tiroteada el 24 de enero por un policía cuando depositaba flores en la plaza Tahrir en recuerdo de los fallecidos durante la revolución.

Sabagh era socialdemócrata, no islamista, pero el régimen de Al-sisi ejerce su represión contra opositores de todos los colores.

Desde que Mohamed Mursi fue destituido al menos 2 mil 600 personas murieron a causa de la violencia política y los atentados en Egipto, según los últimos datos del Consejo Nacional egipcio de Derechos Humanos (CNDH) difundidos ayer.

El organismo gubernamental precisa en su informe que entre los fallecidos hay mil 800 civiles, de ellos mil 250 miembros y seguidores de los Hermanos Musulmanes, y 700 oficiales y agentes de la Policía y de las Fuerzas Armadas.

La represión del régimen se justifica con la “guerra contra el terror”. El terrorismo existe, sobre todo en la península del Sinaí.

Tras el derrocamiento de Mursi, el gobierno de Al-sisi declaró a los Hermanos Musulmanes como organización terrorista. Según diplomáticos occidentales, no existe una relación sustancial entre la clandestinidad terrorista y el grupo.

Pero para las fuerzas de seguridad, que la organización sea tildada de terrorista supone en la práctica vía libre para arremeter arbitrariamente a presuntos islamistas.

El 19 de mayo, agentes vestidos de civiles detuvieron al estudiante Islam Salah Eldin Atitu en la sala de exámenes de la Universidad Ain Shams de El Cairo. Atitu simpatizaba con los Hermanos Musulmanes. Al día siguiente, su cadáver fue hallado en una carretera a las afueras de la capital. Según familiares, presentaba fracturas en las costillas y heridas craneales.

El Ministerio del Interior declaró en cambio que Atitu, sospechoso de asesinar a un alto mando policial, fue descubierto en su escondite y, como opuso resistencia, fue ejecutado.

Y sin embargo, el presidente Al-sisi goza de enorme popularidad. Su nivel de aceptación en las encuestas se sitúa en un 89%, según el instituto Basira. Aunque en las respuestas de los sondeos pueden haber influido el miedo o la precaución, actualmente una mayoría de egipcios respalda a su presidente. El trato que éste les ofrece parece sencillo: él se ocupa de asegurar la calma y el orden a cambio de que los ciudadanos renuncien a gran parte de sus libertades políticas.

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