Ciudad del Vaticano

Aunque dentro y fuera de los muros vaticanos se minimice el “sí” a los matrimonios entre personas del mismo sexo decidido el viernes pasado por el electorado de la catolicísima Irlanda, las repercusiones que tendrá este hecho en la Iglesia católica se dan por descontadas vista la proximidad del sínodo ordinario, que tendrá lugar en octubre y en el cual los obispos de todo el mundo aprobarán o rechazarán, de manera definitiva, las aperturas a gays y divorciados vueltos a casar propuestas por Francisco en la asamblea sinodal del 2014.

Los temas del sínodo no son el único motivo por el que la Iglesia tendrá que reflexionar, sin prejuicios, sobre este fenómeno. Con Irlanda son ya 22 los países que han reconocido los matrimonios gay (Holanda, Bélgica, España, Suecia, Portugal, Francia, Reino Unido, Canadá, Argentina, Brasil y Uruguay son algunos de ellos). Se trata de naciones que por región o cultura pertenecen a Occidente, la parte del planeta donde la Iglesia católica ejerce su mayor influencia.

Retomando este hecho y vinculándolo con lo sucedido en su país, Diarmuid Martin, arzobispo de Dublín, subrayó que “lo ocurrido no es sólo una consecuencia de las campañas por el sí o el no; lo que certificó este voto es un fenómeno mucho más profundo, una revolución cultural”, razón por la cual “la Iglesia deberá hacer cuentas con la realidad actual”.

El arzobispo también se preguntó “¿cuántos de los jóvenes que votaron ‘sí’ salieron de una escuela católica? ¿Qué cosa significa esto para la Iglesia católica? Significa que tiene frente a sí un gran desafío que debe superar, si quiere que la gente siga escuchando su mensaje”.

En este sentido, no fue extraño que el lunes pasado la Universidad Gregoriana de Roma organizara un encuentro llamado “Matrimonio y divorcio. Sexualidad como expresión del amor”, en el que también se abordaron las consecuencias del voto irlandés y la manera en que debe ahora comportarse la Iglesia.

“¿Qué podemos decir a una juventud que no sigue ya las orientaciones religiosas? ¿Cómo debemos presentar la práctica del eros? Nos encontramos frente a un problema ante el que o hacemos las cuentas o la gente terminará por alejarse de la Iglesia”, dijo en su intervención uno de los participantes.

Reinhard Marx, arzobispo de Munich y jefe de los obispos alemanes; Georges Pontier, arzobispo de Marsella y presidente del episcopado francés; teólogos y profesores, como Marco Impagliazzo, presidente de la Comunidad de Sant’Egidio, fueron algunas de las personalidades presentes en el evento.

Al inicio del debate se explicó que Irlanda no era el tema específico del encuentro, pero sí “una materia cultural”, ya que si “entre dos personas del mismo sexo existe una relación fuerte, que lleva a un reconocimiento, esto debería también reconocerlo la Iglesia, pero no como un matrimonio”.

Durante la intervención de un sacerdote y docente suizo se escucharon palabras y frases poco comunes en encuentros religiosos como caricias, besos y “el coito que acompaña las luces y las sombras inconscientes de las pulsiones y el deseo”, a las cuales siguieron, otras no menos audaces. “El estímulo sexual es la base de una relación duradera”, dijo otro sacerdote y docente para después añadir que la ausencia de la sexualidad puede “equipararse al hambre o a la sed”.

El problema de los divorciados vueltos a casar fue, sin embargo, el tema más abordado. “Con el alargarse de la vida, la frontera de la fidelidad también se ha movido”, comentó un docente, agregando que “la doctrina de la Iglesia no puede permanecer inmóvil ante este gran cambio”, porque “después de un fracaso es posible comenzar una nueva vida con otra persona”.

La Iglesia alemana aprueba lo anterior y por ello se mueve en favor de dar no sólo la comunión a los divorciados vueltos a casar, sino del reconocimiento de las uniones gay, cosa esta última en la que el episcopado suizo no coincide, sosteniendo que no se pueden equiparar las uniones entre personas del mismo sexo con el matrimonio tradicional.

Dado lo sucedido en Irlanda y en otros países, el problema que plantean para la Iglesia los homosexuales —y los divorciados— parece haberse convertido en el gran desafío del sínodo de octubre de este año, donde estos católicos podrán constatar si finalmente dejarán o no de ser fieles de segunda clase.

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