Beatificación de Romero, un camino nada fácil

Las insidias que envolvieron esta causa iniciaron con el nombramiento del arzobispo salvadoreño como "mártir", se asegura
Un hombre pasa con una caja con pan frente a un mural en Panchimalco, El Salvador, que recuerda al asesinado arzobispo Óscar Arnulfo Romero (SALVADOR MELÉNDEZ / AP)
22/05/2015
05:36
Jorge Gutiérrez
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Ciudad del Vaticano

A 35 años de su asesinato en San Salvador, perpetrado el 24 de marzo de 1980 por los escuadrones de la muerte, “por hombres que despreciaban lo sagrado”, como afirma monseñor Vincenzo Paglia, postulador de su causa iniciada en 1996, este sábado, en su país natal, será finalmente beatificado y declarado oficialmente mártir el arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero.

Alcanzar este objetivo no fue sin embargo cosa fácil visto que las insidias que envolvieron esta causa comenzaron con “el nombramiento de Romero como mártir y continuaron durante la causa de beatificación, la cual estuvo marcada por la oposición al pensamiento y al martirio del arzobispo que expresaron la curias romana, latinoamericana y salvadoreña”, dijo monseñor Paglia a EL UNIVERSAL.

Aún más claro fue el postulador cuando precisó que “Romero tuvo enfrentamientos con el nuncio, con el Vaticano y con los poderes locales, los cuales lo definían como un comunista, sólo porque había decidido ensuciarse las manos dedicándose al aspecto social del dogma”.

Detrás de la reticencia y el largo silencio del Vaticano estaba la postura asumida por el originalmente conservador arzobispo Romero quien, luego del descubrir la complicidad entre el ejército de su país y los escuadrones de la muerte, una perversa e ilegal relación que bañaba de sangre inocente El Salvador, cambió radicalmente su posición.

Esta “conversión”, que según el teólogo jesuita Jon Sobrino tuvo lugar el 12 de marzo de 1977, haría ganar a Romero muchos amigos, pero también muchos enemigos en la derecha política y eclesiástica, conducida en aquella época por el representante del Papa en El Salvador y apoyada por los sacerdotes de ese país.

Tan es así que en una visita apostólica —una inspección oficial canónicamente hablando—, monseñor Antonio Quarracino, quien fuera arzobispo de Buenos Aires y predecesor de Jorge Mario Bergoglio, presentó no sólo una opinión muy negativa sobre Romero, sino que propuso que el arzobispo salvadoreño fuera “auxiliado” por un administrador apostólico —sede plena—, quien en realidad le quitaría todo poder en su jurisdicción.

Contrariamente a lo que pensó la Santa Sede, Romero confirmó su fuerte conciencia social con la cuarta carta pastoral, número 117, en la que en alguna forma legitimó las respuestas “concretas” que ya daban los salvadoreños al ejército y escuadrones de la muerte: “Ante una situación tan inicua muy a menudo los ciudadanos se ven obligados a autodefenderse hasta en forma violenta”, escribió en aquella carta pastoral.

En este mismo contexto político social se inscriben las declaraciones que hizo el arzobispo al Diario de Caracas, cinco días antes de su muerte, criticando a la derecha de su país, porque esta corriente “significa netamente injusticia social y por ello no es justo mantener una línea de derecha”. “El Partido Demócrata Cristiano”, agregó, “se está convirtiendo en cómplice de la opresión del pueblo”.

Todo lo anterior se tradujo en constantes amenazas de muerte de las que “Romero, como cualquier ser humano, tenía miedo. Me lo dijo en una ocasión, pero nunca quiso dejar su ministerio”, comentó a este diario el sacerdote y teólogo Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación (TDL).

En el libro Por qué Dios prefiere a los pobres, el mismo teólogo cuenta: “Cuando una vez dije a Romero que debía cuidarse, él me contestó: Gustavo, para cuidarme tendría que irme del país. Sé que me matarán, pero resucitaré en el pueblo salvadoreño”, como parece haber sucedido.

La hostilidad y silencio con el que por decenios el Vaticano trató al arzobispo Romero cambió con la elección de Francisco, quien no sólo desbloqueó su proceso de beatificación, sino que, al hacerlo, inició el reconocimiento de los mártires por el pueblo.

“Con esta beatificación, el Papa ha hecho que la proclamación, el reconocimiento de mártires por la fe, se haya extendido a los tantos otros mártires por el pueblo, sacerdotes y laicos que han muerto por la justicia y los derechos humanos de su gente”, comentó al respecto el fundador de la TDL. Aun cuando poco hizo por su beatificación, en mayo del 2000, al recordar ante el Coliseo a los mártires cristianos del siglo XX, Juan Pablo II pidió al Señor por el alma “del inolvidable arzobispo Óscar Romero, asesinado en el altar durante la celebración del sacrificio eucarístico”.

Años antes, en 1987, criticando el comportamiento del Papa polaco y de la jerarquía eclesiástica, el religioso David Turoldo escribió: “El silencio en el que está inmersa su tumba ha vuelto a asesinar al hermano obispo Óscar Arnulfo Romero”.

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