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Cosas de heteros

Los heteros tienen sin embargo una afición que cuesta trabajo no compartir: las alitas de pollo.
Foto: ALONSO RUVALCABA / Los heteros tienen sin embargo una afición que cuesta trabajo no compartir: las alitas de pollo.
03/08/2017
13:12
Alonso Ruvalcaba
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 Son horribles. Usan gel y tienen despedidas de solteros; se toman fotos con edecanes y destapan las cervezas con un encendedor; se pelean en la calle y se preguntan por qué hay un día de la mujer y no del hombre; golpean las paredes cuando se enojan y ven AXN; cuentan chistes sobre suegras y sobre esposas. Mantienen relaciones sentimentales con personas del sexo opuesto. Les digo que son horribles. Los heteros tienen sin embargo una afición que cuesta trabajo no compartir: las alitas de pollo.
(Entre paréntesis: sigan a @CosasHetero en twitter. Les dolerá su puntería y pronto serán despojados de los últimos rastros de su vida anterior. En serio.)

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Hay dos grandes grupos de alitas: picantes y no picantes –o dulces, como también les dicen–; y dos grandes grupos transversales a los anteriores: con hueso y sin hueso –o boneless, como también les dicen, y que me parecen un atentado contra la naturaleza, como la mismísima heterosexualidad–. Fui la primera vez a un WingStop en enero de este año. Había uno en la esquina del hospital donde mi padre agonizó durante varias semanas. A la salida de las guardias, a veces, pasaba por unas alas. El restaurante olía a una mezcla de melaza, piel de pollo, grasa y humanidad. (Hoy puedo decir que a eso huelen todos los WingStop.) Las cosas sucedían con una pasmosa lentitud; una orden de diez alitas parecía durar una hora o dos, como un menú degustación. Ninguna versión de sus salsas –original hot, habanero con mango, cajún, otras que probé en esos días– era más interesante que ver los coches detenerse en el semáforo de Calzada las Bombas y División del Norte. Todo estaba como envuelto en una película de plástico, empezando por mí. Luego, una tarde distinta al resto de las tardes, pedí las alitas lemon pepper.
Ahora sé que en Atlanta, Georgia, existe el culto de las lemon pepper. He leído: “El pináculo del sabor”; “las alitas sin fronteras”; “el símbolo de Atlanta desde el principio de los tiempos”; “Atlanta es la ciudad de las alas y lemon pepper es el rey”. Son lo que para nosotros son los tacos al pastor (también sin fronteras; también el pináculo del sabor). ¿Cómo son estas alitas? Son secas, no rebozadas, apenas cubiertas por harina frita; son un jardín de dos senderos que se bifurcan: uno viene del lado cítrico-polvo de limón, el otro del lado especiado-pimienta en polvo; son frescas como un respiro de eucalipto, pero también ligeramente punzantes, lo que hace que ese respiro se convierta en un estornudo: un hacia adentro que súbitamente se torna un hacia fuera instantáneo. Luego pega el sabor o aroma pollo frito: incandescente, sin receso. En la boca es resistencia, picor, acidez, grasa, un trasfondo de dulzura.
WingStop debe ser el restaurante más hetero del DF pero, mientras no nos mudemos a Atlanta o Atlanta se venga a vivir a la ciudad, es el que hay para las lemon pepper. Algo es algo.
WingStop. Hay por todos lados.
recios. La última vez que estuve en uno éramos dos. Pedimos 10 lemon pepper, zanahorias y rábanos, aderezos: ranch y blue cheese, dos vodkas, dos aguas minerales. Pagamos 374, ya con el 15 de propina.  

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