Pláticas con Corea del Norte, un ataque en Siria, tuits contra su procurador general, una investigación que no para sobre sus posibles nexos con Rusia, una cumbre con Putin que sí ocurrió, otra que no ocurrió, la guerra comercial con China, la tregua, la renegociación del TLCAN, la pérdida de la cámara baja, la confirmación de Kavanaugh, la salida del acuerdo nuclear con Irán y la disposición a estrangular su economía, la negación de los hallazgos de la CIA sobre la responsabilidad del príncipe saudí Bin Salman en el asesinato del periodista Khashoggi a pesar de que ello le conduce a chocar con senadores de su propio partido, conflictos con medios, con jueces, con sociedad civil, pleitos con países aliados, ¿por dónde se empieza? Un presidente como Trump busca, y consigue marcar la agenda todos los días, atrae la cobertura, cambia la conversación, se proyecta como impredecible, y frecuentemente lo cumple. Por tanto, con tantas noticias y factores girando como torbellinos cotidianos, produciendo choques al interior y al exterior de EU, es imposible en unas cuantas líneas siquiera sintetizar, mucho menos analizar cada uno de los temas relativos a su gestión. Busco acaso, con estas notas, consignar algunos de los aspectos que marcaron a Trump en este año que termina.

Para Trump, lo más importante es presentarse como un presidente que cumple con una base que le eligió y que le sostiene, así como con una gran cantidad de personas que no piensan idéntico a él, pero que coinciden con varios aspectos de su visión, si bien no necesariamente con sus modos. En el corazón de esta perspectiva se encuentra el “America First”, y el “Make America Great Again”: Estados Unidos, gracias a Trump, “sale” del “caos”, del “desorden” y de la “carnicería” en que sus mandatarios previos le convirtieron, y, a través de poner sus intereses antes que los de los demás, finalmente “recupera su grandeza”. Si las acciones que se toman producen conflicto, pero van dirigidas hacia esas metas, entonces bienvenido el conflicto, con quien sea y cuando sea. En cambio, cualquier decisión que no persiga primero los intereses estadounidenses o que no arroje ganancias claras y palpables a la superpotencia, debe ser cuestionada, así sea el apoyo a algún aliado, o bien, algún acuerdo comercial, climático o nuclear, con el que su país se encuentra comprometido desde hace años.

Entonces, atacar al presidente sirio Bashar el Assad, tiene sentido, pero solamente porque demuestra que Trump es diferente a Obama en tanto que él sí cumple con sus amenazas, un mensaje crucial enviado para que otros actores lo lean con claridad (adentro y afuera de EU), y que le otorga una posición de fuerza cuando tiene que negociar, exigir o imponer situaciones. Pero al mismo tiempo, para este presidente es indispensable no involucrarse en conflictos que él y su base perciben como lejanos, ajenos, y de los que Washington no obtiene nada concreto. Así como en su visión EU nunca debió invadir Irak o atacar Libia, en estos momentos Washington debería sacar a sus 2000 tropas de Siria, y en cambio, “enviarlas a su frontera sur”, en donde sí hay riesgos “reales”. Todo lo que llega de esas fronteras porosas, “desprotegidas” y “descuidadas” por sus antecesores, es “crimen”, “terroristas” y “pone en riesgo” la estabilidad de su país. Esto explica el despliegue de militares en la frontera con México o su terquedad en “combatir” a las caravanas migrantes, al grado de cerrar los cruces cada vez que haga falta, mientras que. paralelamente, cede espacio en temas que él percibe como lejanos y no prioritarios, precisamente como Siria. Así, en 2018 se pasa de un entorno de conflicto a uno de negociación con Corea del Norte. A pesar de las dificultades que este asunto particular arroja, las conversaciones con Pyongyang permiten a Trump ostentar los “beneficios” de proyectarse como un presidente que amenaza y cumple, y que, con esas tácticas, “obliga” a los más complicados adversarios o enemigos a negociar bajo sus términos.

Del mismo modo, exigir que los miembros de la OTAN honren sus compromisos de gasto militar, o los amagues políticos o comerciales contra grandes aliados como los países europeos o la propia Canadá, son acciones que cobran sentido desde un discurso que pretende presumir a un presidente que finalmente está dispuesto a poner los intereses de la superpotencia por encima de los de los demás, sin importar cuan “amigos” sean los otros.

Quizás los casos particulares de las conflictivas con Moscú y Beijing, deben ser entendidos como temas que van más allá de Trump. De hecho, probablemente si por él fuera, su relación con Putin sería bastante más tersa. Sin embargo, los diagnósticos más recientes en materia de seguridad nacional, indican que Estados Unidos necesitaba urgentemente reorientar su foco desde la anterior prioridad en el combate al terrorismo, hacia atender lo que hoy es entendido como las mayores amenazas existentes: Rusia y China. Por tanto, Trump se ha visto muy presionado por los halcones en Washington para endurecer su trato hacia el Kremlin, lo que se puede ver a través del paso de una cumbre en Helsinki en julio—en la que Trump se percibió como débil y demasiado condescendiente con Putin—hacia una postura más dura mostrada con la cancelación de la más reciente cumbre bilateral en el marco del G-20, o bien, en otras cuestiones como la posible anulación del tratado de misiles intermedios. La guerra comercial con China podría mirarse también desde esa óptica; el combate a las capacidades económicas del mayor de los rivales. Salvo que, para Trump, el tema tiene mucho más que ver con manifestarse como un presidente que cuida a los productores estadounidenses dado que está luchando contra un país que emplea “tácticas comerciales injustas”.

Desde un ángulo relacionado, los tratados que “no funcionan” son abandonados o renegociados. El acuerdo nuclear con Irán es, para Trump, un ejemplo de un pacto “muy mal negociado” por Obama. Trump pone a Irán y a las otras potencias firmantes contra la pared. Lanza un ultimátum. Abandona el acuerdo. Reactiva las sanciones económicas, y una vez más cumple con su amenaza. Lo que pasa es que para que su política contra Irán funcione, Trump necesita de la colaboración con Arabia Saudita (el mayor rival regional de Irán), además de que ese país representa un importante comprador de armas, lo que genera “miles de empleos”, y otras ganancias muy concretas. Por consiguiente, la prioridad es sostener la alianza con Riad. Así, se deja en segundo plano otros asuntos como la posibilidad de condenar o tomar represalias por el asesinato de un periodista en un consulado saudí, la libertad de expresión o los derechos humanos.

El TLCAN vive un camino no demasiado diferente al acuerdo nuclear con Irán, pero en ese caso, las contrapartes sí estuvieron dispuestas a negociar e incluso a aceptar términos que quizás bajo otras circunstancias no se hubiesen aceptado. La cuestión es que ahora, el nuevo pacto comercial, el T-MEC, tiene que ser procesado al interior con un Congreso de mayoría demócrata. Y claro, haciendo gala de su estilo, Trump amenaza con cancelar el tratado aún vigente, el TLCAN, colocando al Congreso un ultimátum de seis meses para aprobar el nuevo acuerdo.

Esto nos lleva a reflexionar en torno a lo que ocurrió con las elecciones intermedias. A pesar de sus distintas victorias a nivel local, en la única elección nacional, la de la cámara baja, el partido republicano perdió, y no por poco. De acuerdo con encuestas de salida, 86% de quienes votaron republicano dijeron que lo hacían para apoyar a Trump, mientras que 85% de quienes votaron demócrata dijeron que lo hicieron para oponerse al presidente. Obviamente, Trump no estaba en la boleta. Pero sí estaba en la mente de los votantes, como lo indican esas encuestas y, por tanto, su gestión no pasa la prueba. Esto, pese a temas como el avance de su reforma fiscal o la fase de crecimiento económico y reducción de desempleo que vive el país. Como resultado, ahora Trump tendrá que gobernar con una cámara baja de oposición, lo que le complica situaciones como las investigaciones especiales que tienen lugar sobre su persona—el tema de sus posibles conexiones con Rusia es una de ellas, pero hay más—o bien, otros asuntos como la rendición de cuentas que el Congreso estará demandando a cambio de presupuesto.

En suma, estamos apenas a la mitad de una gestión que pretende reorientar la política interna y externa de Estados Unidos a partir de medidas nacionalistas, proteccionistas, y de priorizar la visión transaccional de las relaciones económicas y políticas de la superpotencia, medidas y acciones enfocadas a generar ganancias palpables y, sobre todo, a proteger lo que es percibido por Trump y su base, como las mayores amenazas a la seguridad. Estas visiones, naturalmente, han producido y seguirán produciendo gran cantidad de conflictos, tanto dentro como fuera de EU. Pero como dice Trump, esas no son situaciones que le incomoden, por el contrario. El conflicto es el ambiente en el que mejor se mueve este presidente.

Twitter: @maurimm

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