Vivimos en una época donde reina la saturación de datos. El simple reconocimiento de que hay información que se genera automáticamente que nadie pidió, nadie interpretará y nadie se tomará la molestia de borrar me pone un poco incómodo. Y si tenemos más datos que en el pasado, lógicamente, es porque hay muchos más emisores de los mismos y porque nunca ha sido más fácil ni más barato registrarlos o incluso compartirlos.

De ahí, imagino, la complejidad de ponerle nombre a esta generación. Porque es muy fácil tener una opinión y pegarla en algún lugar. Confieso que cuando yo llegué ya había un consenso casi total por el apelativo de Generación X y no había foros –ni blogs, en ese entonces- que discutieran los años en los que se ponían las banderolas de inicio y fin de tal camada. La Generación Millennial, sus embajadores, detractores y estudiosos, desdeñan o abrazan su otro nombre: Generación Y. Acaso sea porque obedece simplemente a la sucesión de la anterior y a los Millennials nada les (nos) viene mejor que la originalidad, #butofcourse.

Poniendo a un lado la etiqueta y la edad, hay menos diferencias en caracterizar al colectivo. Nativos digitales, y a mí me suena por alguna razón a una tribu híper tecnológica que vive en la copa de los árboles. Se trata de la primera generación que no necesita esperar más de un minuto para comenzar a ver una película o escuchar una canción. Nunca se tuvo tan a la mano comprar una novela clásica, hacer una búsqueda hemerográfica o leer la columna de opinión de casi todos los periódicos del mundo. Cierto es que, en vez de enterarse cómo el regreso de Ulises a Ítaca es más complejo que un transbordo de metro, prefieren (preferimos. Haga este ejercicio de agregar la primera persona del plural en lo sucesivo, querido lector) admirar colecciones interminables de gatos haciéndola de Dj en gifs esquizofrénicos.

Dueños de su tiempo, aunque no posean nada más. La generación se caracteriza por desdeñar los ideales de las antecesoras para decidir las pocas jugadas que el tablero de ajedrez de la posmodernidad le tiene permitido. En un mundo más que descubierto, cuya constante no es sólo el cambio sino su velocidad y la competencia global encarnizada, el millennial se toma su tiempo. ¿Para qué? Para saber que tiene, de perdida, al dios Cronos al alcance de su red WiFi. De ahí que esos sueños de gerencia, casa, coche y perro se marchiten frente a las metas inmediatas que inundan los espacios de coworking. ¿Ahorrar para el futuro? ¿Cuál futuro? le preguntan a sus teléfonos?

Nada de lo escrito hasta ahora es una crítica o apología de valores anteriores. En absoluto compro el argumento de que todo tiempo pasado fue mejor. Fue, y quizá la certeza le adorne un poco pero creo que, paradójicamente, esta generación que busca ser diferente no es más ni menos capaz que las anteriores. Porque, como en las que la antecedieron, las virtudes tienen orillas puntiagudas. El mercado, que todo lo atiende y exagera, sirve a la generación Millennial lo que pide: originalidad. Tenemos en casa, al menos, dos dispositivos para ver una cantidad sofocante de películas y series. Nos alivia saberlo e incluso hacemos gala de tener más de un servicio de streaming. Pero acabamos viendo lo mismo que los demás, esperando la siguiente temporada y, ante la soledad del internet, preguntamos al mar abierto ¿qué recomiendan para ver?

Las compañías se baten en una carrera tecnológica que tiene un único fin: ofrecer el aparato más deseable, no necesariamente el más útil o innovador. Entonces se le agregan al nombre de un teléfono X, Y, Z, números y adjetivos. Hay tantas marcas que uno pudiera imaginarse un vocablo y probablemente se parezca al de alguna de esas firmas. Los hay grandes y medianos, con cámaras por todos lados, de colores, de vidrio, de metal, mayor o menormente inalámbricos. El paraíso de un millennial: diferenciarse del resto comprando el mismo teléfono que todos cotizan en línea.

Claro que esto le puede sonar a una caricatura del tema. Recuerde, pese a ello, que toda generalización lo es en algún sentido. Los hay (úseme de ejemplo) preocupados por pagar la hipoteca o un seguro médico. Como todo bajo una campana de distribución normal, habrá gradualidades de millennialización. Pero entrados en este ejercicio, y en virtud de que otra característica generacional es que cualquiera tiene un recuadro con caracteres suficientes para opinar de cualquier cantidad de temas, me doy licencia de preguntar si, en México, hay algo como el voto Millennial.

Y quiero pensar que sí. Ayudado por las encuestas. ¿Cuáles? Las que mejor me ayudan a recargar mi argumento. La Estadística es tan noble que basta regular ciertos parámetros para que uno pueda clamar decir verdades con rigor científico con una gráfica como si fuese un cromo religioso. Esta generación, sorprende a quienes la descubren, no asume con la fuerza de antes dentro de sus alternativas al voto nulo o al abstencionismo. Porque sería renunciar a esa necesidad casi criada en videojuegos de apretar un botón para cambiar el entorno. A diferencia de antes, donde uno heredaba la profesión, el equipo de futbol y la preferencia partidista del padre y el abuelo, esta generación se desmarca. Porque puede someter a la prueba de ácido de buscar en Google cualquier dato con los que un candidato acuse a otro, práctica preponderante de campañas. Seguro alguien ya lo preguntó en algún foro. Porque tiene a la mano tantos opinólogos que, al encontrar al adecuado, uno puede reafirmar tal cual lo que piensa leyendo sus notas (no se vaya, hay más notas de donde vino ésta).

Fragmentemos la pregunta, pues. Hablemos de los tres candidatos más populares para no ser extensos hasta el hartazgo. Y sépase, también, que no se trata de estudiar propuestas, sino personajes en mayor o menor medida atractivos para la generación citada. ¿Se podrá ganar los likes del respetable Ricardo Anaya? Difícilmente apantalla al millennial promedio que un candidato hable inglés y francés. Salvo excepciones notables, como Kumamoto, los jóvenes asumen que los candidatos no pertenecen a su generación ni tienen por qué, pero subirse a un andamio a la rockstar o tocar el ukulele al ritmo del Movimiento Naranja no acaban de cuajar la imagen de un Anaya que se quiere sentir chavo.

José Antonio Meade opta por los spots donde hay jóvenes y se habla en la jerga de la generación. Su discurso apela a quienes votan por vez primera, los millennials más chicos. No parece mala idea, hasta que se busca que se retuerce el personaje, argumento y situación de un spot hasta puntos inverosímiles. “A mí me raya votar por Meade”. Claro que a cualquier joven le puede parecer buena idea votar por él, pero parece que, en vez de adoptar a un millennial para hacer de consultor y mejorar la credibilidad de un anuncio, se asume que usando dos o tres palabras estamos del otro lado. Y no.

Andrés Manuel va por otro camino. Siendo el más veterano de las campañas, es naturalmente quien más tiempo tiene haciendo sus videos con el conocido inicio “amigos del feis” (no face, que suena más a mafia del poder). Y aunque no trata directamente de hacerse entrañable frente a la generación millennial, es fuente de inspiración para una cantidad de memes, tuits y publicaciones sarcásticas envidiable. “Esos memes no los tiene ni Obama”, se lee en las redes y pasa inadvertido que llegamos con él hasta al meta-meme. O a un meme dentro de otro, a la matrioshka, para seguir abonando al género cómico especializado de “los rusos y AMLO”.

Resumiendo. Si bien el millennial promedio no es un hub de virtudes todas ellas afiladas, tampoco es un joven apático y absolutamente ingenuo. ¿Nos van a convertir en Venezuela? Ya no se duerme con cuentos de hadas a un millennial que, de perdida, ubica con Google Maps dónde queda Caracas, y se descargó –pregúntele otro día si los leyó- todos los documentos técnicos y no técnicos que critican o aplauden la construcción del nuevo aeropuerto. Nunca antes estuvo tan de moda en este rango de edad hablar del agarrón de coordinadores de campaña en tres noticieros distintos.

Acaso la existencia del voto millennial se pone más en duda por quienes aún no entienden a la generación. Claro que bien puede decir usted que son sólo una parte del electorado. Pero puede ser la que le guarde más fidelidad a la marca de sus pantalones que a un partido político. Lo cierto es que obliga a los contendientes a replantearse el acercamiento que posibilite la persuasión. ¿Cómo convencer a quien no busca un crédito hipotecario ni la regularización de un terreno? ¿Qué significa un futuro de más oportunidades para quienes tratan de construirse caminos donde no hay, desde la tierra fértil del start up? Hay atisbos interesantes de la conquista de la generación millennial en el ámbito político. Y también hay estrategias que parece que sólo han estado preguntando a su teléfono qué se le ocurre. Ya se encargará el tiempo de acomodar toda esta big data en su debido sitio.

Telegrama: Ningún gif de gatos Dj o cualesquiera otras profesiones fueron comprometidos o puestos en riesgo para la realización de esta nota. #Catoftheday

Escritor e investigador del CIDE. @elpepesanchez

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