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Rafael Larraenza Hernández es originario de la Ciudad de México, pero radica en San Diego, California. En 20 años ha rescatado a cientos de migrantes en la frontera de Estados Unidos con México, a través de un grupo de voluntarios binacional llamado Ángeles del Desierto.

La idea de crear esta organización se le ocurrió en 1997 después de que vio un anuncio en la televisión que informaba sobre personas desaparecidas en el desierto de California, por lo que decidió ayudar y emprendió recorridos en algunas zonas de la frontera, principalmente en San Diego.

Así, Rafael y otro voluntario caminaron por el desierto cuando localizaron a una señora y su nieta. Ellas refirieron que unos “ángeles del desierto” las salvaron. Actualmente casi 80 voluntarios auxilian a los migrantes.

Entre ellos solventan los gastos; en ocasiones reciben donativos. Al paso de los años levantaron un campamento en San Diego, donde aproximadamente reciben tres llamadas de auxilio al día. Rafael también trabaja en un taller mecánico.

En 1986, el activista migró como indocumentado a San Diego, California. Al poco tiempo logró un permiso de trabajo y arregló su situación.

Actualmente teme por ser candidato a la deportación porque cuenta con un registro de detención. Hace cinco años, fue aprehendido durante 15 horas por un malentendido en la frontera. Por ese registro podría ser deportado.

“Para Trump, yo soy un delincuente y temo que en cualquier momento sea deportado”, comenta. Estima que aumentará el paso de migrantes por la frontera. Asegura que los Ángeles del Desierto estarán al pendiente para ayudar a toda la gente que lo necesite.

Cada vida es un caso especial. “Tenemos que ir hasta donde se encuentran, lugares donde nuestra gente [los migrantes] sufre y muere”, detalla.

Una de sus actividades es adentrarse a los desiertos para dejar recipientes con agua. También llevan elementos de primeros auxilios.

Otra labor es la localización de cadáveres, Rafael señala: “Los encontramos con biblias, fotografías de su familia, o sus teléfono sin batería”.

A lo largo de los años, Rafael tiene innumerables historias que le han dejado un recuerdo de sufrimiento e impotencia. Una de ellas es el rescate del cuerpo de Édgar, un joven de 15 años. Tenía más de siete días perdido en los lagos de McAllen, Texas. Rafael se dirigió al sitio con 50 dólares.

Además de las carencias económicas, enfrentan dificultades como distancias, terrenos de difícil acceso, climas extremos, autoridades y grupos delincuenciales: “En ocasiones, sabemos que estamos violando las reglas por ayudar”, apunta Rafael.

Agradecimiento. Una noche recibió la llamada de una mujer de Mazatlán, Sinaloa, quien le pidió ayuda para localizar a su hermana; las autoridades le habían negado el apoyo.

No dudó en respaldarla y se dirigió acompañado de dos voluntarios. En el lugar fueron interceptados por un grupo de hombres quienes los golpearon.

Rafael perdió la vista del ojo derecho por más de un año, hasta que recibió una donación para operarse. En la Ciudad de México fue atendido por la doctora Esmeralda Guerrero, quien solventa el tratamiento.

Guerrero dice que donó el tratamiento a Rafael en agradecimiento por localizar a sus hermanos, quienes fueron secuestrados y asesinados en 2009.

En marzo, el activista fue galardonado con la Presea de los Derechos Humanos 2016, que otorga el gobierno del Estado de México. La Presea incluyó un bono de 150 mil pesos, que usará para acondicionar un avión con el que podrá acercarse a otros terrenos.

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