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Del abandono a correr en manada

La estancia en Puebla atiende a 240 perros: los vacunan, alimentan, les realizan pruebas de laboratorio y verifican su carácter; rescatan a 20 cada semana
Los perros siguen a todos lados a los cuidadores en la Estancia Canina. En promedio, a la semana se realizan 14 adopciones. Fotos: OMAR CONTRERAS
23/04/2017
01:23
Edgar Ávila / Corresponsal
Puebla
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El King Kong, Pata China, Los Chimoltrufios, Patricio, Lolita, El Muerto, Astro y El Chato son parte de una manada de 135 perros. Todos comparten cobijo, alimento y un mismo espacio, pero también una historia en común de maltrato y abandono. La mayoría son criollos, fueron abandonados amarrados en el patio de una vivienda, sin agua y alimento, otros presentaban lesiones en el cuello por las cadenas y lazos que los mantenían inmóviles, algunos deambulaban por los basureros en busca de alimento y los menos afortunados con graves lesiones por atropellamiento.

Hoy, a la distancia, corren en manada, juguetean, comen y tienen una casa individual en la principal Estancia Canina del ayuntamiento de Puebla, donde esperan ser adoptados por una familia que jamás les vuelva a hacer daño.

Se trata de un proyecto que inició hace más de tres años la administración municipal que hoy encabeza Luis Banck y que cambió la imagen de los antirrábicos, que ahora son vistos como centros de atención integral a los animales, no sólo se les brinda cobijo, alimento y rehabilitación, sino una segunda oportunidad de recibir amor.

La estancia principal, ubicada a las afueras de la capital poblana, alberga a 135 perros; la del norte, 65, y la de la zona sur, 40; sin embargo, en poco tiempo los animales de estas dos últimas serán reubicados al albergue mayor, porque la mancha urbana se los comió y se quiere evitar molestias a los vecinos.

“Recuperamos 20 a la semana, es una locura porque hay demasiados perros que lo requieren”, asegura el jefe de Departamento de Protección Animal del ayuntamiento de Puebla, Benjamín Alejandro Calva Rodríguez.

Los espacios cuentan con 65 personas que ayudan en la vacunación, pruebas de laboratorio, seguimiento, verificación del carácter, alimentos y todo lo necesario para que el enorme grupo tenga una vida más digna.

“Duele, por supuesto, duele verlos así, es parte de nuestra vocación y un veterinario es sensible al dolor”, dice Benjamín, un hombre que al igual que todos los empleados de la estancia ubican a la totalidad de los perros con el nombre que les fue dado al cruzar la reja.

No oculta el sentimiento, coraje e impotencia al recibir los canes en condiciones muy malas, pero también su decepción por la humanidad que —dice— ha perdido la sensibilidad.

“Están enfermos, porque normalmente tenemos cierta sensibilidad, hay gente que ha nacido mala y lo considera normal y ha perdido la sensibilidad”, agrega, aunque ese sentimiento se desvanece de su rostro cuando observa a los canes dando brincos por doquier.

En promedio, a la semana dan 14 adopciones de perros que han pasado por todo un proceso que incluye, por supuesto, el rescate, resguardo, revisión médica, esterilización, revisión de su comportamiento y finalmente la entrega a una familia. “Tenemos a una que fue atropellada y abandonada en la calle con lesiones en columna y cadera, pero con todas las ganas de vivir, y se le hizo carrito y está feliz de la vida”, relata el médico veterinario.

Otro que irradia felicidad es Fermín Aguirre, el cuidador oficial, quien más convive con los perros y a quien siguen a todos lados, no sólo en busca de alimento, sino de una palabra o de una palmada en el lomo.

“Aprendí desde casa, con mi mascota, aunque no es lo mismo lidiar con uno o con dos a con más de 100”, dice con una sonrisa mientras le rodean decenas de perros de todos los colores, razas y temperamentos. Lleva casi cuatro años en la manada, pero admite que El King Kong, un viejo perro labrador de gran nobleza, es quien realmente mete en cintura a todos cuando es necesario poner orden.

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A reciclar amor

En la Estancia Canina todo se aprovecha. Se puede decir que son instalaciones recicladas de todas las áreas del municipio. Los postes del alumbrado que sufren daños son para el cercado, el alambrado antiguo es rehabilitado y sirve para las jaulas, y cualquier desecho forma parte de las nuevas casas.

“Hace un par de años se cambió el nombre del antirrábico que estaba orientado sólo a salud pública y se diseñó una estrategia integral que no solo tuviera que ver con salud publica, sino con la animal”, explica el director de Servicios Públicos del ayuntamiento, Eduardo Vergara López.

Se han realizado más de 30 mil esterilizaciones, cerca de 9 mil pláticas de concientización de cómo cuidar mascotas que han llegado a 300 mil personas con las cuales se pretende cambiar la mentalidad de toda una ciudad.

“La estrategia integral es procurar a las mascotas, vemos el bienestar animal, pero con conciencia de tenencia responsable, vamos a escuelas y capacitamos a niños, padres de familia y maestros”, detalla.

El trabajo rinde frutos, Puebla está libre de rabia y en las redes sociales del ayuntamiento (@BuzonAyto) son constantes los reportes y pedidos de ayuda para rescatar a perros en malas condiciones que son atendidos de manera inmediata y que reflejan un nuevo comportamiento de la sociedad.

Con un presupuesto de 4 millones anuales, hasta ahora han logrado atender mil 350 reportes de maltrato animal y dar en adopción mil 711 perritos, aunque con un seguimiento puntal de asociaciones protectores de animales, del departamento de protección animal y grupos voluntarios.

“Lo más importante, hemos sembrado una semilla para generar una sociedad más consciente del maltrato animal”, dice el funcionario que entre sus perros preferidos tiene a Alambre, un criollo que durante dos meses estuvo en una hacinación completa en la azotea de un vivienda y hoy es un animal pleno.

En la reja principal, un hombre de seguridad tiene una disciplina férrea. Impide el acceso a cualquier extraño y no tiene remordimiento alguno en dar el portazo en las narices.

Se llama Antonio León, un hombre entrado en años de rostro serio que se toma muy a pecho su papel de vigilante. Su uniforme impecable y sus insignias relucientes no le impidieron tener temor de convivir con tantos canes.

“Es la primera vez que me toca trabajo así y los primer días fue difícil, con desconfianza porque hay perros territoriales y tenía temor que me fueran a morder a la hora de la comida o al entrar”, relata.

Con el paso del tiempo, se siente como de la familia, pero de la familia perruna a quien ubica por sus nombres de memoria: El King Kong, Pata China, Los Chimoltrufios, Patricio, Lolita, El Muerto, Astro, Alambre, El Chato, El Negro, El Chimoltrufio II y un largo etcétera.

“Me siento como uno de ellos porque donde quiera que salgo a hacer recorrido los perros van conmigo y no me ladran como antes, ahora hablo y les digo por su nombre y me acompañan”.

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