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Totonacas filman su mundo en 22 cortos

Durante cinco años, jóvenes grabaron a sus abuelos, padres, hermanos y vecinos, empleando sus pueblos como locaciones; llevan cinco menciones en festivales fuera y dentro del país
Durante cinco años, en el Centro de las Artes Indígenas del Parque Temático Tajín —y de la mano del laureado cineasta veracruzano Ricardo Benet— jóvenes crearon cortos cinematográficos. (FOTO CORTESIA: RICARDO BENET)
28/03/2017
04:10
Edgar Ávila / Corresponsal
Papantla
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Desde las comunidades indígenas más apartadas del imperio totonaca, jóvenes indígenas lograron crear una serie de cortometrajes con un visión sencilla y humanista, con los que obtuvieron menciones en los más prestigiosos festivales de cine, que además les permitieron hacer un reconocimiento a su propio pueblo.

Durante cinco años, en el Centro de las Artes Indígenas del Parque Temático Tajín —y de la mano del laureado cineasta veracruzano Ricardo Benet— jóvenes crearon cortos cinematográficos; usaron sus pueblos como locaciones y los actores fueron sus abuelos, padres, hermanos y vecinos totonacas.

En la Casa de Medios de Difusión y Comunicación del parque se impartieron talleres y se elaboraron 22 cortometrajes; cinco de ellos recibieron menciones en Expresión en Corto Guanajuato, Short-Shorts Filmfestival, Cinemafest Lille Francia, Casa Américas Nueva  York Casa de Cultura Valparaíso, Festival L’Alternativa Barcelona y el Festival de Morelia.

En 2012, durante la gestión del gobernador priísta Javier Duarte, el proyecto fue cancelado por falta de fondos, pero ahora Ricardo Benet, actual director del Área de Cinematografía de la Universidad Veracruzana, inició una campaña para hacer ver a autoridades y fundaciones que es necesario reactivarlo con el objetivo de cambiar la vida de las comunidades autóctonas.

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Del agujero negro a la Cineteca. Cargando una página de un guión, Abraham Sotero se presentó a las puertas del Centro de las Artes Indígenas del Parque Temático Tajín de su natal Papantla. Llevaba meses encerrado en un bar de mala muerte tratando de sobrevivir y vio una oportunidad para salir de aquel agujero negro.

Con 20 años a cuestas, el hombre originario de la comunidad de El Arenal, asentada en lo más recóndito de la sierra del Totonacapan, había abandonado el nido familiar para estudiar la universidad en Poza Rica. Con ello se convertiría el primero en llegar a ese grado de estudios.

Compartía con otros amigos un cuarto pequeño e insalubre, y trabajaba por las noches en el bar para solventar sus gastos, donde incluso se tenía que esconder en los ductos del aire acondicionado para no ser reclutado a la fuerza por presuntos miembros del crimen organizado que frecuentaban el centro nocturno.

El director del programa recuerda que un sábado Abrahan llegó al taller con su página de historia a filmar, único requisito de admisión, aunque también es canjeable por una narración oral si el interesado no sabe leer ni escribir. Traía todo por escrito y fue aceptado en una de las tres generaciones.

Ahí tomó clases en el taller de cortometraje que dio como resultado 21 filmes, entre los que destacaron; Voladora, de Chloé Campero; El llanto de la madre Tierra, de Lucio Olmos; La promesa del pescador, de Viridiana Morales; Los hermanos, del propio Abraham Sotelo, y Camino abajo, de Lázaro Olmedo.

Además, cursó el Taller de Cámara Estenopeica para Niños, que fue impartido en comunidades del Totonacapan para niños de seis a 12 años por el fotógrafo Raúl Suazo, quien les hizo construir sus propias cámaras de cartón y realizaron sus primeras imágenes. En nueve comunidades, cerca de 250 niños revelaron y colocaron tendederos con imágenes de los suyos.

“Los niños al ver aparecer su primera imagen en el ambiente rojo de un improvisado cuarto oscuro exclaman: ‘¡Magia, magia...!’. Eso es suficiente para nosotros. Nos gusta creer que estamos abriéndoles una rendija hacia otras posibilidades”, asegura Benet.

Abraham también integró el proyecto Cine Itinerante en Comunidades, que consistía en la proyección de películas y documentales (además de los realizados en el Centro de las Artes de Parque Tajín) en las mismas poblaciones donde se realizaba el Taller de Caja Fotográfica. La respuesta fue positiva: hubo más de 800 espectadores.

Seis meses después, aquel joven había terminado su primer corto, una historia simple y emotiva que le ganó la selección, entre más de 700 trabajos, al Short-Shorts Festival y su primera visita a la Ciudad de México.

“Lo apoyamos para que viajara más holgado y en el primer telefonazo me contó su emoción por haber presentado la noche anterior su corto en la Cineteca Nacional y haber sido entrevistado por muchos medios”, recuerda.

El maestro preguntó a su alumno sobre su mayor impresión de ese viaje. El joven dudó unos segundos y contestó: “El elevador de mi hotel… es de cristal y busco pretextos para subir y bajar varias veces al día…”.

Abraham regresó a terminar su carrera, encontró otro trabajo menos ingrato y decidió irse a la Ciudad de México a probar suerte. Allá siguió sus estudios de pedagogía, además de cursos de animación digital. “El cine sirve también para narrar historias fuera de la pantalla”, afirma Ricardo Benet.

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Abrir paraísos. En la imagen se observa a un muchacho tallando un trozo de madera. Se muestra su rostro, luego de su mano llena de aserrín sale un trompo perfecto y listo para dar giros interminables y alegrar la vida de los niños. La Guadalupana es testigo del trabajo arduo del muchacho por aquella pieza de juguete, la cual acaba en el bolsillo de su pantalón.

En una segunda toma, su hermanito le implora que le haga ya su trompo, pero el joven lo hace repelar mientras sigue fabricando sillas de madera.

—¿Cuántas sillas de faltan?

—Un chorro...

—¿Y mi trompo?

—¡Ah...!, ¿tu trompo? Ahí luego te lo hago…

El chaval está a punto de irse con la tristeza a cuestas cuando su hermano saca del bolsillo aquel juguete tan esperado y logra arrancar una sonrisa al menor, quien juega en medio de la selva hasta que el trompo va a caer a un río de la localidad.

En la búsqueda de su tesoro, recorre grandes extensiones de selva, cuevas, poblados y conoce a personas que le tienden la mano. La historia contenida en el cortometraje Camino abajo, de Lázaro Olmedo, culmina en el mar, con los dos hermanos abrazados frente a las olas.

“La pasión por seguir un mínimo detalle te abre paraísos”, resume Benet. Camino abajo fue el primer corto veracruzano que llegó a la selección oficial en el Festival de Morelia 2012.

Todos las cintas logradas en los talleres audiovisuales, sin ser un requisito, desembocaban en su arraigo, las tradiciones, su tierra, geografía, sus leyendas y su familia.

“Eran muy conmovedores, por eso llamaron la atención en otras latitudes, por esta mirada fresca y que mostraba  de forma sencilla su forma de vida y sus preocupaciones que se veían entrañables”, afirma el cineasta, ganador del Astor de Oro a Mejor Película en el Festival de Mar del Plata 2006, y Mejor Director en los festivales de Guadalajara y Vancouver, así como Mejor Director Iberoamericano en Málaga, España.

En cada generación, de las tres existentes, se lograron entre siete y ocho cortometrajes con una “inversión” de tan sólo 250 mil pesos. El asunto se dimensiona cuando se conoce que para realizar uno solo en algunas escuelas de cine se requieren entre 180 mil y 240 mil pesos, y que uno de los premios que otorga el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) es de un millón 200 mil pesos para impulsar un cortometraje.

“Nosotros ridículamente librábamos esto”, rememora el autor de Noticias lejanas, seleccionada en más de 60 festivales con 17 premios, y Nómadas (protagonizada por Lucy Liu), ambas estrenadas en sus respectivas ediciones del Festival de Cannes.

“Pocos recursos bien utilizados, familiares que terminaban siendo los actores y una mirada directa y honesta es la que se percibe y la que generó mucha empatía con gente de muchos lados”, afirma.

El éxito solamente requirió el salario y los viáticos del maestro, de un fotógrafo, de tres jóvenes auxiliares y, por supuesto, mucho empeño y amor.

Para Ricardo Benet es momento de rescatar el proyecto, no sólo en el Totonacapan, sino en otras zonas indígenas, como la tzotzil de la sierra de Zongolica en la región montañosa central de Veracruz y en el valle del Uxpanapa con la cultura chinanteca.

“Cuando veo los resultados y veo muchas de las vidas que se cambiaron... El arte cambia vidas, es totalmente real. Hay casos que llegaron, vieron convocatoria y después de hacer su corte y ser reconocidos tomaron su camino, se arriesgaron y se fueron a estudiar y cambiar sus condiciones diametralmente”, afirma.

Ojalá, dice, alguien voltee a ver el noble proyecto.

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