“Cuando salga le echaré ganas, seré carpintero”

"Paco", de 19 años, está internado en el CIEMA; es el primer centro de internamiento para jóvenes
Los cuadros diseñados por los chicos en el taller de carpintería son generalmente vírgenes de Guadalupe o figuras de San Judas Tadeo (RICARDO LUGO. EL UNIVERSAL)
23/02/2017
04:20
Paulina Rosales / El Universal Queretaro
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Queretaro. — La libertad es estar allá afuera, murmura Paco, mientras un martilleo se escucha de fondo en el taller de carpintería del Centro de Internamiento y Ejecución de Medidas para Adolescentes (CIEMA) de Querétaro.

Detrás de una de las mesas de madera, con martillo en mano, Eros diseña una Virgen de Guadalupe. La obra está hecha de clavos y decorada con hilo verde y rojo brillante.

Apenas tiene 19 años, como la mayoría de los internos del centro, cuyas edades oscilan entre los 15 y los 21 años; acaba de terminar la secundaria y está esperando su certificado para comenzar a estudiar la preparatoria, aquí mismo en el CIEMA.

 

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Es originario del Estado de México, pero lo detuvieron en Querétaro hace unos años. A partir de ese momento se ha visto obligado a vivir en esta ciudad con las visitas esporádicas de su familia, originaria de Santa Rosa en el municipio de Chicoloapan.

“Al inicio sí era muy difícil. A nadie le gusta estar encerrado pero yo ya me acostumbré. Aquí a lo único a lo que me dedico es a estar clavando para hacer los cuadros. Así se me va más rápido el día... y cuando menos me acuerdo ya tenemos que ir a comer o a cenar. A este taller le invierto todo mi tiempo”.

Cuando Paco ingresó al centro de internamiento lo más “pesado” fue calmar la ansiedad. En los bailes de Chicoloapan, por curiosidad y diversión, según relata, inhalaba PVC, piedra o cristal; por eso, al entrar, el síndrome de abstinencia fue lo que más le pegó.

“Yo tenía esa duda de ver cómo se sienten las drogas. Cuando las probaba me daban mucha felicidad y cada vez fui inhalando más y más. Cuando entré sí me sentía desesperado, pero aquí uno se tiene que aguantar, ¿de dónde la sacas? Con el tiempo le pierdes el interés a la droga y ya nada más son las ansias de tener que consumir algo. Luego salimos a jugar futbol y así también me desestreso”, cuenta.

Los cuadros diseñados por los chicos en el taller de carpintería son generalmente vírgenes de Guadalupe o figuras de San Judas Tadeo, el patrono de las causas difíciles, según sus adeptos.

Al igual que los muebles o los objetos del taller de herrería, los cuadros representan los únicos ingresos económicos para los internos y sus familiares. Antes, los guardias podían comprarles su trabajo, pero por nuevas disposiciones de la institución actualmente los chicos sólo pueden vender su material y sacar algo de dinero sólo a través de las visitas de sus familiares.

“Yo trato de hacer varios cuadros para que mi familia se los pueda llevar y los puedan vender. Al menos yo de aquí me mantengo. Mis papás ya están grandes y ya no quiero hacer que gasten, me conformo con que vengan a verme. Si vienen y se llevan un cuadro, con lo que sale de la venta acompletan para su pasaje o me pueden traer algo de comer o algo que se antoje”.

 

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Trabajo artesanal. Con cada cuadro hecho de clavos e hilo, la familia de Paco puede sacar entre 500 y 800 pesos, según la cantidad de boletos que vendan para las rifas que hace su mamá con sus tías o la gente de la iglesia de su colonia en el Estado de México.

Para la elaboración de los cuadros, algunos de los chicos llevan aprendiendo desde hace seis meses y otros cinco años. Al inicio, reconocen, es complicado. Tan sólo el clavado les lleva alrededor de cinco días y el hilado tres más. Además, pueden agregarles imágenes de acrílico, lo que aumenta los días dedicados a su elaboración.

“Llevo un año y cuatro meses aprendiendo a hacer esto, pero los cuatro meses fueron prácticamente para enseñarme. No están tan bien, pero ahí voy más o menos”, comenta Paco.

Irse por la derecha. “No me gusta estar encerrado”, admite al recordar la primera vez que ingresó al centro. Dice que sus familiares “se pusieron mal” cuando se enteraron de la sentencia, pues es el más chico de los siete hermanos de la familia; en total son cinco hombres y dos mujeres.

“Yo también así me pondría, no me gustaría ver a un hermano encerrado. Ellos han venido, han platicado conmigo para que le eche ganas y que mejor cambie, que piense más las cosas, que no salga y vuelva a hacer lo mismo. Ahorita dejo que pase solito el tiempo. Cuando salga ya va a ser otro pensar, ahora nada más futurizo cuando llegue ese momento. Ya cuando salga de verdad, le voy a echar ganas”, dice.

 

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Cuando Paco cumpla con su sentencia lo primero que quiere hace es ver a su familia en Chicoloapan.

“Que me vea mi mamá y poder decirle que la quiero, lo que nunca hice allá afuera por andar en el desmadre”, admite el joven.

De los amigos que tenía ya no ha sabido nada. “Sólo cuando traía dinero, me hablaban para cotorrear. Uno se da cuenta que en verdad no son tus amigos, si así fuera, al menos irían con mi mamá a verla, irán a preguntarle que le hace falta, llevarles unos rollos o algo para mandarme”, lamenta.

“Uno solito se buscó que lo encerraran por los malos actos. Uno se da cuenta de eso. Al menos yo, cuando salga, mejor me voy por la derecha”, dice convencido. Paco insiste en que le gustaría seguir estudiando y quiere dedicarse a la carpintería, una vez que termine su sentencia en el Centro de Internamiento de San José El Alto.

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