Conoce a los mexicanos que apoyan a Donald Trump

Paisanos que radican de forma legal en San Antonio apoyan la política migratoria del presidente de EU. A quien no le guste lo que hace el mandatario, “ore por él, para que Dios lo componga”, dice Lucio
Ezequiel Limón, originario de Mexicali, tiene un taller mecánico propio en San Antonio, Texas, donde reside desde 1989. Dice que está de acuerdo con las políticas migratorias de Donald Trump si se enfocan en expulsar a indocumentados que delinquen en EU
22/02/2017
03:20
David Carrizales / Corresponsal
San Antonio, Texas
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Lucio Rendón es de origen mexicano y apoya a Donald Trump porque está contra el aborto, “y si Dios usó un burro [en referencia al pasaje bíblico de la burra de Balaam] para sus propósitos, puede usar a este hombre, y si es dirigido por Dios, todo va a traer un beneficio”. Además, dice, a los que no les guste lo que hace el presidente republicano, “que oren por él para que Dios lo componga”.

En el sur de esta ciudad, donde vive la mayor parte de la comunidad mexicoamericana, sobre el techo de dos aguas de una construcción que albergará sanitarios para un complejo de oficinas o locales comerciales en renta, Lucio Rendón trabaja con destreza para instalar paneles de madera (OSB) tratados con resinas para soportar la humedad, que servirán de base para la posterior colocación de la teja asfáltica.

Desde que tenía entre nueve y 10 años, en su natal San Pedro de las Colonias, Coahuila, Lucio inició con un cuñado el aprendizaje de los oficios que desde hace 20 años le sirven para ganarse la vida en la ciudad texana: carpintero, albañil y plomero.

Por eso, a sus 48 años, con esposa y dos hijas de 11 y nueve años, casa propia y más de una década como residente legal, a Lucio no le preocupa su situación migratoria. Afirma: “Quien sabe trabajar, donde quiera la hace; no le hallo mucho la diferencia aquí o allá [en México]”.

La primera vez que salió a trabajar fuera de su tierra, lo hizo a Nuevo Laredo, Tamaulipas, en 1993, donde operaba una máquina de hacer tortillas. “Me levantaba a las seis de la mañana, y como era bien talón, por las tardes tenía otro trabajito, siempre estaba buscando la manera de ganar algo más”. En 1995 cruzó a Estados Unidos, donde vive desde entonces.

Al preguntarle si como mexicano le preocupa la nueva política migratoria del presidente Donald Trump, responde:

“Nosotros como cristianos estamos en contra del aborto. Si Dios pone a alguien que esté en contra del aborto, nosotros vamos con ese hombre. Si Dios usó a un burro, puede usar a un hombre, y lo que haga ese hombre, si es dirigido por Dios, todo va a traer un beneficio.

“La gente se asusta porque cree en ella misma, pero cuando crees en Dios, que es el mismo que está en México y en todos lados, estás en control de Dios, ¿para qué nos la vamos a quebrar?

“Creemos que Trump es un hombre que Dios va a usar para la nación. Ahora, si no te gusta ese presidente, pues ora por él para que Dios lo componga. Es fácil: no te gusta, pues ora por él para que Dios le dé sabiduría; no nos vamos a ponernos en contra para pelear, no buscamos eso”, señala mientras toma un descanso para comer.

Afirma que los gobiernos de todos los países realizan deportaciones. “Los que deben temer son quienes hicieron algo y están entrados; yo me imagino que la gente que hizo el mal es la que pelea, porque aparte de lo que hiciste todavía quieres quebrada. No, pues si ya hiciste el mal, hay que pagar, dice la palabra de Dios, todo pecado trae consecuencias”.

Ante el ambiente de sicosis que hay entre los indocumentados y residentes mexicanos en Estados Unidos, Lucio expresa: “No miro ni las noticias; yo digo: ‘Dios está con nosotros’. Si andas buscando la manera de quejarte, la encuentras, es mejor buscar la paz”.

Dice que siete años de su vida estuvo perdido por las drogas y el alcohol, e incluso se quedaba en la calle, y hace 17 años dejó ambos vicios con ayuda de la religión. Ahora apoya a personas que pasan por los problemas que él tuvo.

Vivir sin preocupaciones

Ezequiel Limón, de 65 años, originario de Mexicali, salió hace más de 30 años de su tierra para trabajar en San Diego, California; y de ahí, siguiendo a una mujer, se trasladó a San Antonio, Texas, donde vive desde 1989. Un año antes había obtenido sus papeles gracias a un programa de amnistía del gobierno federal. Al preguntarle sobre las medidas antiinmigrantes, responde:

“¡Qué me voy a preocupar! Hay que dedicarse a trabajar; la política no es productiva, es para quienes la practican, no para los ciudadanos”.

Ezequiel es mecánico y tiene su propio taller, que le da para vivir sin preocupaciones. Apoya las políticas migratorias del nuevo gobierno, si es para deportar a gente que se dedica a delinquir. Afirma que hay algunos paisanos que en las ciudades mexicanas se dedicaban a desmantelar casas para vender tuberías, cableado eléctrico, y que en San Antonio hacen lo mismo.

Explica que durante guerra contra Irak (1991) se elevó el precio de metales como el acero y el aluminio, de ahí que hubo quienes abandonaron los trabajos formales para dedicarse a la venta de chatarra, y aunque ya no obtienen el mismo dinero, se acostumbraron a la vida fácil. Hay decenas que viven debajo de puentes, edificios abandonados o zonas despobladas a orillas de la ciudad, a quienes llaman Homeless (los sin casa).

En la zona sur de San Antonio, donde están los asentamientos de clase popular, se concentra la mayor parte de la población de origen mexicana que reside en la ciudad. Algunos ya nacieron en Texas por segunda, tercera y hasta quinta generación; otros vieron la primera luz en México, pero ya tienen papeles en regla.

Sus casas son de madera, con cercas del mismo material o e malla de acero, que difícilmente superan los 1.5 metros. En muchas de esas viviendas, a veces con pintura descolorida por el tiempo, ondea la bandera estadounidense, igual que en los grandes edificios de la parte más pudiente de la ciudad, que se localiza en el centro, donde hay principalmente negocios, oficinas, hoteles y restaurantes, o en el norte, donde viven los ricos, incluyendo nuevos residentes que llegaron por la violencia que azotó el norte de México en la última década.

A diferencia de los cementerios de barrios populares de México, donde no es raro encontrar tumbas que ostentan enormes mausoleos, con acabados y materiales de lujo, en los panteones que se localizan en el área donde habitan los estadounidenses de ascendencia mexicana las tumbas son casi todas iguales, con pequeñas lápidas y algunas hasta sin cruces.

Para dar un idea de la conformación demográfica de San Antonio, según el censo de 2011, la ciudad tenía una población de un millón 756 mil 153 personas, y 77.4% era de origen hispano. En 2014 residirían en el condado de Bexar 71 mil indocumentados, 61 mil serían mexicanos.

En el barrio donde reside la mayor parte de la población de ascendencia mexicana, es común ver ventas de garaje, ropa usada, fondas o restaurantes que conservan los nombres, recetas y el sabor de platillos tradicionales mexicanos como pozole, enchiladas, burritos, mole, tacos de carne asada, al pastor, o el menudo, que se sirve con cebolla, chile serrano, cilantro y orégano.

Y hasta se permiten el lujo de acompañar los platillos con tortillas de maíz o de harina hechas a mano, algo que ya poco se estila al sur de la frontera. Tal es el caso del restaurante Santa María, propiedad de una familia de Jalisco, que ofrece a sus clientes “brekfast tacos” (tacos para el desayuno), de huevo con chorizo, tocino papas, chicarrón, nopal, frijol y chilaquiles.

En la parte alta de la fachada color fiusha con blanco, del restaurante destacan fotografías con los platillos que se ofrecen a los comensales, con su descripción en español: mojarra frita, hígado encebollado, tripas, chile relleno y gorditas.

La huella de las raíces mexicanas también está presente en el centro de la ciudad, donde pasea el turismo nacional e internacional. Ahí dominan restaurantes con nombres como Mi Tierra, que tiene un retrato de Emiliano Zapata; la Taquería Xalisco; Las Margaritas, donde la música del mariachi Los Charros ameniza las veladas, pero una cerveza cuesta seis dólares y pedir una canción representa un billete de 20 dólares.

 

(Imágenes de IVÁN STEPHENS)

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