“Para qué quiero más, si al rato vienen y me lo roban”

Habitantes de Jiutepec, Morelos, se resignan a vivir en condiciones de precariedad y, lejos de lamentarse, ven su situación como un desafío para ser más responsables y salir adelante; aseguran que sobreviven con lo necesario, pues “ser rico ya es malo”
En una casita cimentada en la ladera del cerro, en la colonia independencia, vive Onésima con su hijo Emanuel, de 20 años (JORGE MEDINA. EL UNIVERSAL)
02/08/2015
01:26
Justino Miranda / Corresponsal
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Jiutepec

En la cúspide de este cerro sólo el paisaje es envidiable porque el resto ofrece retratos crudos de la pobreza. Aquí están tan acostumbrados a convivir con la escasez, que hablan de ella como una compañera a la que no guardan recelo, al contrario, la aceptan como una circunstancia encadenada a su destino.

Es la pobreza su aliado frente a los riesgos que enfrentan las familias de holgada condición económica. “Para qué queremos de más, si al rato vienen y nos roban”, dicen sus moradores.

Por lo menos así lo expresan Onésima, una jefa de familia de 56 años, dedicada a la venta de “chácharas” y su hijo Emanuel, de 20, que compone canciones con llamados a la reflexión y a la conciencia social. Coinciden en su aspiración de tener lo necesario. “Ni de más, ni de menos porque ser rico ya es malo”, esgrimen.

Madre e hijo habitan una casa cimentada a medio cerro de la colonia Independencia.

Joya del Agua es otra colonia de Jiutepec, cuya demarcación ha sido golpeada severamente por el crimen organizado, el desempleo y la pobreza. Ahí habita otra familia que tiene como morada una casa construida con desperdicios de fierro. El padre de familia tiene como actividad extra la venta de gelatinas para sufragar los gastos de su esposa y dos hijos.

Su pobreza, dice, más que generar lamentos significa un reto personal para asumir su responsabilidad ante situaciones difíciles.

“Mi esposa a veces se pone triste, se desespera por la situación, pero yo le digo ‘ni modo, m’hija, es el estilo que nos está tocando vivir’. A la vez creo que es injusto que vivamos así, pero por otra parte creo que es justo porque es una experiencia para hacerme más responsable”, dice José Antonio Reséndiz, de oficio obrero.

Tanto Onésima como José Antonio desconocen que pertenecen a la cifra de las familias pobres que habitan en Morelos y cuyo grupo creció en los dos últimos años, de acuerdo con el Consejo Nacional de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

Rechazo a la opulencia. En la ladera de un cerro, en un terreno de aproximadamente 70 metros cuadrados en declive, hay una cuarto de unos 50 metros cuadrados que aloja dos dormitorios, una sala-comedor y cocina. A su lado se erige una casucha de lámina de cartón donde Onésima guarda sus juguetes, ropa usada y trastos que vende en los tianguis de fin de semana.

Cuando la fortuna le favorece gana hasta 300 pesos, pero las ventas han caído y sus ganancias oscilan entre 150 y 200 pesos. Su pobreza es paliada con la ayuda de dos de sus hijos, porque los 910 pesos que recibe cada dos meses del programa Oportunidades es insuficiente para sobrevivir.

En su terreno cercado por árboles de granada, aguacate, tamarindo, zapote y colorín, Onésima muestra prudencia frente a la pobreza que la agobia. Es madre soltera, sin trabajo; sus hijos truncaron sus estudios al finalizar la secundaria y ahora están desempleados.

“Aspiro a tener lo necesario. Para qué quiero más si al rato vienen y me lo roban. Ni más ni menos; ya ser rico es malo”, dice Onésima y enumera sus anhelos: terminar la construcción de su casa, que las autoridades arreglen su calle y que sus hijos encuentren oportunidades de estudio y trabajo.

Para ella no pide nada.

Emanuel sigue el ejemplo de humildad y resignación de su señora madre. Desde la secundaria tuvo afición por el hip hop y ahora compone canciones que musicaliza en compañía de un amigo. Sus temas llaman a la reflexión, evitar los excesos y a “levantar” el ánimo de la gente.

El palacio de hierro. La calle Eleazar Jiménez de la colonia Joya del Agua también tiene su casa blanca. Un cuarto construido con desechos de fierro aloja a un matrimonio con dos adolescentes de 15 y 17 años. Ambos aspiran a estudiar una carrera, pero su padre gana mil 400 pesos a la semana y por eso vende gelatinas los domingos para abonar al gasto.

“La pobreza siempre va a ser así porque cada año aumentan los precios y los salarios son mal pagados en todas partes”, define José Antonio Reséndiz, jefe de familia.

La casa que habitan es prestada por su suegro desde hace dos años, luego de que su padre lo corrió de la casa donde vivían, en un cuarto construido de losa y tabique. En la morada hay dos camas, una estufa, un ropero y una sala donde duerme uno de sus hijos.

Pero lejos de lamentar su suerte, dice que la pobreza le exige mayor responsabilidad para salir adelante; “me hace más responsable para terminar mi casa”, expone.

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