“Cientos de veces te he visto pasar por mis sueños, como un dulce amor el cual yo sé pudiera haber sido posible. Pero hoy por fin entiendo que fue mejor así”.

Antes de cometer el presunto doble homicidio, Anastasia Lechtchenko escribía en un cuaderno a alguien que quiso pero sabía que era mejor que terminara. La carta no está dedicada, pero sí escrita con tinta roja y en ella reitera: “Ya estás muy lejos de mí”.

Eso se sabe por el cuaderno que ha quedado volando en el patio de la que un día fue su casa. También cientos de colillas de cigarros que metió en frascos de café, agua, cualquier contenedor vacío, donde pudieran juntarse los restos de cigarrillos Palm Malls.

En el patio de la pequeña casa —donde la sala está dividida por una pequeña barra y sólo hay dos cuartos repletos de ropa—, hay una caja con tres pares de tenis pequeños de Valeria, su hermana de 12 años, que nació con discapacidad múltiple.

Una tanda de ropa que nunca se lavó ha quedado en el interior de una lavadora con jabón en polvo. Un refrigerador con latas de atún y comida comienza a oler fétido, rivalizando con el del enorme árbol de limones grandes que impregna el patio.

La casa que rentaban las Lechtchenko en la colonia Playas de Tijuana, está desordenada. En la cocina abundan cajas de medicamentos, todos los que tomaba la pequeña Valeria. Ahí también quedaron las bolsas que Anastasia compró, presuntamente, para meter los cuerpos desmembrados de su familia, a un costado de una fotografía de su hermanita de frente, con una coleta y una mueca que parece una ligera sonrisa.

Tal vez era de Yuliya o Anastasia, pero sobre la mesa quedó un libro de Paulo Coelho, una taza de café y una botella de coca cola.

También se observan un calendario de 2015 y unas margaritas marchitas color amarillas y rojas, recargadas sobre un bote de aluminio navideño.

En el cuarto que fue de Yuliya, sobre su computadora quedó una fotografía de ella, con un grupo de mujeres, y el logo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) por detrás. También hay cama repleta de ropa de mujer.

Tanto en su interior como en el exterior se aglomeran grandes cajas, maletas, bolsas, de ropa, zapatos y toda clase de artículos personales de mujer. Este es la escena no acordonada de un crimen que aún no se resuelve.

Hay trastes pequeños para comida de animales. De una gatita que vivió ahí y de la que nadie recuerda su nombre, pero que cuando fue el asesinato y levantamiento de pruebas periciales, maulló y maulló según los vecinos. El felino fue adoptado por una mujer que habita en la colonia.

La propiedad, dicen, es de unos viejitos de la zona y comparte espacio con varios departamentos, un sastre y un taller de reparación de electrónicos.

La propiedad está abierta y no está resguarda por ninguna autoridad a pesar de que en caso de requerirse mayor evidencia, la escena del crimen esté limpia. Según comentan los vecinos, la reja de la casa de las Lechtchenko no tiene ningún seguro.

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