Verduras de aguas negras y blancas se mezclan en la ruta

Venden vegetales comprados en otros sitios y propios en DF y el Edomex
Ariel Ojeda / EL UNIVERSAL
15/06/2015
03:00
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Cuautitlán Izcalli.— Es la una de la mañana de un viernes de mayo y Arturo y su familia ya están listos para iniciar el recorrido.

La camioneta blanca de dos y media toneladas —llena de coliflores, rábanos, cilantro, cebolla y perejil— se enfila a su destino: el Estado de México, donde dueños y trabajadores de verdulerías, puestos en mercados, tianguistas y amas de casa, adquirirán las hortalizas recién cosechadas.

Pero el trabajo para la recolección y reparto de los alimentos comienza desde un día antes, cuando se surten de la verdura que la milpa no dio, por lo que acuden a Ixmiquilpan, donde se cultiva una gran variedad de hortalizas para adquirir los faltantes.

La primera parada es Tezontepec de Aldama, a las dos y media de la mañana, en la gasolinera frente a la refinería Miguel Hidalgo. Ahí llega la mayoría de los horticultores de la zona; a veces se reúnen hasta 30.

Esta vez fueron pocos los productores que se encontraron ahí, sólo cuatro, entre ellos están Arturo, que va con su esposa Monse y su sobrino.

De joven, Arturo trabajó en Estados Unidos —cinco años— cansado del precario sueldo de policía auxiliar en el Estado de México, pero la vida de migrante tampoco resultó ser para él, por lo que regresó a Hidalgo, donde su hermano le propuso iniciar un negocio con una ruta para vender verduras y hortalizas.

Arturo defiende su plantación de hortalizas. El gobierno federal ha puesto una veda para su siembra porque son irrigadas con aguas negras, dice, pero pregunta ¿Qué pasa con las de otros estados, como Puebla?, ahí no las riegan con agua negra, pero les ponen de todo tipo de químicos para que crezcan, acusa.

Conocer el origen y el destino de las verduras es difícil. La mayoría de los distribuidores mezclan las hortalizas cosechadas con aguas blancas y negras, pues en ocasiones los campesinos tienen que surtirse en la central de abasto o con otros campesinos para abastecer sus propios pedidos.

El círculo se completa cuando los alimentos recién cosechados llegan a las mesas de los consumidores en los estados circundantes, quienes no podrán distinguir si provienen de Puebla, Querétaro, Guanajuato o Hidalgo, tampoco si crecieron regadas con aguas negras o con químicos.

Son las tres de la mañana y la segunda parada de la carga de Arturo es el mercado de El Carmen, en Cuautitlán Izcalli, en el sitio, un tráiler de naranjas procedente de Veracruz está estacionado; el agricultor se apresura a bajar y entregar la mercancía.

La venta de la verdura se realiza en las centrales de abasto de Cuautitlán e Iztapalapa, pero hay quien la vende en mercados, verdulerías y hasta con las amas de casa directamente.

En Teoloyucan, la distribución comienza a las cuatro de la mañana; primero en una verdulería donde descargan lechugas, acelgas, coliflores, cilantro, rábanos y demás hortalizas.

Las paradas continúan en el mercado de El Trébol; la familia de Arturo tiene llaves de algunos locales para dejar la mercancía.

La repartición sigue en domicilios particulares. En la calle Bosques Nevados, de Tepozotlán, un joven espera la carga de hortalizas que llevarán a una verdulería.

A las 5:30 horas, la mitad de las verduras ha sido distribuida. Tras un descanso, a las 7:00 horas reinicia la venta: primero la señora de los sopes a quien le dejan lechugas y cebollas; al pedido para el taquero le agregan un atado de cilantro.

Son las 8:30 y un pequeño puesto a la orilla de la calle de Santa Cruz Teoloyuca es el sitio para repartir acelgas, epazote, mejorana y hierbabuena, así como huanzontles.

Acaba la jornada. Arturo y su familia regresan a su hogar a preparar otras carga; la distribución se realiza lunes, miércoles y viernes.

La mujer del sombrero. El pequeño sombrero apenas protege la cabeza de Imelda. El reloj marca las 14:30 horas de una tarde calurosa; más de 30 grados. Entre los surcos de la parcela, cuatro mujeres limpian la cosecha de cebolla.

Huertas más adelante, otro grupo de campesinos recolectan flores de calabaza y betabel. Violan las normas que prohíben el cultivo de verduras irrigadas con aguas negras, pero la pobreza y necesidad no conoce de números ni de diagonales o guiones con las que las secretarías del Medio Ambiente, Salud o Agricultura determinan la veda de las plantaciones.

Imelda tiene 51 años; desde los nueve se ha dedicado al campo, de niña acompañaba a su padre a la siembra de maíz y alfalfa. Las 70 hectáreas de tierra no le pertenecen, es un terreno rentado por seis mil pesos al mes.

En el verde de las siembras resalta un cultivo de betabel. Ahí está Pascual; platica que sólo es un trabajador y recibe 150 pesos al día.

La siembra de betabel también está prohibida, pero, “de algo hay que vivir”, señala.

La tarde empieza a caer. Alrededor de las cinco, los campesino han terminado de recolectar sus cultivos; el siguiente paso es llevarlos al lavado, en la zona de pozos de agua potable de manantial en Tezontepec.

Es el último paso para trasladarlas a mercados de municipios aledaños en Hidalgo, así como a las centrales de abasto en el Estado de México y en Iztapalapa, en el DF.

Llegar a la zona de lavado es un alivio: el olor de los campos de agua negra se transforma.

El cilantro y las zanahorias huelen a fresco antes llegar a las mesas de cientos de familias.

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