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Amor entre barreras

Historias de tres mujeres internas, quienes tienen que enfrentar dos condenas: la penal y la de estar lejos de sus hijos. Pese a estar arrepentidas, saben que deberán vivir con la culpa de sus errores
La sentencia de Teresa terminará dentro de tres años, por lo que planea que la pequeña se quede con ella hasta el último día
09/05/2015
06:21
Luis Fierro / Corresponsal
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Chihuahua

“En eso pienso todos los días, tengo otros hijos más grandes y es muy doloroso el saber que en su graduación, en los festivales, en los cumpleaños, en el 10 de mayo, su mamá no va a estar, pero no hay más que echarle ganas”.

Isabel llegó a la cárcel con cinco meses de embarazo, en las últimas semanas de gestación no hubo reposo, ni regalos o “baby shower” con las amigas: al contrario, las pasó frente a un juez intentando defenderse de los delitos de los que se le acusaba, pero no lo logró, y el pequeño Diego vio la luz al tiempo que su mamá recibía una condena de 18 años tras la rejas.

“En un principio quería que se lo llevaran, que no estuviera aquí, pero vi a otras compañeras que tenían bebés, dije vamos a intentarlo y me animé, me hacía compañía, estaba recién llegada”, señala la mujer que también es madre de un niño de tres años, y otros dos de 12 y 14.

Todos los días se levanta a las seis de la mañana, como cualquier otra interna, pero ella además de cumplir las tareas que le impone la disciplina del penal también debe cambiar pañales y dar desayuno a Diego, quien apenas da sus primeros pasos. El pequeño aprendió a jugar en una reducida celda, y en lugar de ir de paseo al parque sale al patio central del Cereso femenil de esta ciudad.

“La cárcel es bien difícil, es diferente a estar en casa, aquí hay muchas reglas; él quiere andar afuera a horas que no podemos. Tengo que cuidarlo mucho, mis compañeras le han tenido paciencia, pero el encierro no deja de ser encierro”.

A Isabel García Leyva y su esposo los detuvieron en enero de 2013, acusados de los delitos de fraude y uso de documentos falsificados, ya que intentaron retirar 200 mil pesos de una cuenta bancaria ajena usando identificaciones apócrifas.

“Sólo Dios sabe porqué hace las cosas; me dieron muchos años de cárcel. Metimos una apelación y espero que me reduzcan la condena”.

Como madre, lo que más le preocupa es la situación en la que se encuentran sus otros hijos, quienes actualmente viven con su abuela; más aun porque en breve Diego dejará de vivir en la prisión y se reunirá con sus hermanos.

“Ahorita me necesita, pero quiero que se vaya ya pronto, no es justo que siga aquí. Tiene que jugar con otros niños, por eso sus hermanos se lo llevan unos días, para que se acostumbre a estar sin mí todo el tiempo”. Isabel recuerda que otros pequeños que nunca salieron del penal hasta el día que se fueron definitivamente entran en pánico al ver el mundo exterior, pues ni siquiera conocían los automóviles.

Si Isabel no logra la apelación que tramitan sus abogados, dejará la prisión cuando Diego ya sea mayor de edad. En tanto no deja de darle vueltas en la cabeza que sus hijos mayores están a punto de convertirse en adolescentes y su madre no estará ahí para orientarlos, darles un consejo y escuchar sus problemas.

“Uno a veces dice que es muy duro estar preso, yo creo que es mucho más duro para la familia, por eso estoy echándole ganas para ser una mejor mujer, una mejor persona y una mejor mamá”.

Teresa

“Ella hace que mi vida sea más fácil, es mi compañía, mi razón de ser”. Teresa se convirtió en madre por tercera ocasión hace cuatro meses, con la diferencia que ahora ella y su esposo están presos.

Originaria de Camargo, una ciudad mediana al sur del estado, María Teresa Fierro Rodríguez proviene de una familia solvente, acostumbrada a vivir entre lujos y comodidades, hasta que su vida cambió y hoy su rutina está cobijada por la austeridad del uniforme gris, la compañía de otras tres internas en la misma celda y la estricta disciplina del penal.

“Era una interna muy rebelde, nos daba problemas, quería seguir mandando como cuando estaba afuera, pero desde que es mamá se convirtió totalmente en otra persona”, declaró una de las celadoras, quien ahora hasta dice tenerle mucho cariño.

A sus 33 años de edad enfrenta una sentencia de seis, acusada del delito de violación, ya que permitía que su marido abusara de una menor que les ayudaba en la limpieza de la casa, aun así siguen juntos como pareja y decidieron tener un bebé en la cárcel.

Valentina es la menor, sus hermanos tienen ocho y 12 años. En su corta vida, lo único que ha conocido son rejas, exclusas y cámaras de vigilancia; nació en el hospital del Cereso y su pediatra es un médico del sistema estatal de salud, el único autorizado para revisar a los seis niños que viven en este centro.

La familia convive durante unas horas los domingos, de lunes a sábado no hay visita. Salvo ese día, Teresa y su esposo, aunque permanecen a unos metros, no pueden verse, únicamente una noche al mes se les autoriza estar juntos. Son parte del mismo penal, mas pareciera que viven en diferentes mundos.

“No me arrepiento de que Valentina naciera aquí”, dice Tere antes de estallar en llanto. Luego se le pregunta por la vida de sus hijos que están “afuera”, y no pudo pronunciar palabra alguna.

Su sentencia terminará dentro de tres años, sus planes son que la pequeña se quede con ella hasta el último día. Luego ansía iniciar una nueva etapa, conseguir un trabajo y recuperar todo el tiempo perdido sin tener a sus hijos al lado.

María de Guadalupe

“Mis hijos sabían a lo que yo me dedicaba, estaban chiquitos y no decían nada, pero sabían que su mamá vendía drogas. Para ellos era normal, era mi modo de vida. Ellos saben que estoy aquí porque hice algo malo y lo aceptan, pero también lo sufren mucho, me piden a gritos que ya salga. Mi delito no lo pago estando encerrada, para mí el castigo es estar alejada de mi familia”.

Madre de cuatro hijos, María enfrenta cargos por robo de autos, aunque reconoce que su negocio” era la distribución de cocaína, sin embargo las autoridades no pudieron fincarle responsabilidades.

En la prisión vive con su pequeño Derek, de dos años, quien lleva una doble vida dentro y fuera del penal, ya que sale recurrentemente para convivir con sus hermanos y luego regresa de nuevo a las celdas, rejas y torres de vigilancia.

“Aquí él tiene mucho cariño, que le doy yo y mis compañeras, pero allá afuera le dan otras cosas: va a pasear, al cine, a comerse una nieve, le compran ropa”.

María reconoce que su hijo menor está creciendo en medio de la realidad que enfrenta su madre, pero la niña de seis años es la que más ha resentido la separación: “Ella sabe leer y se fija que ahí afuera está escrito Cereso femenil y su maestra le explicó que eso significa la cárcel. Me hace muchas preguntas que tengo miedo a contestarle; ella que es la que no sabía nada, la mujercita, la más inocente”.

Durante este tiempo ha hecho creer a su hija que el penal es una escuela en la que su mamá aprende a hacer manualidades y deportes, ya que es lo que la niña observa cuando acude durante los días de visitas.

“Cuando salgas de la escuela, mamita, ya voy a tener quien vaya por mí como mis demás compañeras, y ¿me vas a hacer comida tú, verdad?”, envuelta en lágrimas, Mary recuerda las palabras que su pequeña le repite una y otra vez cada semana cuando se ven.

Es sábado, día de visita familiar en el área que ocupa María, mientras Derek y su hermana juegan en un columpio y su papá los observa desde una banca, rodeado de otros padres, esposos e hijos de internas. Ella toma un respiro y explica que es consciente que sus “amores” tienen un grave daño emocional por su culpa.

“Están dañados desde el momento en que en la escuela les preguntan por su mamá, porque hay fiestas y yo no estoy con ellos. Yo sé que nunca va a ser igual, vamos a tener una buena relación, pero todo me lo tengo que ganar otra vez, empezar desde cero con ellos. Yo soy la que hizo el mal, yo soy la que estoy arrepentida”.

Por más de 12 años estuvo separada de su esposo, en ese tiempo fue que se involucró en actividades ilícitas, paradójicamente la reconciliación vino al caer en la cárcel, ahora su marido es el que vela por la familia.

“Con todo y lo mal que actuaba, yo siempre les dije a mis hijos mayores que yo vendía droga para que ellos nunca tuvieran que hacerlo, que no iban a ser como yo; ustedes van a estudiar, a tener un trabajo bueno, ustedes van ser personas de bien y un orgullo. Yo les fomente buenos hábitos y educación”.

María interpuso un amparo para que se le tomen en cuenta los días que ha trabajado en la cárcel como maestra en el taller de manualidades, si es procedente saldrá en libertad inmediatamente, de lo contrario quedarán dos años a su sentencia.

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