Paisanos generosos: Migrantes favorecen a Yucatán

Los migrantes de Oxcutzcab son tan espléndidos que sus familiares han podido construir casas y poner negocios. Mientras que los michoacanos envían, en promedio, 377 dólares al año, los yucatecos mandan 683
Al año de casado, Juan Carlos Chablé dejó a su esposa Martha para irse a trabajar a Estados Unidos, donde obtuvo recursos para construir su casa y un negocio propio: su mototaxi
02/05/2015
03:46
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Por Mely Arellano Ayala

Oxkutzcab, Yucatán

En el traspatio de su casa, doña Sofía Cocom está limpiando una gallina. Hay un cumpleaños y celebrarán con un almuerzo. Atrás de ella, una buena lumbre aguarda la olla donde se cocinará el caldo. Está sentada en un banquito muy bajo y sobre una mesa, va poniendo la carne ya limpia, desplumada. Lleva el cabello pintado de canas en una larga trenza y un vestido blanco, típico de la zona, con el cuello bordado y faldón.

A su lado está Juan Carlos Chablé Cocom, el menor de sus hijos varones. Él estuvo dos años y medio en Estados Unidos y ahora, para provocarla, le dice que piensa irse de nuevo.

—Tas loco —le contesta y amenaza—, ¿y si me muero, quién te va a devolver a tu mamá? Nadie.

—Mmm… tons, si me quedo ¿no te vas a morir?

—Pues sí, claro que sí, pero quién sabe cuándo.

—No te lo voy a decir cuando me vaya.

La advertencia del hijo cae en silencio. Quizás piensa en su hija, la mayor, que se fue hace 11 años y no la ha vuelto a ver, o en los nietos, a quienes no conoce.

Sofía Cocom es la esposa del sepulturero. Seguro sabe de muerte.

El abandono del pueblo

De Oxkutzcab parece que todos se están yendo. Tiene casi 30 mil habitantes. En Estados Unidos viven 14 mil, la mayoría en San Francisco.

Éste es un municipio en el sur de Yucatán, a un par de horas de la capital del estado, Mérida, donde 6 de cada 10 personas no terminaron la primaria y 7 de cada 10 viven en situación de pobreza.

Oxkutzcab se pronuncia Ósh-cutz-cab; y dicen que se llamó Ooxputcaj, que en maya significa “pueblo tres veces acarreado o fundado o que ha ido al éxodo tres veces”.

—¿Qué es lo que habla de mí? Lo que yo tengo, las cosas materiales que yo tengo. Si no tengo una casa, no soy nada —dice un funcionario municipal para explicar por qué se va la gente.

Y sí, esa es la respuesta común: hacer su casa. La gente se va a buscar lo que aquí no tiene, lo que no puede tener.

Yucatán recibe unos 120 millones de dólares al año en remesas. Si bien hay estados con mayor número de migrantes y por lo tanto de remesas, Yucatán los supera en la cantidad per cápita de envíos de dólares. Michoacán, por ejemplo, que ocupa los primeros lugares como expulsor de habitantes con 5.3 millones de personas en el otro lado, recibió 2 mil millones de dólares en 2013; mientras que Yucatán, con sólo 180 mil migrantes en Estados Unidos, recibió 123 millones de dólares (datos de Banxico); es decir, en promedio el michoacano envía 377 dólares, el yucateco 683.

Casa y mototaxi

A su regreso, él, Juan Carlos Chablé Cocom, le construyó la casa.

—Cuando me casé no tenía nada, con mis papás yo estaba viviendo y pues no nos sentíamos cómodos y ella me exigía, “vamos a rentar” o “haz mi casa”, decía. Y le digo “bueno, pues ta’ bien quieres tu casa, pero para tenerlo tiene que sufrir uno”. Y no quería, que yo me vaya. “Si te vas te dejo”, me dice. Un año de casados teníamos. Y así yo me arriesgué, “pues tú lo sabes —le digo— no te puedo obligar a estar conmigo si no me quieres”.

Ella, Martha, lo esperó.

Ahora tienen su casa, dos hijos, una nena de 5 años y un niño de 3, una deuda de 7 mil pesos y un mototaxi. En un buen mes gana 9 mil pesos. En San Francisco percibía alrededor de 22 mil.

Cuando se fue pagó 28 mil pesos al pollero, hoy le cobra 120 mil, lo mismo que cuesta su mototaxi, el medio de transporte por excelencia que sustituyó a los bicitaxis y que seguramente hace muchos, muchos años, sí era un negocio. Hoy ya no lo es. Él quiere volverse a ir.

El hotel Clásico

En Oxkutzcab, como en San Francisco, las calles tienen nombre de números. En la esquina de la 53 y la 58 del municipio yucateco está el hotel Clásico. Una construcción amarilla con detalles blancos, balcones de cantera en forma de pentágono y ventanas estilo victoriano.

Las tres habitaciones VIP tienen puertas blancas con encuadres dorados; en dos de ellas están pintados sendos tranvías, en la tercera, el Puente Golden Gate, iconos de San Francisco. El dueño es Fernando. Tenía 20 años cuando se fue a San Francisco. Era joven y soltero, enviaba hasta 800 dólares al mes a su familia.

Como muchos migrantes oxkutzcabeños, Fernando regresó varias veces. En su tercera estadía fue deportado.

La vez que lo repatriaron, Fernando estuvo un año en Oxkutzcab sin trabajo ni dinero. Al siguiente año volvió a entrar a Estados Unidos con una visa de turista. Cuando llegó a San Francisco dijo: “Gracias a Dios, estoy en casa”. Se quedó por siete años más.

En el restaurante vietnamita donde trabajaba lo admitieron de nuevo y comenzó a enviar dinero ahora para construir un hotel: el Clásico. Antes de terminar las 15 habitaciones que tenía previstas tuvo que volver. Lo hizo por su papá, don Nacho, un hombre que mantuvo a sus 11 hijos con el arreglo de bicicletas en la época dorada de los bicitaxis.

—Llegaste a San Francisco, dijiste “terminé con México, estoy en casa”, ¿qué cambió, qué te hizo volver?

—¡Ou, no, no! —el lamento que suelta es profundo. Intenta contenerse, pero las lágrimas se le resbalan.

Recuerda entonces que su papá los llevaba al bar sin importarle lo que dijeran, así de buena era su relación, así de cercana.

—“Don Nacho, ¿cómo puede venir con sus hijos a beber cervezas?” —le cuestionaban a veces en la cantina.

—Ese es mi problema —contestaba.

Y aunque Fernando dice que incluso si no hubiera muerto su papá habría regresado a Oxkutzcab, prefiere no hablar de San Francisco, ni mantiene contacto con sus amigos que siguen allá.

—Es que si voy, no regreso. Y no quiero dejar a mi familia.

Hoy, con una inversión aproximada de 250 mil dólares, el hotel funciona con 11 habitaciones, permite a Fernando ganar lo suficiente para mantener a su esposa y su pequeña hija, y además da empleo a sus hermanos.

Sólo tiene un problema: aun con casa y negocio en popa, extraña San Francisco.

La vivienda deshabitada

Mientras camina por la calle, don Medrano va señalando diferentes casas: hace 20 años se fue mi sobrino Vicente. Allá en la esquina vivía William. Mauricio vivía en esas tierras que se ven, subiendo, pero él está en Oregon.

En cada manzana hay por lo menos una casa deshabitada. Son estilo San Francisco. Construidas a dos aguas, con paredes de cemento que simulan ser de madera y dos pisos, tres o cuatro baños, terraza y hasta alberca.

—Están idos ellos, pero no pueden regresar a menos que salven sus papeles. Este Obama, no sé qué va a hacer o sólo es mentira —suelta una risa pícara.

El hijo de don Medrano vive en San Francisco desde hace 25 años. Allá se casó y allá nació su única hija. Desde hace 20 años, una casa grande y vacía, estilo victoriano, le espera. La construyó don Medrano con sus propias manos.

—Quiero que regresen por la casa que quiero que la habiten, y ya le dije “si te dan tus papeles, si no puedes quedarte fijo acá, pero vente constante, pides permiso”, que dicen que lo van a dar, a ver, ‘ora, está esperando, porque según dijo el periódico, desde que tenga 5 años uno, allá consecutivos, le dan sus papeles, pero él ya tiene años allá y peor si tiene hijos allá, entonces ya les dan un papel más fuerte para que puedan venir e ir otra vez.

La última vez que su hijo estuvo en Oxkutzcab fue hace 17 años.

Fátima y su papá

—Vivíamos en una casita de paja —explica Manuela Novelo, esposa de Moisés—, él me dijo “yo me voy a ir, no sé cómo pero me voy a ir”. Yo le dije que no, no quería que se alejara de nosotros, porque ella (su hija Fátima) estaba chica. Pero se tuvo que ir.

Ahora Moisés tiene casa, una camioneta, un coche y además un terreno donde siembran mandarina, limón, naranja, mamey y zapote que venden y consumen, y donde crían cochinos y gallinas. Pero nada de eso disfruta. Él sigue allá, en San Francisco, junto con sus dos hijos varones, donde acaba de nacer su primer nieto.

Su hija Fátima Díaz Novelo tiene 19 años y ha convivido dos con su papá. Es una muchacha tímida que estudia para ser abogada.

“Mi papá no ha estado mucho tiempo con nosotras”, explica Asunción, hermana mayor de Fátima. “Todo el tiempo ha estado lejos, pero nosotras sabemos que es por el bien de nosotras”.

—¿Y tú piensas que vale la pena?

—No podemos tenerlo todo en esta vida. Podemos tenerlo cerca, pero de qué vamos a vivir, en cambio, estando él trabajando pues tenemos para comer y todo.

Su modo propio

Oxkutzcab es un importante centro agricultor. Por su producción de cítricos se le conoce como “la huerta del estado”, y es un punto de comercio fundamental para la zona turística del Caribe mexicano.

Desde las 3 de la mañana y hasta las 9 de la noche hay quien vende y compra los huacales de naranjas, limones, chinalimas, limas y toronjas. El precio, puede empezar en 100 pesos y cerrar en 60, o al revés. Cada día. Sin vacaciones.

Eso lo mantiene vivo. Como un corazón, con su sístole y su diástole, constante y perfecto. Y aunque muchos de sus habitantes se estén yendo, siempre quedarán familias enteras que conserven ese modo de hablar que enloquecería a cualquier lingüista: verbos que se conjugan en un modo propio, presente que se usa en pasado y gerundios que no obedecen reglas conocidas. Pero con una cadencia, herencia del maya, que enamora.

* Reportaje producido en asociación con Round Earth Media, organización de la sociedad civil de Estados Unidos que impulsa a periodistas internacionales. (Con información de Mónica Ortiz).

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