Jornaleros purépechas hallan en California su american dream

Como un legado de César Chávez, la vida de miles de paisanos comienza a mejorar
Miles de trabajadores del campo han sido beneficiados por el gobierno de Estados Unidos, quien emprendió un programa para reubicarlos a través de un subsidio de 28 millones de dólares. Muchos de ellos ya se han hecho de una vivienda gracias a su trabajo.
20/04/2015
04:30
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Laura Sánchez Corresponsal

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Coachella, California, EU.— Rosa camina con zapatos altos, unas plataformas de corcho que la elevan al menos 30 centímetros. Lleva una falda negra de mezclilla hasta los muslos y deja al descubierto las piernas morenas. Una blusa rosa de tirantes sostiene sus pechos bien redondos.

Las uñas pintadas de rojo combinan con el cabello teñido color chocolate. Lo recoge en un chongo y un copete calado hasta las cejas, que deja al descubierto lo ojos grandes, negros. Rosa recién cumplió 16 años.

Es hija de una mujer que viste un chaleco bordado, falda de manta hasta los tobillos; de cara achatada, piel cobriza y unos 70 kilos de carne que carga en un cuerpo breve, y de un hombre chaparrito que trabaja en la pizca de uva y zanahoria.

Viven en Coachella, una pequeñísima ciudad localizada al este de California, en Estados Unidos. Un lugar del que probablemente nadie sabría de su existencia, y sólo es visible cada abril cuando se anuncia el line up: los nombres de los artistas que se presentarán en su ya célebre festival musical.

Ella, sus padres y tres hermanos son purépechas: llegaron de Michoacán antes de que Rosa entrara al preescolar. Viven en una casa móvil instalada en un área residencial llamada Mountain View Estates.

Son las cinco de la tarde y todos están en casa. Rosa está pegada a un teléfono inalámbrico desde hace unos 15 minutos. Ríe y se escucha una voz masculina del otro lado. Hablan rápidamente en inglés. Desde la cocina su madre grita palabras en purépecha.

Rosa azota la puerta despistadamente, tiene prisa: ha llegado un amigo en un Camaro nuevo, un auto deportivo color plateado, pero lleno de tierra roja. El joven flaquito de bigote ralo arranca y se pierde en una carretera flanqueada por palmeras de dátiles.

Su padre desde la ventana mira, pero no se inmuta: el patriarcado purépecha —donde la mujer andaba con las enaguas hasta los pies— se disemina lentamente en Coachella: una comunidad de jornaleros que finalmente ha comenzando a vivir el american way of life, gracias a la pizca.

Favelas del desierto. Al este del Valle de Coachella se localizan varias comunidades que concentran altos índices de pobreza. Es un contraste, comparado con la contribución que aportan los jornaleros, que trabajan de seis de la mañana a las cinco de la tarde en el sector agrícola.

Desde aquí, se producen más de 526 millones de dólares anuales en frutas y verduras: dátiles, mangos, fresas, moras, duraznos, uvas, pueden verse en el valle de vistas enormes. Hasta 2013 —para miles de jornaleros en su mayoría purépechas— dolía el recuerdo de aquella tierra que dejaron. Pero hoy, ya no la extrañan tanto, porque han comenzado a vivir, ese que parecía un cliché: el sueño americano.

El sueño llegó tras una tormenta. La lluvia pegó el 11 de septiembre de 2012. Vientos tormentosos inundaban los “parqueaderos”, enormes extensiones de tierra que eran arrendadas por las tribus de indios locales.

Unos 4 mil jornaleros vivían en cuartos hechizos o rentaban por unos 300 dólares una destartalada casa rodante. El lugar más concurrido se llamaba Los Duros, un asentamiento que se situaba a un costado de un vertedero ilegal de desechos orgánicos.

Una favela en el desierto: de calles lodosas, jaurías que de vez en vez mordían a los niños. Donde había que soportar el calor que alcanzaba los 40 grados centígrados, y el olor nauseabundo del vertedero que causaba raras enfermedades respiratorias a los más pequeños.

Rosalío Cruz, michoacano que llegó hace más de dos décadas, dice que en sus pueblos se vivía mejor, pero el trabajo en el campo los obligaba a soportar esta miseria.

Hasta tres familias, con cuatro o cinco hijos, vivían en la casa móvil, sin aire acondicionado en un espacio de unos tres por tres metros.

Los jornaleros necesitaron morir para luego existir: por eso el gobierno federal de Estados Unidos decidió emprender un programa sin precedentes, reubicar a miles de familias de jornaleros a través de un subsidio de 28 millones de dólares, pese a que en su mayoría eran mexicanos indocumentados.

Mountain View. Al llegar al este de la ciudad de Coachella pareciese que te encuentras un oasis en pleno desierto. Miles de palmeras flanquean los caminos, y en la punta, jornaleros se tambalean a más de nueve metros de altura, para tratar de cortar los dátiles que penden de ellas.

Pero no tienen miedo: los motiva el salario de 10 dólares por hora, unos 140 pesos. José llegó de Michoacán hace más de 15 años. Dice que los palmeros aprenden desde chiquitos a perderle el miedo a la altura; así como lo hace un volador de Papantla, pero ellos trabajan sin mecate.

Don Lupe, un sonorense que se ha pasado la vida trabajando en el mantenimiento de las grandes casas de Coachella. Cae la tarde del sábado, empiezan a aparecer como manada miles de mosquitos. El sol se empieza a ocultar, pero su fogaje permanece concentrado en las calles.

Don Lupe advierte que estamos apunto de entrar a Mountain View, ese fraccionamiento construido para miles de jornaleros mexicanos.

Entonces señala un letrero con luces amarillas, muy elegante. Perece la entrada de un hotel.

—“Ahí está, ¿cómo la ves? Parece resort. Son 181 viviendas —dice.

El portón color chocolate se abre. Pequeñas palmeras y rosas blancas adornan la entrada. Un Chrysler blanco con rines plateados y vidrios polarizados entra apresurado. Es un carro que aún brilla y lleva placas de California.

En una de las primeras casas: se estaciona un hombre chaparrito con el rostro ennegrecido, gorra percudida y un pantalón tieso jaspeado de mugre. Viene del deshierbe de la uva. Don Lupe dice que desde que viven en Mountain View, ya no tienen que preocuparse tanto, pues ahora los jornaleros más jóvenes han comenzado a comprar carros semi nuevos, que luego van pagando en abonos.

En Mountain View parece que has llegado a un set de los Estudios Universal, donde se filma una película que abordará el estilo de vida californiano. Ese de palmeras, casas playeras con porches de madera y hasta de patio con jardín en el que se poda todos los días el pasto.

El molde de casas californianas para jornaleros consta de tres recámaras, cocina integral, sala, comedor y dos baños. En el fraccionamiento hay una casa club, que cuenta con áreas donde se imparten clases gratuitas de inglés y un centro de cómputo.

Campos de futbol, gimnasio y un área para correr. Todo esto desconocido para muchos jornaleros que jamás habían tocado una computadora: les resultan desconocidos esos grandes armatostes para hacer ejercicio, y otros todavía tienen que gritar a un familiar para que les abra el portón, porque desconocen como se “pica ese aparatito que abre la puerta”.

"Alcancé el sueño". Armando vive en la casa 121 de Mountain View. Ha llegado de trabajar en la pizca de la uva: viste un pantalón caqui y una camiseta del equipo de la preparatoria local, los pumas y una gorra de San Francisco.

Llegó hace unos 10 años de manera ilegal, también de Zamora, Michoacán. Fue reubicado con sus primos de Los Duros hace un año.

Cuando se viene de un pueblo, muy pobre de México y se llega a un lugar que parece basurero, hablar de pavimento lo emociona.

“Cambió todo para nosotros, se desesperaba la gente de vivir así y había un chingo de desmadre. Mucha delincuencia, robos, drogas. Aquí hasta alarma tenemos, además de un código en los carros“, dice.

Platica en su patio, y en la reja que divide su casa del vecino se enreda una buganvilia color rosa.

“Siento que logré el sueño americano, lo que yo quería cuando salí, como vivía antes allá y aquí no hay comparación, pero lo más bonito que he podido hacer es ayudar a mi mamá y mi papá en México”.

Continúa la lucha. Actualmente, organizaciones como La Unión de Campesinos de César Chávez continúa luchando por los derechos de los trabajadores en el Valle de Coachella, donde hace más de 50 años comenzara la lucha de los jornaleros.

Otros como Pueblo Unido, es un proyecto que ha documentado los peligros ambientales a los que está expuesta la comunidad migrante. Trabajan en programas para llevar agua purificada a los parqueaderos y pavimentar la entrada de vehículos de tierra en unos 40 parques de casas móviles.

La Unión de Campesinos estima que en Coachella viven y trabajan unos 80 mil campesinos. La vida para muchos empieza a mejorar y con ello a incluir nuevos usos y costumbres.

Al salir de Mountain View un joven acelera en su mustang rojo. El sonido del motor rivaliza con un corrido que suena en su estéreo:

“La vida es más difícil cuando no hay dinero/ pero ahora yo ya no soy un don nadie”.

 

 

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