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Chatarra para vender juguetes

La nueva cinta de Transformers sólo marea al espectador y carece de coherencia narrativa; Michael Bay ya no está inspirado
Lo único rescatable de esta cinta es la fotografía (CORTESÍA)
20/07/2017
00:06
José Felipe Coria
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El cine chatarra es estridente y se hace para lucir su colosal producción de más de 200 millones de dólares con innumerables efectos especiales. Pero al igual que los cuatro previos dedicados a los Autobots y Decepticons, Transformers: el último caballero (2017), filme 13 de Michael Bay, a pesar de su elegante foto (del francés Jonathan Sela), es dramáticamente insustancial y absurdo.

Bay pretende transformar, bajo la parafernalia de una cámara que salta y se marea, la ausencia de coherencia narrativa.

Esta secuela tiene un trasfondo, dizque mitológico, sobre la tecnología de origen extraterrestre que existe entre nosotros desde tiempos inmemoriales. Esta vez se supone que los transformers fueron parte de los caballeros de la mesa redonda. Como en toda cinta chatarra, ésta recicla los desechos de El rey Arturo (2017, el impresentable bodrio del ahora mediocre estilista pretencioso Guy Ritchie).

Sir Edmund Burton (Anthony Hopkins, con la dignidad mendicante de un gran actor haciendo el ridículo en un papel secundario), explica desconocidos pormenores de la leyenda artúrica y por qué existen lugares como Stonehege. A su vez, la bella Viviane (Laura Haddock) encarna parte del mito en la futilidad de enfrentar a los transformers. La acción contra los transformers recae, otra vez, en el chatarrero Cade (Mark Wahlberg) y los patiños Cogman —robotito al servicio de Burton—, y la tierna Izabella (Isabela Moner).

Esta cinta, ligeramente mejor a la previa, Transformers: la era de la extinción (2014, Bay), tampoco es tan coherente. Bay ya no dirige con inspiración; elige la estridencia de la chatarra destrozándose, la megalomanía de una historia diminuta cada vez menos interesante. Hace, pues, vil chatarra visual para promocionar juguetes.

Antaño el cine francés proveía historias que en otras latitudes se rehacían. Ya no es el caso.

Dos son familia (2016), segundo largometraje de Hugo Gélin —tras su debut en la comedia Comme des frères (2012)—, con ayuda de Mathieu Oullion y Jean-André Yerles, aclimata a Francia el argumento de No se aceptan devoluciones (2013, Eugenio Derbez), agregándole humor, pero conservando su gustado tono melodramático.

Al igual que la celebrada cinta mexicana, la historia trata sobre cómo Samuel (Omar Sy), un reventado irresponsable, de súbito tiene que ocuparse de una bebé que le deja su ligue ocasional Kristin (Clémence Poésy, la famosa Fleur Delacour de Harry Potter y las reliquias de la muerte), y que al volverse la adorable Gloria (Gloria Colston) lo transformará para bien.

Este curioso filme reciclado busca el mismo impacto del original. No emocional; de taquilla. Gélin dirige rutinariamente una cinta que tiene idéntica novedad a la de una mala fotocopia. Porque es imposible extraer de una película de segunda, un filme de primera.

Cinta de bajo presupuesto, minimalista al extremo, En la mira del francotirador (2016), noveno largometraje de Doug Liman, con angustiante guión del debutante en cine Dwain Worrell, es una pieza para tres personajes: el herido Matthews (John Cena), su compañero de armas Isaac (Aaron Taylor-Johnson) y el francotirador (Laith Nakli) frente a un muro que está por desmoronarse.

Metáfora sobre la guerra de Irak, o sobre la obsesión bélica estadounidense, es un brillante ejercicio de tensión asfixiante en un espacio que se transforma con el paso del tiempo bajo el sol que cae a plomo (gracias a la traslúcida fotografía en 16 mm del muy inspirado moscovita Roman Vasyanov).

Entretiene al ser una ingeniosa anti-superproducción.

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