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Franco acierta, Meghie falla

Ambos directores muestran dos formas de contar historias; la del mexicano destaca
Las hijas de Abril muestra la disfunción familiar (CORTESÍA)
22/06/2017
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José Felipe Coria
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Cada historia puede contarse con ciertos convencionalismos narrativos. Por ejemplo, el estilo melodramático podría ser eficaz en un relato intimista que involucre tres mujeres: una madre y sus dos hijas. Pero en Las hijas de Abril (2017), quinto largometraje como autor total del multipremiado mexicano —convertido en vanguardia estilística a nivel mundial— Michel Franco, la premisa rehúye el melodrama para dejar en carne viva la situación existencial que viven los personajes.

Las hijas de Abril trata de cómo la embarazada adolescente Valeria (Ana Valeria Becerril) aparentemente no podría con la responsabilidad. Al igual que en sus otras películas —Daniel & Ana (2009), Después de Lucía (2012) o El último paciente / Chronic (2015)—, Franco trastoca las apariencias cotidianas.

Así, la situación de Valeria y Clara (Joanna Larequi) cambia radicalmente en cuanto aparece Abril (la española Emma Suárez haciendo el papel contrario al que interpretara en Julieta [2016, Pedro Almodóvar]). Ella replantea qué significa ser “solidaria” con sus hijas llevando al límite la disfuncionalidad de su familia.

La convencional solución que podría estar en un melodrama, la gélida estilización de Michel Franco, ya con características propias, identificables, maduras, opta por una narrativa seca, de planos mínimos, acciones mesuradas, sin atisbos de patetismo, pero eso sí, con interés por hurgar en las heridas profundas en la vida de Abril y sus hijas. Al evitar cualquier variante melodramática hace una cinta dura, difícil, compleja.

La austera pero inspirada fotografía de Yves Cape, al servicio de resaltar las contenidas actuaciones de las protagonistas, convierte a este filme en un ejercicio desgarrador sobre lo maternal (o su ausencia).

Ganador del Premio Especial del Jurado en la sección Una Cierta Mirada de Cannes este año, Franco es de los directores que se ha conservado fiel a sí mismo y que, al no modificar los parámetros de su estética, permite que sus historias tengan una personalidad con la que conforma parte del mosaico fílmico sobre el alma nacional. Una cinta ambiciosa, certera e inquietante.

En el lado opuesto a la película de Franco está Todo, Todo (2017), segundo largometraje de Stella Meghie que cuenta la historia de Maddy (Amandla Stenberg), conmovedora y tierna chica que padece una enfermedad insólita, el Síndrome de Inmunodeficiencia Combinada Grave (o “síndrome del niño burbuja”), que le impide salir de casa por el patológico temor de su madre Pauline (Anika Noni Rose) a que cualquier microbio —una simple gripe— la mate. Aislada del mundo, Maddy cuenta tan sólo con la cómplice compañía de su enfermera Carla (la mexicana Ana de la Reguera). Claro, en cuanto aparece el guapo y ultra sensible vecino Olly (Nick Robinson), del que se enamora a distancia, Maddy hace planes de fuga vital hasta que, ¡pero por supuesto!, suceden las previsibles consecuencias.

Si Franco hace una película que se sostiene en la contención, Meghie prefiere lo edulcorado para melodramáticamente sublimar un romance adolescente donde todo funciona artificialmente.

Para conseguirlo el guión de J. Mills Goodloe (el mismo del melodrama antiedad El secreto de Adaline [2015, Lee Toland Krieger]) hace malabares en este ejercicio de cursilería que tenía en su primer acto algo de contención y profundidad. Pero se decanta por lo lacrimógeno.

Dos películas de estilos contrarios; dos concepciones diferentes de la vida en situaciones cinematográficas extremas.

Franco acierta, Meghie falla.

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