La crisis diplomática con Estados Unidos deja en claro que la mejor política exterior no es la interior, como tanto se ha insistido en el discurso de este sexenio. Las condiciones internacionales, los intereses y las carencias de otros países inciden en el nuestro con su lógica propia, como ya lo estamos viendo en esta difícil etapa.

La política exterior de México requiere de una cirugía mayor, alta visión estratégica y un despliegue regional y global sin precedentes en memoria reciente.

La política exterior no ocupaba un lugar ni medianamente relevante entre las prioridades del gobierno de la 4T. En los planes de gobierno apenas se le menciona, si acaso invocando los principios tradicionales de la diplomacia. Pero de pronto se ha convertido en el centro de la acción y las preocupaciones esenciales del Estado mexicano. La crítica situación que México enfrenta ante la superpotencia del norte está modificando a marchas forzadas la utilización de la Guardia Nacional, reclama mayores recursos para el control migratorio y la atención de refugiados, al tiempo que sitúa bajo una fuerte presión a las ciudades de nuestras dos fronteras.

En unos pocos días, desde la amenaza arancelaria de Trump, la agenda mexicana ha virado hacia una serie de asuntos y temas que no formaban parte de las prioridades de este gobierno.

El agravante es que cada 45 días estaremos sometidos a un examen unilateral, sujeto a los caprichos y las necesidades políticas del ocupante de la Casa Blanca. Las presiones y el chantaje que aplica Washington demandan una agilidad e inversión inéditas en nuestra diplomacia. De ello depende el futuro inmediato de México.

La atención de nuestro gobierno se ha concentrado en despejar la amenaza de los aranceles y en cumplir con lo exigido por Estados Unidos en materia migratoria. Sin embargo, la pieza clave faltante, el gran ausente es la interlocución de México con los países centroamericanos que son la fuente primordial del problema. El fenómeno que hoy vivimos es de naturaleza regional, desde el Istmo Centroamericano hasta Estados Unidos. Es un problema que involucra al menos a cinco países, no sólo a México.

Pero ante esta realidad, no se ha dado una convocatoria mexicana para reunirse al más alto nivel con las contrapartes centroamericanas. Dentro de los escasos 40 días que quedan antes del próximo examen estadounidense, México necesita realizar un enorme despliegue diplomático con los tres países del Triángulo del Norte y con las instituciones interamericanas y multilaterales más relevantes para confeccionar planes y compromisos conjuntos. Es urgente que nuestro presidente convoque a sus pares de El Salvador, Honduras y Guatemala para desarrollar una estrategia de salida a esta crisis y para generar alianzas y acciones conjuntas con la comunidad internacional. Si México no incluye en la ecuación a Centroamérica, no habrá forma de resolver un problema que hoy por hoy nuestro país está enfrentando en solitario.

Internacionalista

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