ARIZONA, EU.— Estoy completamente empapado de agua helada, mis manos empiezan a doler por aferrarme a la balsa y mi garganta empieza a cerrarse de tanto gritar. Estoy feliz. Podría parecer una contradicción pero no lo es, porque a eso vine: a subirme a un gran bote inflable y navegar el Río Colorado, que avanza por el Gran Cañón y cuya corriente agitada hace que mis siete compañeros estén o increíblemente contentos o a punto de rezar para que esto termine.

No es una experiencia fácil, pero sí emocionante. No es fácil porque en algunos tramos la corriente alcanza velocidades que sitúan a los rápidos en una categoría III de IV posibles. Eso significa que el bote da tumbos como si estuviéramos en el lomo de un caballo salvaje y que abrir la boca, aunque sea mínimamente, sea casi imposible, si no se apetece un trago de agua terrosa. Eso, para cualquiera al que le guste un poco de adrenalina, es fascinante. Aunque la travesía también lo es para quien prefiere tranquilidad y paisajes de fotografía.
Porque no todo es gritos, velocidad y aferrarse al borde de una balsa inflable que capitanea un experto miembro de la tribu Hualapai, quienes han vivido en la zona desde hace siglos.

Después de la zona de rápidos también hay momentos de mucha paz, de ver carneros en libertad caminar en posiciones imposibles en los acantilados y, sobre todo, de viajar entre paredes de piedra que parecen no acabar y de formaciones rocosas que hacen pensar que un sitio así no pertenece a la Tierra.
Cuando termina el recorrido en bote y la adrenalina empieza a irse del cuerpo, lo que sigue es un paseo en helicóptero para ver uno de los espectáculos naturales más impresionantes del mundo. Entonces, la suma de todo hace que sonrías cada vez que recuerdas lo que viviste ahí.

Ese espectáculo es, por supuesto, el Gran Cañón. Después del viaje de casi una hora a bordo de la lancha para 10 personas —también se puede ir en un kayak u otro bote más pequeño—, y del vuelo de unos 10 minutos en un helicóptero, camino por el Skywalk: un andador con piso transparente en el cual, voltear hacia abajo es un acto de valentía que poco después se convierte en una de las mejores vistas que he tenido en la vida.
Arizona es un sitio de emociones duras y extremas. También es un lugar donde, después de domar los rápidos y volar en helicóptero puedes conocer el piano en el que John Lennon compuso “Imagine” o tomar un vino blanco que nada envidia a los de Napa Valley, en California.

HERRAMIENTAS

Datos curiosos del Skywalk
Es una plataforma en forma de herradura que está a mil 200 metros de altura sobre el Gran Cañón. La estructura es de acero, pero el suelo es de cristal —y tiene el suficiente grosor para que no tengas que preocuparte de nada— y sobresale del borde del precipicio aproximadamente 22 metros. Es lo más cercano que estarás a sentir que flotas en el aire. Su página señala que está hecho para soportar 70 toneladas y vientos de hasta 160 kilómetros por hora. Paquetes desde 43 dólares.

Web: www.grandcanyonskywalk.com y www.grandcanyon.com

Vuelos
Aeroméxico cuenta con vuelos directos de la Ciudad de México a Phoenix. El tiempo estimado es de tres horas. Las salidas y llegadas entre semana son más económicas.

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