Se encuentra usted aquí

¡Precaución! Acceso restringido

Con mi clóset, con mi cama y con mi dieta mejor ni te metas, papá. Suena rudo, pero es mejor así.
19/06/2015
18:18
Bernardo Hernández
-A +A
¡Ay, los papás! ¿Será posible llegar a comprenderlos en su totalidad algún día? La verdad, no lo creo. De hecho, me parece que parte sustancial de la dinámica entre un padre y su hijo es cierto nivel de incomprensión mutua que, en el mejor de los casos, se diluye con una buena dosis de amor y, sobre todo, respeto. Pero ganarse el respeto de papá es una labor que, a veces, no logramos concretar como realmente quisiéramos.
 
Algo es seguro, a papá pocas veces se le da gusto, más aún si se trata de nuestro look. Por regla general, los problemas empiezan en la adolescencia, cuando uno anda con el diablo en el cuerpo, las hormonas en plena ebullición y una confusión mental que, con bastante frecuencia, se traduce en unas fachas indescifrables e incomprensibles. No obstante, otra regla de oro es la siguiente: mientras más critique un padre a su hijo, peor se pone la cosa.
 
Ejemplo: si el progenitor le prohíbe a su varoncito que use un discreto pendiente, sin darle otra explicación que la consabida frase “en esta casa sólo las mujeres usan aretes”, en menos de lo que Kim Kardashian comete otro atropello visual, el púber en cuestión decidirá, en un gesto de “obediencia insumisa”, quitarse el aretito de la oreja y, como desquite, llenarse de piercings del cuello para abajo, incluyendo en su repertorio corporal un inquietante Prince Albert. Es oficial: basta con prohibir algo para que se vuelva una obsesión y, después, quizá hasta una necesidad. Cualquier parecido con la política antidrogas de nuestro país es mera coincidencia…
 
Pero después del tsunami hormonal e ideológico de la adolescencia, y tras la tempestad de la “edad de la punzada”, la situación suele estabilizarse un poco, y los patriarcas de las respetables familias mexicanas respiran aliviados cuando ven que su progenie no anda por la vida emulando el comportamiento y la indumentaria de Sid Vicious, David Bowie (en los 70), Lady Gaga o alguna otra fulgurante estrella del rock. Pero no hay tregua que dure 100 años, ni chamaco que la aguante.
 
Por lo tanto, en cuanto la palabra “independencia” se cuela en el bolsillo de los jóvenes, y en el panorama se vislumbran las delicias de la libertad, la mesura vestimentaria desaparece como por arte de magia. Sin embargo, y pese al transcurso de los años, la relación padre-hijo seguirá más o menos igual: desaprobación soterrada o medianamente light por parte del primero, y provocación medianamente descarada a cargo del segundo. Y aquí poco importa la brecha generacional, el nivel económico, el momento histórico y todas esas chuladas que los sociólogos insisten en sublimar. A los papás, que no así a las mamás, pocas veces les gusta (¿entienden?) la manera de vestir de sus hijos.
 
Pero la figura paterna va más allá del entorno familiar. En el sistema de la moda, por ejemplo, la intimidante figura de Bernard Arnault, presidente del grupo LVMH, se podría equiparar con la de un padre bastante riguroso. Al respecto, habla el diseñador Christian Lacroix: “John Galliano tuvo su particular historia de desencuentros con el todopoderoso Arnault, quien le exigía una hoja de balance que nunca cuadró. En 20 años, la marca Christian Lacroix nunca obtuvo beneficios […] Quizá fui demasiado optimista y no medí la impaciencia de monsieur Arnault; es un hombre impaciente. Mi trabajo requería ser digerido. Tras mi primer desfile, en 1987, me preguntó dónde estaban mis diseños atemporales. Yo argumenté que necesitaba tiempo. Fui un tonto. Estaba equivocado porque, mirando atrás, todo lo que hizo a la maison famosa ya estaba ahí”, indica Lacroix.
 
La rebeldía y la búsqueda de la identidad son, tal vez, los dos factores principales que llevan a un hijo a desafiar las reglas impuestas por su padre en materia de apariencia, de tal modo que la imagen se transforma en un campo de batalla conceptual y experimental, en el cual, tras cruentas batallas, la bandera de la victoria hondea en el territorio de quien asume que la moda, como la vida misma, es un sendero cuesta arriba. Pero cuando llegamos a la cima descubrimos que la vista es realmente maravillosa, y la enseñanza, indeleble: vale la pena luchar por expresar lo que somos.  

Mantente al día con el boletín de El Universal