Ortuño apuesta por una literatura bélica

En los relatos de La vaga ambición, el ganador del Premio Ribera del Duero propone la escritura como método de resistencia
Antonio Ortuño escribe con la convicción de confrontar la violencia. (CRISTOPHER ROGEL BLANQUET. EL UNIVERSAL)
14/07/2017
00:23
Yanet Aguilar Sosa
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Antonio Ortuño está en cada uno de los 13 libros que ha escrito, en cada novela, volumen de relatos, en la historia para jóvenes e incluso en el libro álbum para niños, pero nunca antes con tanta conciencia había estado en el corazón de las seis historias que conforman La vaga ambición (Páginas de Espuma), un libro de relatos que tiene a un protagonista único, Arturo Murray, y a través del cual plantea varias preguntas y llega a varias respuestas sobre la escritura, la literatura y el quehacer literario.

“Yo no quiero complacer lectores dándoles siempre lo mismo, no quiero que el lector ya sepa lo que va a encontrar en el libro que acabo de publicar. No quiero escribir el mismo libro mil veces. Me interesan los temas políticos y sociales, me interesa la sátira, me interesan los textos de pura imaginación, y en este caso es un libro mucho más literario y mucho más impregnado de experiencia personal como en ninguno de los otros que había escrito”, afirma el narrador nacido en 1976.

En este libro que obtuvo el V Premio Ribera del Duero, Ortuño propone la escritura como un método de resistencia pero también como un festivo lamento irónico y satírico. Sabe que la literatura ofrece respuestas provisionales para problemas eternos como la vida, la condición humana, los avatares sociales, las injusticias, pero todas son parciales y se agotan porque tienen que ver con las ideas y las emociones.

“Durante mucho tiempo he tenido estas ideas que son un poco irónicas, pero también bastante sinceras, de una posición bélica; de la literatura como una forma de defenderse de toda la violencia que se abate sobre nosotros. Uno se defiende a golpe de teclado, eso no significa que sea un manual literario aplicable a la poética de todos los escritores o que sean grandes verdades literarias, son respuestas parciales sobre circunstancias concretas”, dice.

Ortuño ha trabajado mucho y durante muchos años, desde sus tres primeros libros publicados: El buscador de cabezas, El jardín Japonés y Recursos humanos se ha exigido diferentes intentos por dominar un tono y una estética, y crear una especie de mundo narrativo.

“Después de esos tres libros los que han venido han sido muy diferentes en intenciones, en lenguaje, en búsquedas literarias, incluso en ciertas posturas literarias que tienen mucho que ver con la observación social y política, libros que son de sátira sobre arte, libros que tienen que ver con la violencia y textos más fantasiosos, imaginativos, incluso una novela juvenil, El rastro, que tiene que ver con memorias personales de juventud, todos son caminos distintos porque la literatura es inagotable”, señala el único mexicano elegido por la revista Granta, en 2010, como uno de los mejores escritores jóvenes en español.

El también autor de La fila india y Méjico evita repetirse. “A lo mejor estaría vendiendo un montón de libros si hubiera hecho La fila india 2, el regreso de los migrantes vivientes, pero para mí no tendría sentido porque ya hice un libro con una cierta intención, con una cierta metodología, con una cierta postura literaria. No trato de construirme una especie de nicho. Cada libro para mí es la posibilidad hasta cierto punto de reinventarse porque lo que ya tiene uno instalado, las obsesiones, los fantasmas, el interés por ciertos temas, cierto lenguaje, lo combato, no quiero que se vuelva arterioesclerótico”.

Los seis relatos de La vaga ambición crecieron como idea y como proyecto en convivencia con varios de sus libros porque los fue escribiendo a intervalos a lo largo de varios años. “Cuando decidí escribirlos hice una cosa rara, abrí seis archivos y me puse a escribir seis cuentos al mismo tiempo, iba saltando de un cuento al otro y volvía para cuidar dos cosas: los lazos entre los cuentos, tenía muy claro que quería una estructura de cuentos relacionados, y también cuidar las diferencias”, afirma el narrador que esta vez se impuso una construcción diferente en el lenguaje y en la estructura, pero en los que no falta la ironía porque tiene que ver con la manera en que él ve el mundo, el lenguaje y la literatura.

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