En Oscar Wilde identifiqué un amigo: De Villena

En el escritor inglés se concretó su estilo literario y de vida
En los años 70, José Antonio de Villena abrió la brecha para que otros escritores abordaran la cultura gay en su obra. (IVÁN STEPHENS. EL UNIVERSAL)
06/05/2017
00:21
Omar Paredes
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Luis Antonio de Villena es un dandi de estilo escandaloso. Amante de las pañoletas y las sortijas brillantes, él es un narrador de recuerdos. Heredó la tradición de la poesía española contemporánea y la unió a la grecolatina, vertiendo en ella una insistente búsqueda de libertad y placer que alimentó con exaltación, casi mitológica, de la belleza y el cuerpo.

El madrileño, con 65 años, no tiene problema en vestir como lo hacía a los 15, edad en la que asumió se convertiría en un personaje, como Oscar Wilde; ni con compartir capítulos de su vida personal, como cuando un “jovencito mexicano” de apellido Bracamonte lo cautivó en 1974. Ríe y se ruboriza al confesar que aquel chico no es el único que ha robado su atención en este país.

De Villena no sólo es poeta, es ensayista, narrador, crítico y traductor. A los 19 años escribió su primer libro de estilo neobarroco esteticista, Sublime Salarium. Recibió el Premio Nacional de Crítica en poesía de España, en 1981; el Premio de poesía Generación del 27, en 2004; y el Premio Internacional de Poesía El Viaje de Parnaso, en 2007. Ahora publica En afán desmedido, antología que recupera poemas de sus libros anteriores.

 

¿Cómo descubrió la poesía?

Mi acercamiento a las letras fue muy temprano y no empezó en la poesía, que fue lo más curioso. A los 12 años leí un manual de mitología clásica, de dioses griegos y romanos. Leí el libro y me gustó. Aquello de lo pagano, de los dioses y sus amoríos me pareció ideal. Enseguida tuve la intención de escribir algo así, pero, claro, sólo un ensayo, que aunque muy pequeño, ya era un esbozo de ensayo. Escribí algo y lo dejé porque me di cuenta que no podía decir nada, pero me quedó la sensación de que yo quería escribir y que, sobre todo, quería ser sabio, y lo único que me llevaría a eso era hacer ensayos que transmitieran la sabiduría de un mundo clásico, de belleza, de libertad, pero sobre todo de sensualidad, que aunque yo en esa época no había tenido ninguna experiencia sexual, sí sabía que existía algo sensual.

¿De dónde surgió la inquietud de ser poeta?

Yo quería ser sabio y leí una biografía de Petrarca, quien fue un poeta italiano del pre Renacimiento. Petrarca, al igual que yo, quería ser sabio. Descubrí que él había escrito poesía a una mujer llamada Laura. Yo, con cierto estupor, pensé que para ser sabio habría que escribir poesía y sonetos, así que me propuse escribir sonetos. Como Petrarca los dedicaba a Laura, yo busqué a una señorita. Por aquel tiempo tenía una vecina linda llamada Susana, que en español es una rima fácil. Así fue como comencé a escribir poesía.

¿Cómo se convirtió en dandi?

Debo decir que yo no sabía que era gay, sabía que era un niño distinto. En el colegio de varones todos salían a jugar futbol y yo no. Eso me hacía distinto, pero no gay en ese momento. Quizá mis compañeros adivinaron que detrás de eso existía algo gay en mí, aunque yo no tenía un sentimiento homosexual, que por supuesto tuve después, pero en ese momento ellos me rechazaban por el hecho de ser distinto. Cuando leí la biografía de Oscar Wilde en unas vacaciones, decidí al curso siguiente, con 15 años, vestirme con cosas un poco raras, sortijas, corbatas de colores y flores. Eso era ideal para que los cretinos pudieran haberse metido conmigo, llamarme “mariquita”, como venían haciendo por años, pero al contrario, quedaron quietos, no es que yo fuera su ídolo, pero me respetaban porque yo era la encarnación de la literatura, del arte.

¿Qué encontró en Wilde?

Identifiqué a un amigo. Él había sido gay, le gustaba la literatura decadente y, además, vestía estrafalario, y eso me gustaba. Con Wilde tenía muchas cosas en común. Descubrí a un literato que tenía que ver mucho conmigo. En Wilde se concretó mi idea de escribir, además, también mi cambio de un adolescente tímido a un uno sin introversión. Recuerdo que en clase de biología, de manera espontánea, asumí una postura y ademán como si estuviese posando para una escultura gloriosa. Mi profesor me preguntó: “¿Qué hace?”, yo respondí con un tono sublime y literario: “Esteticismo”, pues me parecía que era una palabra muy prestigiosa. El hombre, que era un cura joven, se quedó asombrado, primero porque él no era de letras y la palabra “esteticismo” le parecía asombrosa en boca de un chico de 15 años. El maestro, paralizado, respondió: “Ah, bueno”, y continuó con su clase y yo en mi pose “estiticista”.

En su poesía hay humanismo.

No sabría decirlo. Yo creo que la literatura surge de la vida y de las lecturas. Hay autores que dicen que la literatura es abstracta, que sólo es una idea que no tiene que ver con nada, pero yo no creo que nada que esté en la inteligencia no haya estado antes en los sentidos. De alguna manera mi poesía es sobre cosas que he tocado, que he sentido, que me han gustado. Por ejemplo, durante muchos años salí de noche, iba a bares y fiestas, me enteraba de cómo vivía mucha gente, gente joven que me contaba sobre sus aventuras, algunos de ellos muy marginales; entonces elaboraba sus historias, las mezclaba con asuntos literarios, con novelas que había leído antes y personajes. Creo que en mi poesía siempre han existido dos lados, uno muy vital y otro muy cultural, incluso en el lenguaje de mis poemas, donde hay palabras refinadas y otras vulgares, me gusta mezclar esos dos niveles.

¿Fue complicado hacer poesía homoerótica en un tiempo históricamente difícil?

Era una época que estaba cambiando. En mi tercer libro, Hymnica, empecé a escribir poemas de la vida que tenía, la vida nocturna, de chicos que me gustaban. Pensé que aquel libro no se iba a publicar por el elevado tono homosexual, pero entonces murió Franco y la censura desapareció. Cuando se publicó Hymnica, muchos poetas mayores que yo, con estilos consolidados, se dieron cuenta que podían escribir sobre homosexualidad como siempre quisieron hacerlo. Enlacé los temas homoeróticos con la tradición de Cernuda.

En sus poemas, ¿hay historias de amor propias?

Supongo. Creo que más que amor, hay temas de belleza y deseo. Hay búsqueda del deseo, y ya que éste se ha conseguido, quizá puede venir el amor, pero yo creo que no he sentido el amor, he sentido otra cosa, pero no amor. En mi poema titulado “Rodrigo”, escribo sobre esta búsqueda. Hago referencia a un hieródulo, que es un prostituto sagrado de la Antigua Grecia. Yo iba a un bar que estaba lleno de brasileños que se prostituían. Conocí a muchos de ellos y me contaban sus historias, así que Rodrigo pueden ser uno, dos, o tres chicos. Seguramente uno de ellos se llamaba así.

¿Qué aporta su obra a la cultura gay?

He hecho estudios sobre autores gays y he tratado de reivindicarlos. Creo que mi poesía —y seré falsamente modesto— tiene un puesto en el mundo de la evolución de la cultura gay, pero no me lo he planteado al momento de escribir. Lo que sí he hecho conscientemente es interesarme por autores o pintores gay, a los que he estudiado y traducido. Quizá a mi no me toca hablar sobre lo que representa mi poesía en el mundo gay, alguien más lo hará.

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