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En pos de la integración libanesa

Carlos Martínez Assad recupera esa historia en su novela "La casa de las once puertas"
El sociólogo y escritor mexicano da cuenta por vez primera del proceso de integración de los libaneses en México. (FOTO: Luis Cortés / EL UNIVERSAL)
27/07/2015
10:38
Yanet Aguilar Sosa
Ciudad de México
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Carlos Martínez Assad mantiene viva su vocación de recuperador de historias. Ha hecho mucho por la historia regional de México, y ha apuntalado su historia familiar en dos libros muy personales: En el verano, la tierra, donde el intelectual va en pos de sus raíces libanesas hasta llegar a Huejutla, Hidalgo; y ahora en La casa de las once puertas, un relato familiar sobre la integración de los libaneses en México.

En el verano de 1975, Martínez Assad (México, 1946) viajó a Líbano, en medio de la Guerra Civil, quería armar la historia de su familia y contarla en una novela cuyo centro es su abuelo, y el narrador es el propio Carlos, encarnado en José. De nueva cuenta, el historiador y sociólogo que en 2013 obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la Historia, Filosofía y Ciencias Sociales, vuelve a Huejutla, al abuelo y a José para contar la forma en qué los libaneses se adaptaron a esta tierra mexicana en plena Revolución.

La casa de las once puertas (Seix Barral) es un libro que zigzaguea entre el testimonio, las memorias, la crónica de viaje y la biografía para contar una saga familiar surgida entre dos continentes, dos culturas y dos siglos; la historia de una familia que sale de Líbano expulsada por la violencia del Imperio Otomano y se inserta en la vida de un país que vive la Revolución Mexicana. Esta historia que transpira el calor, los olores y humores de la región Huasteca está contada de nuevo por “Jo s é”, el niño que al cabo de un tiempo también claro que esté es el relato de amor de a dos países y dos tierras.

El miembro del Sistema Nacional de Investigadores e Investigador Emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, dice que se trata de un relato pendiente sobre cómo se dio el proceso de integración, qué vínculos se fueron estableciendo con la otra parte.

“Hace 20 o 30 años los descendientes de inmigrantes no nos atrevíamos mucho a hablar, a contar este tipo de cosas y sin embargo justamente la integración ha permitido que ahora haya muchos nombres de libaneses en la política nacional, o sea que ya la tercera generación es una integración muy completa”, afirma Martínez Assad.

El investigador universitario asegura que las personas llevan esas marcas del exilio de la humanidad, de la movilización que se ha dado en el mundo y sin embargo hay rasgos que son muy diferentes entre los inmigrantes de ahora y los de aquel momento. “Ahora se puede mantener el vínculo por las comunicaciones, por el internet, por toda la tecnología que se ha desarrollado, pero a principios del siglo XX era la ruptura completa, era romper amarras, no se pensaba que podían regresar, los menos, a veces regresaron. Era asumir el exilio realmente”.

En La casa de las once puertas, Martínez Assad se propuso entender cómo se da ese proceso de integración al país de parte de las familias libanesas aunque todo ocurre en el interior de la casa de su abuelo, en Huejutla, Hidalgo, el exterior va modificando las prácticas que incorpora la familia, aunque siempre estaba y está Líbano a través de la familia que mantienen allá.

“La llegada de algún pariente que seguía viviendo en Líbano eran toda una fiesta, se avisaba a los familiares de la comunidad, en el caso de la familia que narro son los sacerdotes quienes tienen más posibilidades de viajar por el Patriarcado Maronita, eso las hace más fácil atravesar el Atlántico. Creo que Líbano siempre ha estado presente de muy diferentes maneras, incluso cuando de pronto llegaba una tarjeta postal… una carta”, afirma.

La benévola adaptación. La capacidad de adaptación que tuvieron los libaneses es resaltada por Carlos Martínez Assad, quien dice que llegaron a México en plena Revolución y en lugar de amilanarse, de estar encerrados en su casa salieron a las calles a vender sus mercancías, no importa si era en medio del cuartelazo en La Ciudadela, aquí en la ciudad de México o los bombardeos, o en el norte del país, en las campañas de Pancho Villa, hasta donde van los libaneses a venderles ropa.

“Esto es algo que sí han contado inmigrantes a quienes les tocó vivir esa situación; como están tan acostumbrados al conflicto por la dominación del imperio otomano, trato de explicar que por esas razones no se atemorizan, son osados, no sé qué es lo que les hace ser tan partícipes de lo que está sucediendo aquí, el Mayor Sabines, padre de Jaime Sabines, se integra al ejército, Carrillo Puerto nombra alcalde a un liban é s”, señala el narrador quien en la novela alterna lo que sucede al interior de la casa con las luchas rurales que hay en la Huastaca, a través de los relatos de un profesor indígena náhuatl que da cuenta de la lucha del magisterio.

La aculturación de los libaneses en México sucedió desde el seno familiar, en las casas trabajaban las mujeres indígenas de la región y entonces el sabor huesteco entró a los hogares con los olores del nixtamal, de los tamales propios del lugar, de toda la comida que se hacía para la fiesta del Xantolo, que dice Martínez Assad es una fiesta del recordatorio de los muertos, una de las más emblemáticas en Huejutla, corazón de la Huasteca.

“Vemos también que ellos mismos van a hacer sus aportaciones a los rasgos culturales de los mexicanos. Es muy anecdótica la cuestión pero cuando mamá pedía berenjenas en los mercados, los marchantes no sabían qué era eso, ahora creo que está en la dieta común de los mexicanos, la puedes encontrar en cualquier mercado; pero en esa época tenías que encargarla para poderla cocinar; afortunadamente como la casa tenía un jardín grande sembraron berenjenas, eso sí a la usanza de Líbano que era muy usual tener ahí los higos, las vides y la berenjena, que son fundamentales en la dieta libanesa”, señala el escritor. 

Esta novela construida con los relatos familiares, pero llevada toda a la ficción para que ninguno de los integrantes de la familia se sienta ultrajado, habla de la integración de dos culturas en dos continentes distintos y a lo largo de dos siglos, pero también habla de México y de sus problemáticas en el campo y en el magisterio, pero también habla del amor y de los muertos, porque si hay una historia latente es la de la tía de José que murió de desamor. 

“Se dice mucho en literatura y en cine: ‘es que has dejado un final abierto’, Sí, soy consciente justamente que al cerrarse la puerta de la casa se abren otras puertas y son historias que están esperando a que yo pueda volver a construir alguna otra novela. Por el momento creo que La casa de las once puertas se inscribe dentro de todo este proceso de llegada de los inmigrantes, de su establecimiento e integración”, concluye el sociólogo, historiador, investigador, catedrático y académico mexicano, autor de otros libros como Memoria de Líbano y Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia.

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