La expansión del imperio recae en su hijo Daniel

En el libro "Al Grano", Lorenzo Servitje cataloga a Daniel como una persona con una mente privilegiada, que mostraba su inteligencia y orden desde pequeño. (ARCHIVO EL UNIVERSAL)
04/02/2017
01:37
Miguel Ángel Pallares Gómez
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Daniel Servitje, el hijo menor de Lorenzo Servitje, además de compartir el apellido de su padre también cuenta con el toque empresarial para impulsar la expansión y diversificación de Grupo Bimbo, ahora en el ámbito internacional.

En entrevista con EL UNIVERSAL, realizada en julio pasado, Daniel Servitje, presidente y director general de Bimbo, expresó su intención por continuar el crecimiento de la compañía en nuevos mercados, pues la empresa tiene poco más de 3% del mercado mundial de la panificación, por lo que está en busca de aumentar los más de mil 200 millones de consumidores que hoy atienden en el mundo.

“Hoy la empresa atiende a mil 200 millones de consumidores en el mundo, entiendo que somos más de 7 mil 400 millones de habitantes a nivel global hoy. Entonces todavía nuestra empresa es joven, con mucho terreno virgen y también con una muy pequeña participación del mercado”, dijo.

La empresa aún tiene oportunidad de crecer en África, expresó uno de sus directivos en una conferencia en México, pero otro mercado que también podría representar una oportunidad es Cuba, luego de los cambios realizados por el ex presidente estadounidense, Barack Obama, con la isla.

Daniel llegó en 1991 al consejo de administración de Bimbo y más tarde se convirtió en el tercer director general del grupo. Se graduó como licenciado en Administración de Empresas en la Universidad Iberoamericana y obtuvo la maestría en la Universidad de Stanford en la misma materia.

En 2013 ocupó el cargo de presidente del consejo de la firma.

En el libro Al Grano, de Silvia Cherem, Lorenzo Servitje catalogó a su hijo como una persona con una mente privilegiada, que logró ocupar el cargo de director general de la firma porque sus primos Mauricio Jorba y Roberto Junior tuvieron otros planes y rechazaron encabezar a la panificadora.

“Desde pequeño era palpable su orden e inteligencia. Tenía quizá ocho o nueve años cuando hacía sus programas de trabajo para el día. Disponía de horas para arreglarse, jugar, leer cuentos y para mi sorpresa, dejaba un espacio de su tiempo 'para pensar'. Aún me sorprendo. No en balde, como estudiante sacaba premios y menciones honoríficas”, relata Don Lorenzo en un fragmento del libro.

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