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La resistencia

Marcha de las Mujeres en Washington (BRYAN WOOLSTON. REUTERS)
09/02/2017
02:27
Andrea Foncerrada
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Para Matilda

La marcha de mujeres en Washington, me recordó la frase de Romain Rolland: “El optimismo de la voluntad contra el pesimismo de la inteligencia”, porque si bien hay motivos para ser pesimistas, la voluntad podría tener la última palabra. A unos días de que Trump firmara una serie de órdenes ejecutivas que atentan contra los valores del liberalismo social, relato lo que viví en D.C.

En medio de la ansiedad provocada por la victoria de Trump, un amigo creó en Facebook un grupo llamado Los amigos socialmente liberales de Richard. En él, compartía información sobre la resistencia que se empezaba a formar. Un día publicó la convocatoria para participar en la marcha. Confirmé mi asistencia inmediatamente y me di cuenta de que alrededor de 50 personas conocidas, en México y en EUA, también asistirían. Sin más, le informé a mi esposo que me iba a marchar. Que creía vehementemente en estos valores; que me preocupaba enormemente la condonación de sus agresiones sexuales y que su ascenso al poder implicara la tolerancia de una conducta profundamente misógina; que su desdén por los datos y la evidencia fuera aceptado; que haya discriminado con tanta agresividad —y sin ninguna consecuencia— a los mexicanos, a otros pueblos y otras religiones.

Richard y Alison me hospedaron en su casa. Un ex alumno de Richard, decidió donarle US$200 para comprar tarjetas de metro, mochilas transparentes, agua, snacks y los materiales para las pancartas. También compró trapos (por si echaban gas pimienta), linternas (por si algo pasaba) y silbatos (por si alguien se separaba). Había estudiado perfectamente las rutas para llegar al metro más alejado y no atorarnos en el tumulto. Una amiga llegó en silla de ruedas. Al principio, no estábamos seguros de cuán complicado iba a ser llegar al centro de D.C. o movernos entre tanta gente. Jonathan, un amigo que vino desde Nueva York, dejó su letrero y decidió empujar a nuestra amiga todo el día. Al llegar al metro había mucha gente en sillas de ruedas y familias con bebés. Nos inundó la empatía al sentirnos acompañados de tanta gente participando por causas diversas. Hombres y mujeres de la tercera edad reclamándole a Trump que dejara de avergonzarlos; hombres y mujeres entre 35 y 55 años abogando por derechos específicos; hombres de todas las edades diciéndole al mundo que apoyaban la igualdad de género; y, en mi opinión, los mensajes más importantes venían de jóvenes entre 15 y 35 años (los progresistas del futuro). Sus pancartas expresaban un entendimiento natural de la diversidad y la importancia de defenderla a toda costa. Anunciando que la presidencia de Trump es la remanencia simbólica de la discriminación e intolerancia que quedan en la sociedad americana. El resto de la marcha transcurrió llena de alegría. Todos cantando y agradeciendo a los policías que estuvieran ahí para protegernos. Nos topamos con dos mujeres y un joven de México con una bandera y un letrero que decía “no soy un violador”. Ellas habían viajado desde Raleigh-Durham, y él vivía en Virginia. Me conmovió que la gente les mandaba besos y les gritaba “gracias”. Nos detuvimos para grabar lo que sucedía. Fue una verdadera muestra de amor por parte de los marchistas.

El racismo, nacionalismo y miedo detrás de las órdenes ejecutivas, van a seguir presentes. Van a hacer mucho daño en EUA y en el resto del mundo, en especial en México. Estas acciones atentan contra los valores que fundaron a los EUA y pasarán a la historia como el inicio de la decadencia de la democracia americana. Tenemos que canalizar el descontento de forma productiva y sustentable para crear mecanismos de resistencia que reduzcan el daño. Aunque el camino es largo, el optimismo de la voluntad que respalda los principios del liberalismo nos permitirá empujarlos al límite, hasta crear unos aún más libres, y aún más humanos.

Somos parte de la humanidad ¿no es así? Quizás hasta seamos de esas personas que pueden moverla y empujarla hacía adelante.

Maestra en políticas públicas por Carnegie Mellon University, directora de desarrollo de negocios en The Ergo Group Inc. y fundadora de The Public Policy Hub.

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