La educación pública gratuita y de calidad sigue siendo más una aspiración y un anhelo que una realidad para millones de niños mexicanos. El descuido de lo público ha llevado a México a una polarización en todos los ámbitos de la vida pública. Un pequeño puñado de personas acude a escuelas privadas, a clubes deportivos exclusivos, a hospitales muy caros, a restaurantes de postín. No conocen a la gran mayoría de sus compatriotas porque nunca hablan con ellos, más que para darles órdenes. La minoría hace invisible a la mayoría.

Tengo para mí que tanto en la elección presidencial de 2018 en México, como en los comicios en que los estadounidenses eligieron a Trump, hubo un hilo conductor: no voto por el candidato que presume de estar mejor preparado, sino por quien voltea a verme. No le voy a dar mi voto a quien no me conoce, y que en el fondo incluso me desprecia.

La elección política se corresponde con la ubicación de las personas respecto a lo público: para los pobres, si acaso, hospitales con desabasto y escuelas descuidadas. Al cabo que todo aguantan.

Las escuelas ‘de gobierno’, las clínicas médicas ‘de gobierno’ para atención primaria, se asocian con el descuido, el abandono, la ausencia de la calidad. No tiene que ser forzosamente así.

En Guatemala conocí a una red de escuelas ubicadas donde termina el asfalto, donde se acaba el cemento, donde no llega el agua potable. Es decir, donde están los olvidados por su propia sociedad.

Se trata de las escuelas de Fe y Alegría, un movimiento de educación popular y promoción social. En las comunidades indígenas, en los barrios populares, Fe y Alegría imparte educación gratuita y de calidad en el seno de los sectores empobrecidos y excluidos.

Allí estudian el hijo del puestero del mercado, el del jornalero agrícola, la hija del migrante que se fue a Estados Unidos a completar el ingreso familiar, la hija de la trabajadora del hogar que no tuvo oportunidad de ir a la escuela. Estos jóvenes son líderes en su escuela, en su barrio, en comunidades donde menudean las maras y pandillas, donde con frecuencia no hay luz, donde el transporte público es entre inexistente e inservible, y siempre altamente riesgoso.

Como resultado de una iniciativa de cooperación educativa entre México y Centroamérica, en agosto de 2018 un grupo de doce estudiantes de las escuelas de Fe y Alegría de Guatemala, El Salvador y Honduras llegaron a México para estudiar su bachillerato técnico en planteles del Conalep, en la ciudad de Puebla. Al principio se les dificultó su integración por ser diferentes, por hablar de vos en vez de tú, por tener costumbres distintas. Poco a poco, sin embargo, con el apoyo de las familias de acogida que los recibieron, y del equipo promotor de la iniciativa, estos jóvenes se convirtieron en estudiantes de excelencia.

El hecho de nacer en la pobreza no tiene por qué condenar a los jóvenes a una educación deficiente. “No nos podemos resignar”, dice el padre jesuita Miquel Cortés, quien coordina Fe y Alegría Guatemala. “Entendemos la educación como visitar el futuro (...) nuestra misión es mejorar la capacidad de las personas para captar y aprovechar oportunidades”.

En Guatemala hoy se vive la ausencia del Estado, o su uso en favor de un muy pequeño puñado de personas que monopoliza el poder económico y político.

El título de este artículo proviene del texto de Mónica Salazar: “Donde se acaba el asfalto, germinan estrellas (...) las escuelas de Fe y Alegría son estrellas que iluminan esta larga noche que llamamos Guatemala... ninguna merece apagarse” (https://www.plazapublica.com.gt/users/monica-salazar).

En palabras de un mexicano perspicaz y con visión estratégica: “En la batalla cotidiana entre el miedo y la esperanza, nos toca construir la esperanza”.


Profesor asociado en el CIDE.
@ Carlos_Tampico

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