La honestidad y la congruencia es algo que no se puede predicar de uno mismo. Quien lo hace, está obligado a probarlo con su actuar diario. Esto requiere de muchos años de constancia en el ser y el parecer, ambos. Haber mostrado una gran sordera al canto engañoso de las sirenas de la fama, el dinero y el poder, así como mucha entereza para no creer en las adulaciones o no sucumbir a las críticas superficiales.

¿Qué es la honestidad? Decir y hacer lo que se piensa. ¿Qué es la congruencia? Hacer lo que se pregona. El honesto actúa conforme a sus valores. El congruente honra lo que expresa. La honestidad puede exteriorizarse de diversas maneras, incluso contradictorias, si hay un cambio en los valores del individuo. La congruencia exige que las ideas expresadas se sostengan en el tiempo con acciones similares o con propósitos parecidos.

Por ejemplo, puede ser honesto el converso, quien era ateo y abraza un credo religioso, siempre y cuando haya un convencimiento real de los antiguos y los nuevos valores, no una mera conveniencia personal. Esto último es una cuestión interna, no identificable, ni rebatible y, por lo tanto, toda conversión es respetable.

En cambio, el converso es incongruente. Lo que hace en su nueva vida religiosa es incompatible con lo que afirmó en su etapa de ateísmo. ¿Qué tanto es aceptable esta incongruencia? Depende de la honestidad con la que haya vivido o viva sus creencias. Honestidad y congruencia es algo que los demás reconocen o no en las personas.

Ciertamente, es muy difícil encontrar alguien totalmente congruente en sus distintas etapas de la vida. En ocasiones por ignorancia o inmadurez se sostienen ciertas ideas y valores que el individuo cambia con el transcurso del tiempo. En otras, las experiencias o las circunstancias provocan una transformación en el pensamiento y la moralidad de las personas. Las menos de las veces, hay una línea ininterrumpida de valores, ideas y creencias, que se desarrollan y enriquecen dentro de una misma cosmovisión o ideología.

Bajo las consideraciones anteriores, la pregunta que la mayoría nos estamos haciendo es: ¿Quién de los candidatos es honesto y congruente con lo que piensa, expresa y ha realizado en su carrera profesional? Esto parte del supuesto que será mejor servidor público aquel que reúna esas dos características. Una minoría solo piensa como razón para emitir su voto en quien le conviene en el corto plazo, quien va afectar menos sus intereses o quien será aquel que le regrese los privilegios perdidos o mantenga los existentes.

Los electores deben revisar las trayectorias de cada uno de los candidatos. La gente no cambia mucho. El vividor es probable que siga siéndolo. El ladrón puede que vuelva a hurtar si encuentra la ocasión propicia. El lenguaraz seguramente será genio y figura hasta la sepultura, el candidato intolerante será autoritario en el ejercicio del poder y un largo etcétera.

El que cambia de partido frecuentemente y asume ideologías dispares con gran facilidad es propenso a la incongruencia y sus valores son propios de un oportunista. El converso, quien fue militante activísimo de un partido y obtuvo beneficios de éste, debe mostrar mucho convencimiento con su nuevo credo para que los demás crean en su transformación y no la vinculen con un interés personal y mezquino.

La trayectoria de vida es muy importante. Quién presume durante toda su vida de astucia financiera y no paga impuestos como los demás, léase Trump, difícilmente puede pedir a los empresarios que paguen correctamente sus contribuciones. Esto que parece poco importante es sustancial en una elección.

En la competencia electoral, el candidato destaca su honestidad y congruencia (imagen proyectada) y su adversario intenta desacreditarlo (campaña sucia). Eso es parte de la contienda. No hay que asustarnos. La honestidad se manifiesta en la factibilidad de las propuestas de campaña, así como en la claridad de las ideas –la vaguedad y contradicción son síntomas de engaño. La congruencia se encuentra en lo que ha sido y como llegó a ser candidato una persona.

Nada garantiza que un buen candidato, en términos de honestidad y congruencia, sea un buen gobernante o representante político, pero es más factible que lo sea si se le compara con el demagogo y oportunista. Estas son reflexiones que la mayoría de los votantes se harán. El militante comprometido o interesado con una causa no razona de esta forma, pero estos son un porcentaje relativamente pequeño del electorado.

Contrario a lo que sostiene Jorge Buendía con argumentos estadísticos que los ciudadanos que no manifiestan una intención de voto no serán determinantes el primero de julio (El Universal, 10-abril-2018), afirmo que los indecisos determinan el resultado de la elección. El voto duro es poco significativo con respecto a este otro voto que espera al día del sufragio para tomar una determinación. Más allá del error estadístico en las encuestas, este ejercicio se lleva a cabo en un momento distinto a aquel en el que el ciudadano está solo en la urna y asume que su voto vale y hoy cuenta. Estoy seguro que honestidad y congruencia pesan mucho más que ideología, fobias o enojo en el ánimo de los electores que no son militantes.

Profesor de El Colegio de México
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