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Camaro ZL1: Orgullo y exceso

Un supercoupé que quiere conquistar el mundo sin perder su origen salvaje.
08/04/2017
06:00
PABLO GARCÍA
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Las buenas noticas cuentan y deben contarse rápido: la transmisión automática de 10 velocidades desarrollada específicamente para el rey de los Camaros es maravillosa. En un mundo que quiere ser dominado por las blandas CVT, resulta muy placentero sentir con tanta claridad esa progresión infinita de cambios, esa carrera por domar el torque inmenso del V8 de 6.2 litros. ¿Extrañaremos en México la transmisión manual de 6 velocidades? Probablemente, no. Acaso en las pistas un número muy reducido de pilotos pueda pedir a gritos por ella.  

El mérito tremendo de su transmisión representa la primera certeza que obtuvimos tras el volante del ‘Camaro con motor de Corvette’ (las comillas no son irónicas, para nada: esa es la frase usual para brandearlo). Otra forma en que han vendido al Camaro ZL1: el auto que por fin compite con los mejores supercoupés europeos. ¿Es así? Comprobarlo nos haría entrar en un juego de cifras, mediciones y tiempos en pista que quizás resultaría ocioso. Este es el terreno de las sensaciones. Y, la verdad, creemos que resulta injusto para el Camaro, un nombre de leyenda en la historia más auténtica de la industria gringa, quererlo encuadrar en esa competencia, a fuerzas. Vamos, no necesita comerse a ningún Audi o BMW. Lo apreciamos como es, como la evolución más acabada (en esta versión ZL1) de una línea de dinosaurios carnívoros que posiblemente se acercan a la extinción entre autos eléctricos y sustentables, pero lo hacen con un rugido fabuloso.
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La mezcla particular. Es muy extraño de decir, pero en el ZL1 se aprecia también un intento por el refinamiento. Queremos decir: cada vez quedan más lejos esos tiempos del plástico boy racer, del juguete Transformer, del estilo gritón. Un detalle que nos parece elocuente: los calipers Brembo no están pintados de rojo, un rasgo casi de cajón para cualquier modelo que quiere sacar pecho de su deportividad. Se presentan con un gris más bien sobrio.  

Otras percepciones: la cabina tiene la función de concentrar al piloto en las labores de conducción. Más allá de la pantalla de infoentretenimiento, con el flash típico de Chevrolet, los grandes botones, las lucecitas abigarradas o los displays estilo Tron brillan por su ausencia. Y sí, todo eso estaba presente en Camaros nada lejanos. Además, el tacto de la gamuza en el volante y los asientos es exquisito, sin llegar a ser innecesariamente opulento. Todo un logro. 

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¿Y el manejo? En esas Goodyear Eagle F1 de tan bajo perfil (desarrolladas específicamente para el Camaro), en conjunción con una suspensión obviamente rígida, transmite cada imperfección del camino, cada pliegue. Esa ‘calibración’ es de cajón para cualquier automóvil que quiere romper récords en pista, pero abona bastante a la creencia de que estos autos no son prácticos en el fondo. Quizás no importa. Estamos en el territorio de los caprichos, de los sueños de niñez cumplidos.

A pesar de lucir voluminoso, con pocos kilómetros tras el volante el Camaro ZL1 transmite confianza (“puedes manejarme sin temores, anda”). Los asientos Recaro no atosigan a cambio de sujeción, lo que ocurre en muchas ocasiones con automóviles de esta vocación. Vamos, que el ambiente interior es sorprendentemente civilizado y a la vez funciona como un lugar para la diversión digital, con ese sistema llamado Performance Data Recorder que graba y analiza los datos de conducción personales. GM dice que sirve  para lograr un manejo más preciso y eficiente. Nosotros opinamos que se trata de un regalito para una generación crecida en la misión de superar sus propios récords de videojuego. 

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Y aquí llegamos al dilema de mercadeo: este auto querría ser un sueño para el millennial, pero eso no es posible ya: más allá de las cuestiones presupuestales, los sueños de libertad  de esta generación joven pasan por otros valores. En algún momento de la década de 1960, un muscle car prometía excitación a los postadolescentes  tempranos. El mundo cambió demasiado y Camaro lucha por mantener su identidad. Pero sería una lástima que esta interpretación tan buena de la velocidad americana se redujera a solo una manera de superar la crisis de los 40. 

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FICHA TÉCNICA
 MOTOR6.2 litros / V8 supercargado

POTENCIA Y TORQUE650 hp / 650 libras/pie

TRANSMISIÓNAutomática de 10 velocidades

LLANTAS Goodyear Eagle F1 SuperCar
PRECIO $1,250,000

 

 

Los muscle cars; un símbolo para la industria automotriz. “Los muscle cars ya no son lo mismo que antes” Una de tantas frases que se escucharon por parte de los puristas cuando Chevrolet y Ford anunciaron, a lo largo de 2015, que las nuevas generaciones del Camaro y Mustang montarían motores turbo de cuatro cilindros con desplazamientos menores a los 3.0 litros, una opinión que podría ser interpretada como una calumnia para el segmento y a la vez algo muy acertado dado a las condiciones de uso que se les da a esos modelos. Eso porque, a pesar de disponer de los bloques “pequeños”, que son más eficientes en cuanto a consumos de combustible sin dejar de ser poderosos, se ofrecieron a la par los monstruosos V8 de más de 5.0 litros.

Estrictamente, si nos remontamos a la década de los 60, un muscle car es un vehículo de carrocería deportiva con aspecto musculoso, motores enormes y potentes pensados para el alto rendimiento, espacio para cuatro personas y con un precio accesible.

Si palomeáramos qué características de los primeros muscle cars, se conservan en el los ya pocos modelos que hoy aún se mantienen vigentes, podríamos decir que todas.
Mustang, Camaro y Challenger son hoy los máximos representantes de ese campo (estrictamente en la subcategoría de los pony cars), los cuales conservan su diseño lleno de esteroides pero ahora con líneas más fitness; es decir, aterrizados en el tiempo moderno, a excepción del Challenger, que a nuestro parecer, es el eslabón que une al la esencia clásica de los muscle cars con la era moderna.

La parte de los motores enormes y potentes de alto desempeño, siguen presentes; Camaro dispone de un 6.2 litros de 455 hp, Mustang.

El club de los chicos malos. Los muscle cars han pasado de ser un simple producto, a un símbolo de las armadoras e incluso, de la misma industria automotriz, esto gracias a su sentido de tradición, poder y relevancia en la historia. Por ello, tanto Ford, Dodge y Chevrolet, en los últimos años, se han empeñado en hacer un vehículo cuyas capacidades y diseño conservando la esencia de poder y brutalidad que caracterizaba a los vehículos de este tipo, dándoles potencias similares a los de superdeportivos, los cuales, a diferencia de los muscle cars, cuentan con tecnologías en sistemas, construcción y diseño que hacen les hacen muy controlables y confiables en el manejo, mientras que los autos icónos americanos conservan ese espíritu salvaje e indomable que les ha caracterizado desde que nacieron.

Las versiones Chevrolet Camaro ZL1, Dodge Challenger SRT Hell Cat y el próximo Ford Mustang Shelby GT500, son lo más cercano al concepto de auto inútil; es decir, son vehículos que gastan más combustible que un camión pesado (rodan los 3 km/l), una auténtica declaración de guerra a la cartera, también sus dimensiones y cualidades de suspensiones les hace autos incómodos para la conducción en ciudad, pegan en todos lados y además, su campo de visión es muy limitado, pero a pesar de todo eso, son ejemplares en los que se está dispuesto a estirar la quincena con tal de escuchar el rugido del motor y sentir el poder de aceleración que tiene, mismo que hace que tus manos suden por el temor que te provoca estar al volante de uno de estas bestias. Es como estar en una jaula encerrado con leones domados, no sabes cuando se van a poner respondones.

Este club de chicos malos, nunca tuvieron el objetivo de convertirse en un salvador financiero para las marcas, un súper ventas, incluso sería más fácil para las marcas ahorrarse el desarrollo de estos monstruos, pero como lo dijimos, es un proceso obligado, autos que son el símbolo de una industria, que concentran la emoción y tradición.

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