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Historia de dos terremotos

04/10/2017
02:14
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Impotencia y desazón. Eso fue lo que vivimos los mexicanos que desde el extranjero atestiguamos aturdidos y acongojados las demoledoras imágenes de mi gran y querida Ciudad de México —y de poblaciones en Morelos y Puebla— golpeadas por el terremoto que asoló al país el 19 de septiembre. El estar lejos de casa nunca había sido tan difícil como en esta ocasión, sobre todo para aquellos de nosotros que pertenecemos a una generación que se activó y movilizó durante otro 19 de septiembre aciago, hace 32 años. Pero estar en el extranjero —en mi caso particular, en Washington— también nos permitió pulsar el arco que recorrieron dos narrativas en los medios de comunicación estadounidenses, las cuales se dieron de manera consecutiva y a contrapelo una de la otra después del sismo.

A escasas horas de que los habitantes de la ciudad iniciaran un despliegue frenético, singular y ejemplar de inquebrantable solidaridad, los medios estadounidenses de todos los colores y sabores destacaron esa impresionante movilización de apoyo y de rescate. Crónicas, videos y fotografías conmovedoras de mujeres y hombres de todas las edades y estratos retirando piedra por piedra y de sociedad civil hombro con hombro con rescatistas, fuerzas armadas y corporaciones policiacas levantando los puños, inundaron por igual a medios y redes sociales. Los calificativos no se hicieron esperar: la resiliencia y cohesión sociales mexicanas; el momento de la generación del milenio mexicana; la eficacia de operativos de rescate y la presencia y coordinación gubernamentales; y, en el marco de las inescapables comparaciones con el terremoto de 1985 y su saldo, el reconocimiento a avances alcanzados en protocolos de respuesta, códigos de construcción y alarmas sísmicas. Para quienes durante años hemos subrayado en Estados Unidos que una de las grandes historias de éxito del México contemporáneo es el papel que juegan en la vida política y social de nuestro país las organizaciones de la sociedad civil, paridas por cierto durante ese otro sismo, esas primeras 48 horas de cobertura fueron, en el contexto mediático, el horizonte de una reivindicación de lo mexicano en EU. Pero a los pocos días, la cobertura noticiosa viró. La cohesión social quedó disipada por un contrato social quebrado marcado por la desigualdad, con estratos sociales marginados y pueblos golpeados por el sismo ignorados en los esfuerzos de rescate. La eficacia y capacidad de respuesta rápida gubernamental quedó suplantada por una lectura de rechazo popular a autoridades y partidos políticos, y los avances en tecnología antisísmica y reglamentos de construcción quedaban minados por señalamientos de corrupción y aplicación irregular de la ley como culpables del colapso de edificios.

A nadie hay que recalcarle aquí que México acumula ya años aciagos en lo que respecta a su imagen en el exterior y a las percepciones negativas prevalecientes en EU, tanto entre la llamada comentocracia y los tomadores de decisión en los ámbitos político y económico como entre la opinión pública en lo general. A la narrativa de desigualdad, violencia y ausencia de Estado de Derecho se ha sumado en años recientes la de impunidad y corrupción endémica. Por ende, ese viraje en la narrativa en torno al sismo no debe sorprendernos. Aunado a lo anterior, no hay que ser científico nuclear para entender que el alcahueteo político-electoral de México por Trump socavó aún más la precaria posición de nuestro país en el imaginario colectivo de un sector del electorado estadounidense.

Esta narrativa en dos tiempos encierra tres lecciones a botepronto, pero importantes, para México. La primera es que nuestro problema estructural de imagen no podrá ser resuelto y mucho menos maquillado con el desembolso de recursos para despachos globales de relaciones públicas. Mientras México no logre cortar de tajo algunos de los nudos gordianos que tiene a su interior, como son la impunidad y opacidad groseras, un Estado de Derecho frágil y la lacerante inequidad socioeconómica, será prácticamente imposible mover la aguja de las percepciones internacionales. Segundo, que hay vasos comunicantes entre las lecturas que se dan al interior de país y lo que se publica en el extranjero. En la medida en que periodistas y columnistas en México empezaron a derivar otras lecturas de las postrimerías del terremoto, los corresponsales de medios internacionales en México comenzaron naturalmente a reflejar esas mismas narrativas en sus notas. Y tercero, que son los factores de poder suave mexicano, la capacidad de sociedad y cultura mexicanas para atraer —tal y como ocurre con nuestras organizaciones de sociedad civil e industrias creativas o el talento y tenacidad de tantos millones de mexicanos— lo que da una voz inigualable a México en el mundo.

 

Consultor internacional

Arturo Sarukhán es Embajador de carrera del Servicio Exterior Mexicano y consultor internacional basado en la ciudad de Washington, en Estados Unidos.

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