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Cementerios, epitafios, leyendas

24/06/2018
02:14
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Hay muertos que mueren del todo, otros fenecen “menos” cuando alguien los recuerda y algunos nunca dejan de hacerlo pues sus nombres regresan o se apersonan, ya sea porque nunca terminaron de irse o no se fueron del todo. En Occidente los panteones fueron una invención necesaria. En sus avenidas, bajo las sombras y el vaivén de tilos y robles, como sucedió con Baucis y Filemón, se celebra también la vida. Pocos son Baucis o Filemón. Cuenta la mitología griega que Filemón y Baucis, unidos en matrimonio, fueron los únicos que le abrieron las puertas de su casa a Zeus y Hermes quienes, disfrazados de mendigos, solicitaron albergue en medio de una tormenta. Los dioses, enojados, inundaron la ciudad. Todos, excepto Baucis y Filemón murieron. Zeus ofreció recompensarlos. El matrimonio solicitó fenecer al unísono. Tras su muerte, Zeus convirtió a Filemón en roble y a Baucis en tilo.

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El tiempo es testigo incomparable. En los panteones el tiempo es similar a la muerte, nunca termina, nunca se agota. Transcurren los años y con ellos, frente a la lápida, las visitas, las palabras, las promesas y los logros conjugan rituales y necesidades: compartir con el ser querido la vida. Tumbas y lápidas no sólo son piedras, moho y letras desteñidas y borradas por el tiempo. Tumbas, epitafios y lápidas son costumbres inmemoriales, hechas por humanos para humanos. Visitar túmulos acerca. Quien lo hace, busca, se mira. Los epitafios son algo más que palabras y letras, son literatura amorosa, son casas de unos y moradas para quien al leerlos retrata y se retrata, “Siempre en ti, nunca sin ti”; “Adiós sin adiós, tu boca y tu mirada nos arropan”; “Es demasiado lo vivido, todo lo construido”.

Los epitafios son un homenaje, al ayer, al hoy, al mañana; quien los ha escrito lo sabe: transcurren horas y días y las palabras adecuadas no llegan. Despedirse del muerto con palabras en madera o en piedra es necesario. Los epitafios avivan la memoria de quien ha marchado, encomiendan al difunto a alguna divinidad, y son mensajes para los vivos y para quien los escribe.

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La muerte, suponemos, hermana. Hermana: significa el cese de la vida. Hermana: nacer conlleva fenecer. Hermana: algunos perviven por sus legados, otros habitan en la memoria de quienes los conocieron y hay quienes abrevan al retomar sus palabras, su canto, su danza. No hermana: el destino final de los cadáveres, signo inequívoco de nuestros tiempos, difiere. Unos, mientras escribo, mueren en altamar; otros, mientras avanzo, pierden la vida al abandonar su terruño para buscar una nueva vida; unos perecen en guerras, en atentados terroristas, por hambre, por enfermedades tratables, o por ser parte de esa nueva forma de perecer sin perecer: la de los desaparecidos, o desaparecidos, o “desaparecidos” que nunca mueren del todo y hoy se han convertido en partes del esqueleto de nuestros tiempos.

Hermana y no hermana: hay panteones para pobres y ricos, para famosos y no famosos, para judíos y católicos así como espacios sagrados, donde se depositan las cenizas o los cuerpos de otro tipo de personas, aquellos que honraron a Dios y a la religión; ese grupo, ¿quién lo decidió?, tiene el derecho de pernoctar lo que dure su muerte en nichos sui géneris.

Las necesidades humanas son interminables. Una necesidad siembra una nueva, dos requieren cuatro, y así, sin parar. Las exigencias codifican todo, incluyendo la forma de morir. Desde tiempos inmemoriales la comunidad se ha dedicado a diferenciar entre unos y otros, en ocasiones con razón —héroes que dieron sus vidas por otros, literatos y artistas imprescindibles, políticos ejemplares— y con frecuencia por cuestiones de poder, la mayoría de las veces poder económico. Los panteones dan cuenta de esa realidad. Hay panteones de primera y los hay de segunda. Algunos albergan personas famosas —en Moscú, el cementerio de Novodevichi, en París el Pére Lachaise, en la Ciudad de México, el Panteón de Dolores—, y otros, los de los pobres, con cruces de madera. Y hay miles de muertos dispersos en la Tierra, sin tumbas, sin paradero.

Tener conciencia de la muerte es atributo humano. Sin ella la vida sería distinta. Habría menos movimiento y menos pasión. La creación, artística, deportiva o científica mermaría. Habría también menos violencia y menos asesinatos. Ser consciente de la finitud de la vida no es una elección; es parte del desarrollo cerebral de nuestra especie. Se crea y se compite debido a la conciencia de la muerte. Se destruye por lo mismo.

Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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