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El solitario de Palacio

07/12/2017
02:14
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René Avilés Fabila llamó al titular del Poder Ejecutivo “el gran solitario de Palacio”. Pero resulta difícil imaginar que los presidentes hayan estado solos a la hora de tomar las decisiones más graves y cruciales. El poder presidencial en México constituye una carga demasiado pesada para un solo hombre, de allí que suelan compartir sus angustias, sus dudas y vacilaciones con algunos personajes, son los consejeros íntimos.

Entre quienes acompañaron de cerca a nuestros presidentes, destaca Humberto Romero, quien gozó de todas las confianzas de Adolfo López Mateos, no sólo era su confidente, era también el cómplice de sus “travesuras” (“¿Qué me toca hoy, Humberto, viaje o vieja?”, le preguntaba en las mañanas). A pesar de su influencia, Romero no pudo evitar que Gustavo Díaz Ordaz, a quien irrespetuoso llamaba Tribilín, llegara a la Presidencia; pagó su imprudencia con el ostracismo.

Al final de su mandato y después de la noche trágica del 2 de octubre, Gustavo Díaz Ordaz sí se quedó solo, brutalmente solo, afectado por una paranoia que lo hacía creer que un atentado criminal lo acechaba a cada paso.

José López Portillo confiaba las decisiones más graves a su hijo, José Ramón, y a su amante, Rosa Luz Alegría; Miguel de la Madrid tuvo en Emilio Gamboa a su confidente y operador; Carlos Salinas de Gortari a Joseph Marie Córdova; Ernesto Zedillo a Liébano Sáenz; Vicente Fox a la señora Marta —en el colmo del descaro, llegó incluso a hablar de “la pareja presidencial”—; Felipe Calderón a Juan Camilo Mouriño.

En ocasiones, estos personajes, a quienes nadie eligió, han llegado a usurpar el verdadero poder. Revisan, procesan y “maquillan” la información que se hace llegar al titular del Poder Ejecutivo (“el hombre mejor informado” sólo conoce lo que sus consejeros quieren que conozca). Dictan instrucciones en nombre del Señor y casi nadie se atreve a confirmar si, en efecto, son “los mensajeros de los dioses”.

Enrique Peña Nieto no ha sido el “Solitario del Palacio”, siempre ha dependido de Luis Videgaray. Pero empezará a serlo, indefectiblemente, a partir de ahora. Conforme transcurran los días se irán agotando los fingimientos, las falsas cortesías, las formas hipócritas. En lo que resta de su ejercicio empezará a conocer una soledad extraña, que lo llevará a desconocer a sus colaboradores, a sus socios, incluso a su mujer y a sus hijos.

Se acabó el tiempo y nadie puede regresar el reloj a los días de las aclamaciones, del entusiasmo ante las bendiciones que parecía portar el gran acuerdo, el Pacto por México, cuando hasta los principales medios internacionales expresaban su embeleso y le dedicaban sus portadas lisonjeras. Ya no hay forma de desandar el camino.

Se le acabó el tiempo y lo único que se asoma es un futuro hostil, aún si el PRI retuviera el poder. ¿Dónde vivirá el ex presidente Enrique Peña Nieto? No, desde luego, en la Casa Blanca. Sus amigos de OHL, Higa, Odebrecht, su compadre San Román y otros de los contratistas bendecidos con privilegios y concesiones durante su gobierno, podrán ofrecerle una mansión superior incluso a la que, hace algunas décadas, el profesor Carlos Hank González le regaló a José López Portillo (La Colina del Perro), pero difícilmente podrá aceptarla y vivirla.

¿Se quedará a vivir en México? ¿Qué le ocurrirá cuando acuda a un restaurante, a un teatro, a un espectáculo público? ¿Podrá mostrarse ante la gente sin el temor de ser insultado, buleado, incluso agredido?

¿Se mantendrá intocado, como él mantuvo a Arturo Montiel, o sufrirá una dura persecución social, política, incluso judicial, como reclaman millones de mexicanos hartos de la impunidad?

Posdata. Todavía hace unos meses, los periodistas con los que había tenido una larga conversación durante una comida en Los Pinos, lo describieron de muy buen humor, tranquilo, relajado. Pero esto cambió. Sus deslices recientes —dislexias, les llama Mario Melgar—: confundir Uruguay con Paraguay, decir que cinco es menos que uno, su reacción impropia ante los contundentes datos de María Elena Morera sobre la inseguridad (“La violencia que vivimos ya no es temporal ni regional, es endémica y de alcance nacional”), parecen hablar de un hombre agobiado, que no puede concentrarse, porque sólo una cosa ocupa su mente: cómo serán sus días de ex presidente.

Presidente de Grupo Consultor
Interdisciplinario. @alfonsozarate

Alfonso Zárate Flores, Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, GCI.

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